Aldo Díaz Lacayo
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Los hechos históricos son innegables, por crueles que hubiesen sido. Esto no niega, sin embargo, la necesidad de valorar sus consecuencias, de analizarlas a la luz de los valores culturales, propios y adquiridos. Una valoración que la perspectiva histórica suele magnificar porque el tiempo permite la búsqueda sistemática y el hallazgo a veces deslumbrante de nueva documentación, de las víctimas y de los victimarios. Por eso, como decía Goethe —tomo la cita de Pablo Antonio Cuadra— “cada generación debe escribir de nuevo  la historia”.

No se puede negar, pues, el hecho histórico del tropezón fortuito de Cristóbal Colón con este inmenso Continente que forma el hemisferio occidental. Igualmente, ahora resulta imposible ocultar el hecho histórico de la brutal y cruel represión de la Corona española y de la iglesia católica contra la población originaria, hasta su virtual aniquilamiento. Vívidamente narrada por los pobladores originarios, que la sufrieron, y por algunos lúcidos y justicieros miembros de la llamada Conquista, que la vivieron. Así lo demuestra la documentación acumulada durante quinientos años.

En este contexto, la valoración de algunos pueblos sobre la invasión española ha sido desde siempre tan dura que han proscrito radicalmente la conmemoración de los llamados conquistadores. México resulta un ejemplo paradigmático: Hernán Cortés no aparece por ninguna parte del país. En cambio, a través de la monumentaria nacional son virtualmente venerados los emperadores nativos. Sobre todo Cuahtemoc, la expresión más brutal de la crueldad de Cortés, pero también el ejemplo más digno de la originaria y también milenaria nacionalidad mexicana.

Obviamente, la valoración de las consecuencias de los hechos históricos no implica un juicio sobre los descendientes de sus actores. Pero sí implica una demanda para que ellos asuman la causa de la reconciliación con las víctimas de sus ancestros, mediante una clara política de perdón público y de justa indemnización. Existen muchos ejemplos históricos al respecto, sobre todo modernos. El más conspicuo es el de los judíos frente a Hitler. Después de quinientos años, sin embargo, los españoles posconquista no han hecho ni lo uno ni lo otro.

En honor a la verdad resulta obligado recordar que en nombre de la iglesia católica el anterior papa Karol Woytiwa pidió perdón porque la iglesia conquistadora cohonestó y no pocas veces ejerció la brutalidad extrema contra la población nativa. Entonces los americanos actuales no sólo sintieron colmada sino además legitimada su demanda. Sin embargo, su sucesor, Joseph Ratzinger ha regresado a la posición de justificar la crueldad de la llamada Conquista por la expansión de la fe, obligando a los americanos a replantear su demanda.

Lamentablemente, no pocos americanos continúan justificando la brutalidad inhumana de la  llamada Conquista en los valores religiosos y culturales heredados por la España y la iglesia conquistadoras. Otros van mucho más allá, pretendiendo justificarla en la supuesta naturaleza perversa del hombre: porque toda conquista es cruel, porque el hombre es cruel. Una justificación contraria a la verdadera naturaleza humana que persigue la perfección del hombre a partir de sus propias limitaciones.

La demanda a España y a la iglesia católica sigue en pie. Mientras tanto los americanos están obligados a actuar en consecuencia: reivindicando los valores culturales de la población originaria, asumiéndolos como propios sin negar el sincretismo cultural producido por la llamada Conquista, reconociendo que el mestizo resultante es americano por su ascendencia originaria y no por la española, rectificando todo lo que haya que rectificar en nombre de la justicia.

Es en este contexto que debe conmemorarse el doce de octubre: ensalzando a las víctimas y no a  los victimarios, a la población originaria y no a los llamados conquistadores.