Jorge Eduardo Arellano
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Las encuestas con preguntas del tipo ¿De qué color es el caballo blanco de Napoleón Bonaparte? no son las únicas que expresan una mala práctica profesional y un burdo intento de engatuzar a la opinión pública. Durante la pasada campaña presidencial vimos también, por ejemplo, el surgimiento repentino de supuestas firmas encuestadoras que presentaron resultados insólitos expresamente elaborados para satisfacer amañadamente los intereses de una agrupación política. Eran encuestadoras fantasmas.

Las manipulaciones que se realizan por medio de encuestas arregladas no son el único factor que puede empañar la credibilidad de esta formidable herramienta de investigación, cuya aplicación profesional es clave para disminuir sustancialmente las incertidumbres a la hora de tomar decisiones; y para desarrollar convincentes, certeras y efectivas políticas y estrategias de todo tipo.

Una medición satisfactoria por medio de encuestas requiere de tanto rigor en cada una de sus diferentes y sensibles etapas, que un leve descuido en una de ellas puede provocar resultados estrepitosamente equivocados. Fallas en el diseño muestral; en la elaboración del cuestionario; en el trabajo de campo; en la revisión y codificación; en la digitación; o en el procesamiento, pueden desvirtuar el estudio en su totalidad y mostrar falsos hallazgos que conduzcan a tomar decisiones erróneas. Este es otro factor que conspira en contra de la credibilidad de esta poderosa herramienta técnica.

Un tercer aspecto que puede cuestionar las encuestas es creer que dan más de lo que pueden. Falsas expectativas. En esencia, los resultados de una encuesta son como una fotografía de un momento específico, y no de otro, por lo que sus hallazgos sólo son válidos para los pocos días en que se hizo el estudio, sobre todo cuando se investiga opinión o percepción pública. Los hallazgos de una encuesta en determinado contexto, pueden perder vigencia en cuestión de horas o pocos días o algunas semanas, por un fuerte acontecimiento o una cadena de hechos que modificaron la percepción de la sociedad sobre determinado asunto, por tanto no tienen una validez intemporal, como erróneamente a veces se pretende. Extrapolar resultados conducirá a errores garrafales.

Un desliz común es asumir una capacidad de predicción que las encuestas no tienen, debido al comportamiento cambiante de la opinión pública, aunque esta efectiva forma de medición de la opinión pública puede aventurarse con éxito hacia el futuro, si se utiliza en forma periódica y sistemática. La periodicidad debe ser rigurosa, por ejemplo, cada tres meses, y no modificar el intervalo, que toda la serie que se realice responda al mismo período de tiempo. Las mediciones constantes identifican los cambios, por tenues que sean, y hasta son capaces de marcar una tendencia con poco margen de error.

Las encuestas son excelentes herramientas para investigar, por ejemplo, las principales necesidades o demandas de la población y recolectar información que contribuya a diseñar las políticas nacionales y el programa de gobierno o la campaña electoral de un candidato; y por supuesto, para todo estudio de mercado así como para la elaboración de estrategias de comunicación y de marketing de la empresa privada y de las instituciones en general.

Los partidos políticos deberían darle un uso intensivo a las encuestas como una de las más poderosas herramientas de investigación de las necesidades, preferencias y aspiraciones de la gente; y para el diseño de sus estrategias. También en importantes aspectos específicos como la medición de la reacción de la población de una localidad ante el discurso del candidato; o para conocer el punto de vista de la gente ante una medida que se quiera impulsar o ya se esté aplicando.

Sin embargo, pareciera que entre los partidos políticos más bien ha prevalecido un interés por utilizar las encuestas como medio publicitario para inclinar la balanza a su favor en el estado de ánimo de los votantes, debido a que presentar como ganador a un candidato, influye con fuerza en los indecisos, ya que en estos eventos se genera una marcada adhesión hacia el postulante que se perfila como probable triunfador. Y en esta línea, los bandos partidarios no han tenido escrúpulos con tal de salirse con la suya.

Generalmente, el partido no favorecido en los resultados verdaderos de una encuesta genuina, despotrica contra ésta y trata de descalificarla, y con ello enrarece el ambiente, se torpedea la confianza que debe concederse a esta utilísima herramienta de investigación, y se dificulta la comunicación política en la sociedad. Si los partidos se abstuvieran de manipular y de desacreditar las encuestas, e hicieran un uso profesional de ellas, habría información más objetiva para la población. Los medios de comunicación social también deben contribuir despabilando su ojo crítico hacia las encuestas, haciendo una lectura correcta de las mismas, en especial, de la representatividad de la muestra, pues de ello depende que sus resultados o hallazgos realmente sean generalizables.

Por supuesto, las empresas encuestadoras profesionales deben continuar profundizando su perfil técnico y mantener su autonomía frente a intentos de subordinarlas a intereses partidarios o de cualquier otro tipo. Para fortalecer su independencia y profesionalismo, podrían unirse en una asociación o cámara de empresas de estudios de opinión pública, lo cual les facilitaría el acceso a nuevas tecnologías y a oportunidades de negocios desde una perspectiva internacional, fortaleciendo con ello su competitividad frente a firmas del exterior que hasta ahora se han llevado la mayor parte del pastel local y regional.

*Editor de la Revista Medios y Mensajes
gocd56@hotmail.com