Jorge Eduardo Arellano
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Alice Miller es una psicoanalista que desde hace muchos años ya no ejerce su profesión. Decidió escribir libros. Sus obras nos cuentan los resultados de sus experiencias sobre cómo fue la niñez de mucha gente que llegó a su consultorio y cómo fue la de muchas personas famosas y no tan famosas. En sus libros, Alice Miller habla sobre las secuelas que dejan el maltrato físico, el maltrato psicológico y el abuso sexual en niñas y niños. En una mayoría de casos, los niños fueron golpeados, castigados y abusados “por su bien”. Alice Miller va más allá y no sólo habla de las secuelas individuales que sufre cada persona. También explica las consecuencias colectivas que el maltrato infantil tiene para toda la sociedad. Y enseña que una sociedad sólo mejora si logra romper la cadena de violencia. Lo más maravilloso es que nos demuestra que se puede, ¡que sí se puede!
De ella aprendemos que las experiencias emocionales desde el nacimiento, incluso desde antes de nacer, se graban en las células de nuestro cuerpo en un tipo especial de memoria. No se pierde nada. Estas experiencias se codifican como un tipo determinado de información y llegando a la edad adulta influyen --aunque inconscientemente-- en nuestro modo de pensar, sentir y en las formas en las que actuamos. Cuando nacemos dependemos de los adultos y nuestra dependencia nos lleva inconscientemente a desarrollar un comportamiento con el que agradar a las personas que nos rodean. Y lo hacemos así, a pesar de los maltratos que recibimos, porque para sobrevivir necesitamos alimento, cuidados y amor.

Los primeros años de la vida de una persona son los más importantes y una educación basada en el autoritarismo y la violencia causa graves daños. Cualquier golpe que recibimos en nuestros primeros tres años de vida nos afecta. En esos años termina de construirse la estructura del cerebro humano. Por eso es tan importante que en esa etapa los niños reciban amor y protección, y ningún tipo de crueldad, de menosprecio o de burlas.

En la mayoría de los países del mundo, también en Nicaragua, golpear a un niño suele ser un remedio habitual y permitido para educar. “Un golpe no hace daño”, decimos, para justificar esos golpes. Los adultos ejercen violencia contra los niños porque tienen el poder de ejercerla. Esa violencia queda grabada en la memoria de los niños y el aprendizaje que deja en ellos es que el único medio efectivo de comunicación disponible es la violencia. El niño no hace caso a los golpes porque ENTIENDA lo que le “piden” sus padres que haga. Hace caso y obedece por miedo a recibir más golpes. Adultos, padres, maestros, no les reconocen a la niñez el derecho de protesta ni le permiten expresar su rechazo a la violencia ni tampoco al abuso sexual que sufre de una persona ajena o de su propio núcleo familiar. Para aguantar estos dolores, los niños/as hacen todo lo posible para olvidar sus sentimientos y reprimir los recuerdos traumáticos y para continuar amando e idealizando a quienes los maltratan y abusan de ellos. No recordando se defienden. Es su medio de sobrevivencia. Después, en su vida adulta, quienes fueron niños maltratados ejercerán violencia contra sus hijos y justificarán la “educación” violenta que recibieron cuando eran chiquitos e indefensos. Un círculo vicioso. Una cadena interminable.

Alice Miller hace énfasis en la importancia de analizar y de enfrentar nuestra propia infancia. Propone reencontrarnos con la niña, niño que fuimos y que sufrió golpes, desatención, fajazos, gritos, insultos, abuso físico, psíquico o sexual. Propone también permitirnos como adultos (as) el dolor que en la niñez reprimimos. No es cierto que los recuerdos dolorosos se borran. Se quedan en la memoria y pueden causar muchas enfermedades para las cuales no tenemos explicaciones ni encontramos cura.

Dice Alice Miller que “las humillaciones, golpes, bofetadas, traiciones, abusos sexuales, mofas, burlas, desatenciones, son formas de maltrato, porque dañan la integridad y dignidad de un niño, aunque sus consecuencias no sean visibles inmediatamente. Como adultos, la mayoría de los niños maltratados sufrirán. Y peor: permitirán que otros sufran por estos daños”.

Cuando nos encontramos con ese niño/a que fuimos, y que vive en nuestro interior, es muy importante tener a nuestro lado a alguien que nos escuche y que admita que entonces sufrimos maltrato. Si tenemos esa persona a nuestro lado --una terapeuta, una amiga o alguien de confianza; Alice Miller las llama “testigos empáticos con conocimiento de causa”-- es también trascendental que esa persona nos haga sentir que no fuimos culpables ni responsables por lo que nos hicieron. Esa persona debe ayudarnos a sanar nuestra infancia y a reconocer que lo que ellos nos hicieron no estuvo bien. Esa persona no debe sugerirnos ni obligarnos a perdonar lo no perdonable. Mucho menos nos debe proponer el perdón “en nombre de Dios”. Trabajar las crueldades sufridas en la niñez, encontrarnos con el niño/a que fuimos, nos puede liberar de las secuelas de la violencia aguantada en silencio. Y a menudo nos liberará de depresiones, adicciones o pánicos. Y así lograremos no repetir la historia con nuestros hijos. Esto contribuirá a hacer mejor y más feliz a la sociedad.

Cuando fuimos pequeños no merecíamos golpes. Permitirnos sentir la tristeza por aquella violencia del pasado nos liberará de traumas acumulados. Y nos capacitará para no causar traumas a otros. Nos entrenará para protegerlos de la violencia sexual.

Otra enseñanza que encontramos en los libros de Alice Miller --en particular en “La Madurez de Eva”-- es que la cultura cristiana nos “obliga” (¡el tan predicado cuarto mandamiento!) “a honrar a padre y madre”, aun cuando hayamos recibido de ellos maltratos y abusos, incluso crueles. Es un camino equivocado. La verdad es la que nos hace libres. Y sólo la verdad es la que puede hacer libres a quienes nos maltrataron. Reconocer la verdad de nuestra infancia nos hará capaces de entender qué es realmente “honrar”.

En mi camino de sobreviviente de abuso sexual he tenido la dicha de encontrar personas --tanto entre psicólogas como en mi grupo de apoyo mutuo-- que fueron mis acompañantes empáticas. Después, leyendo a Alice Miller, aprendí a hacerme “testigo que ayuda” a niños/as, a adultas/os violentados en su niñez. Esto le ha dado un nuevo sentido a mi vida.

La página Web de esta escritora inteligente y luchadora www.alice-miller.com tiene ahora un enlace hacia una página en español, donde están algunos de sus textos, en los que encontrarán conocimiento y sabiduría. Algunos de sus libros son: El drama del niño dotado, El saber proscrito, Por tu propio bien, La madurez de Eva, El cuerpo nunca miente.


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