Jorge Eduardo Arellano
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Sin lugar a dudas, la política del Presidente George W. Bush para el Oriente Próximo se las arregló para lograr una cosa: ha desestabilizado profundamente la región. Aparte de eso, los resultados no son para nada los que Estados Unidos esperaba lograr. Un Oriente Próximo democrático y pro-occidental no es una posibilidad a la vista.

Sin embargo, aunque las cosas no están ocurriendo como lo habían planeado los neoconservadores estadounidenses, están desenvolviéndose de todos modos. El fracaso histórico que es la guerra de Irak, la debacle del nacionalismo árabe secular y el abrupto aumento de los precios del petróleo y el gas han producido profundos cambios en la región. De Damasco a Dubai, pasando por Tel Aviv y Teherán, está surgiendo un nuevo Oriente Próximo.

El viejo Oriente Próximo se originó en las fronteras e identidades políticas creadas por las potencias europeas tras la caída del Imperio Otomano en 1918. Su fuerza ideológica inspiradora era un nacionalismo secular inspirado en el europeo, que buscaba la modernización política y social a través de una acción de gobierno verticalista. Este tipo de nacionalismo, o “socialismo árabe”, llegó a su punto culminante durante la Guerra Fría, cuando podía sustentarse en el apoyo militar, político y económico de la Unión Soviética.

Su fin vino con el de la Unión Soviética, ya que se anquilosó y expresó en regímenes y dictaduras militares corruptas e ineficientes. El fin de la Unión Soviética también gatilló una profunda crisis militar en varios estados árabes: sin el apoyo soviético como garante externo de sus capacidades militares, los regímenes nacionalistas no pudieron seguir el ritmo de modernización de las fuerzas armadas.

En consecuencia, los regímenes nacionalistas gradualmente perdieron legitimidad popular en sus países, creando un vacío que hoy los actores no estatales han llenado en gran medida. También han cambiado las fuerzas ideológicas y los centros de poder: el Islam político ha reemplazado al secularismo, al tiempo que integra hábilmente los problemas sociales y un nacionalismo revolucionario y antioccidental.

Hoy el viejo Oriente Próximo todavía se puede ver en Siria, Egipto, Yemen, Argelia y la Palestina controlada por Al-Fatah. El nuevo Oriente Próximo incluye a Dubai, los emiratos del Golfo e Israel, así como a Hizbulá, Hamás y al terrorismo jihadí, así como -en parte- a Irán y Arabia Saudita. Jordania y Marruecos también están intentando vincularse con el nuevo Oriente Próximo.

Obviamente, como estos ejemplos sugieren, “nuevo” no necesariamente significa mejor, sino simplemente diferente y más moderno. De hecho, la modernización no implica de modo alguno una solución a los conflictos que siguen multiplicándose por la región. En lugar de ello, los conflictos mismos se han “modernizado”, lo que puede hacerlos incluso más peligrosos que en el pasado.

Un aspecto de esta modernización se pudo ver en la guerra del Líbano de 2006 entre Israel e Hizbulá, en que los tanques y sus armas quedaron obsoletos ante los misiles y Katiushas. Al mismo tiempo, actores no estatales como Hizbulá, Hamás y al-Qaeda han ocupado el lugar de los ejércitos tradicionales, y los suicidas equipados con bombas en automóviles, al costado de las carreteras o con cinturones explosivos han reemplazado a los guerrilleros y sus Kalashnikovs.

Quizás el cambio más importante sea el desplazamiento del centro de gravedad político y militar en la región. Mientras Israel, Palestina y el Líbano definieron el punto de conflicto más importante en el viejo Oriente Próximo, tras la guerra de Irak el poder y la política regionales están centrados en el Golfo Pérsico. El conflicto predominante ya no es la lucha entre israelíes y palestinos, sino la amenaza de una confrontación entre Irán y Arabia Saudita por la supremacía subregional, y entre Irán y Estados Unidos por la hegemonía regional. De hecho, en la actualidad es prácticamente imposible llevar a la práctica una solución al conflicto palestino-israelí sin Irán y sus aliados locales: Hizbulá en el Líbano y Hamás en Palestina.

Así, en cierto sentido la guerra en Irak forma el puente estratégico y militar entre el viejo y el nuevo Oriente Próximo. La intervención de Estados Unidos ha generado cuatro cambios de grandes consecuencias en la región:
T Se han desatado las ambiciones hegemónicas de Irán, que ha recibido un impulso para lograr una posición estratégica que nunca hubiera alcanzado por si mismo.

T La democratización de Irak ha fortalecido a la mayoría chií, lo que a su vez ha fortalecido mucho la influencia de Irán. De hecho, la guerra en Irak ha transformado el conflicto entre chiíes y sunitas --que se remonta a varios siglos--, al darle una significación geopolítica moderna y ampliarlo a toda la región.

T El ascenso de Irán plantea una amenaza existencial a Arabia Saudita, puesto que el noreste del país, rico en petróleo, está habitado por una mayoría chií. En el mediano plazo, un gobierno chií en Bagdad, dominado por Irán, supondría una amenaza para la integridad territorial de Arabia Saudita, escenario que los sauditas no pueden aceptar ni aceptarán.

T Si Irán consigue convertirse en una potencia nuclear, los temores existenciales de Irán se multiplicarían radicalmente. En términos más generales, el poder militar convencional en el Oriente Próximo perdería gran parte de su valor, generándose inevitablemente una carrera armamentista nuclear.

Esta nueva situación amenaza con desintegrar completamente todo el sistema anglo-francés de estados en el Oriente Próximo. Por supuesto, el primer candidato es Iraq.

Una de las preguntas más cargadas de consecuencias para el Oriente Próximo es si será posible mantener unido a Irak, a pesar de las confrontaciones étnicas y religiosas que enfrentan a kurdos contra árabes y a sunitas contra chiíes. La desintegración de Irak sería difícil de contener; de hecho, causaría una total balcanización de la región.

Otra pregunta importante es si el Islam político avanzará hacia la democracia y la aceptación de la modernidad o seguirá atrapado en el radicalismo y la invocación del pasado. En este momento, la primera línea de esta batalla no está en el Oriente Próximo sino en Turquía; no obstante, el resultado tendrá necesariamente una significación más general.

El surgimiento del nuevo Oriente Próximo puede representar una oportunidad para establecer un orden regional que refleje los intereses legítimos de todos los actores involucrados, permita fronteras seguras y sustituya las aspiraciones hegemónicas por transparencia y cooperación. Si no ocurre así, o si no se aprovecha esta oportunidad, el nuevo Oriente Próximo será mucho más peligroso que el viejo.


Joschka Fischer, Ministro de Relaciones Exteriores de Alemania y Vicecanciller de 1998 a 2005, encabezó el Partido Verde de Alemania por cerca de 20 años.


Copyright: Project Syndicate/Institute for Human Sciences, 2008.

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