Jorge Eduardo Arellano
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Estamos viviendo en el límite de la democracia representativa. El fundamentalismo democrático consagra como ideal supremo e intocable a chambones que generan sólo ilusiones de democracia y la convierten en
burla y escarnio. Un parlamentarismo inusual y anómalo, se compara con la supresión fascista de congresos democráticamente elegidos. Tales disputas vacías se emplean como cortinas de humo para disimular el asunto de fondo: el carácter autoritario de poderes democráticamente constituidos.

Lo peor es que nos estamos acostumbrando a este ejercicio despótico. Se frustró la esperanza de que con la movilización popular acabara con el despojo ¿Por qué debemos confiar en que se respetará la voluntad popular, si la antitesis se expresa en el pacto una y otra vez renovado entre los caudillos? ¿Por qué pasó al olvido la propuesta de que las reformas se sometieran a plebiscito, para que los ciudadanos tuvieran la última palabra?
Nuestro modelo democrático, si así puede llamársele, es elitista. Mantiene en el poder a minorías autoelegidas. Los partidos y los medios impiden el gobierno ciudadano. En esta democracia es siempre una minoría la que decide qué persona ejercerá el gobierno. Un autoelegido se proclama y decide quién representa al partido y quienes ameritan ser candidatos. Una minoría exigua promulga las leyes. Otra todavía más pequeña toma las decisiones importantes.

Si se diera la alternancia en el poder no se modificarían los hechos. Tener conciencia de ello no es un argumento contra la democracia, pero afirma el derecho de la gente no sea gobernada contra su voluntad y tenga que comulgar con ruedas de molino. El cinismo, la corrupción y el desarreglo a que han llegado gobierno y partidos en esta llamada sociedad democrática y la continua inyección de miedo, miseria y frustración que aplican a sus súbditos hacen indispensable rehacer los fundamentos de las instituciones que amparan el actual estado de cosas.

Durante la transición española se señaló: “En el punto en que la democracia se afirma como tabú de la tribu, empieza a negarse a sí misma, a instituirse como manera desnuda de dominio, como bruta sinrazón sin otro objeto que el perpetuar el inaguantable estado de cosas“ ¿Será ésta una peculiar variante de fundamentalismo? ¿Hay quien se tiene a sí mismo por el único camino verdadero en vez de uno entre los posibles? ¿Comparte con otros fundamentalismos análoga pretensión de verdad absoluta y definitiva? ¿Se adorna de una ceguera respecto de sí mismo? ¿Están creyendo en la Democracia con la misma ilusión con que otros creen en el Corán o en la divinidad del imperio?
Este fundamentalismo libra una guerra permanente contra el experimento democrático del país con discursos y prácticas autoritarias. Pero todos siguen exigiendo que mantengamos fe ciega en este dispositivo, pretendido como intocable. La verdad es que no sólo hay que tocarlo. Hay que hacerlo a un lado. No olvidemos que se emplearon ficciones democráticas para instalar a Hitler en el poder y aquí será fácil darnos la misma gata revolcada.