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“Paradójicamente --dijo un Caresol filosóficamente más inspirado que los mismísimos Ricardo Pasos y Alejandro Serrano-- todo lo relacionado con la muerte comienza en esta vida.” Watson lo interrumpió: “En algunos casos tendríamos que decir que en esta perra vida, ya que en Nicaragua --con mi sola excepción, y lo digo yo-- los humanos llevan una vida de perros, en el sentido peyorativo que Róger Mátus Lazo le da a esa palabra, y no en el que le doy yo cuando platicando con ustedes mis congéneres, siento que vivo una vida de humanos, tal y como nos lo enseñó el inolvidable Sherlock, de quien se podría decir: No hay duda de que muerto está y no hay duda de que nunca morirá.” ¡Elemental, nuestro querido Watson!, tronaron al unísono Currie, Sanjinés, Caresol, el de Managua y el de Masatepe, quien intervino: “Me escribió el gran bisturí armónico Wilfredo Álvarez, para que ustedes y nuestros lectores conocieran, además de las ya citadas en otras ocasiones, una nueva versión de las Coplas del Pañuelito: Me gusta ser monturita/ cuando andás en bicicleta/ Y sentirte apretadita/ pedaleando muy inquieta. Dice que la recogió el Ingeniebrio Noel Vargas esta pasada Semana Santa en las montañas de Comalapa. Dicho esto, para alegrarnos la vida, regresemos al tema de la muerte que tanto nos apasiona desde hace algunos días, pero a la que ni siquiera en bicicleta quisiera encontrarme y mucho menos ser su monturita.”

Los caminantes rieron de buena gana y el de Managua aceptó la oferta de su antecesor en el uso de la palabra: “No cabe duda que la atención a los jubilados ha mejorado notablemente. Cuando corresponde recibir los pagos mensuales, hay orden, consideración a la edad, y una cortesía que va de vigilantes y porteros hasta quienes atienden en las ventanillas. Esto es algo tan inédito en Nicaragua, que estoy seguro que a muchos jóvenes les entrarían ganas de hacerse viejos. No obstante, hay una parte del asunto que mueve a risa, y es cuando cada año hay que renovar el carnet y demostrar que se está vivo. Es algo así como ingresar a la antesala de la duda, pues si uno no es de fuertes convicciones, puede hasta llegar a dudar de su propia existencia. Primero, se debe de concurrir con la esposa, como prueba de vida. Sin embargo, nada impide que si la compañera ya levantó el vuelo y uno quiere evitarse engorrosos trámites burocráticos, como aquel de probar su defunción con certificados forenses, etc., se pueda prestar la esposa a algún amigo y llegar con la mujer sustituta portando el carnet de la occisa, pues al fin y al cabo, salvo en la cama, todas las viejas se parecen.”

Aunque no le incumbía, Roberto Currie preguntó: “¿Y si la mujer aún no es occisa y no los quiere acompañar, por la razón que fuere?” El de Managua, tal y como si lo supiera todo al mejor estilo de Chicón Rosales, con igual tono del pedante magistrado y fingiendo una vanidad sin límites, doctoralmente respondió: “Se han dado casos de desavenencias conyugales en los que la mujer, con tan solo esa negativa, toma revancha de imperdonables desmanes de su marido, y lo mata en vida. Es decir, lo transforma en ilegal, ilícito e inexistente. Y como dice la Maritza Baltodano: Ya en el ataúd, todos los viejos se parecen. No obstante, hay que tener cuidado con andar bromeando con estas cosas. Una vez a un viejito que se las daba de simpático se le ocurrió decir que la mujer que lo acompañaba ya estaba muerta y los del Seguro Social se lo creyeron. Ni les digo lo que le costó en abogados probar que su mujer aún no había muerto para que ésta a su vez certificara que él aún continuaba vivo. Gracias a estos incidentes los funcionarios del INSS se están volviendo expertos en defunciones y resurrecciones, pero además se han dado cuenta de que no pueden distinguir entre un vivo y un muerto a ojo de buen cubero. La antesala de la duda no lo permite pues hay momentos en los que parece que los que ahí deambulan son zombis. A la hora de saludar, hay que tener cautela, no vaya a ser que estemos saludando a un muerto de verdad.” La incrédula risa del resto de los caminantes, lo interrumpió por breves instantes.

Muy en serio, el de Managua continuó: “Uno llega y encuentra amigos a quienes dan ganas de decir: Hacía tanto tiempo que no los veía, que hasta creía que ya se habían muerto. Ante esta impertinencia la reacción de los amigos puede ser perdonarte aceptando que te pasaste de vivo, o desde aquel preciso momento dar por terminada la amistad, lo que equivale a darte por muerto. En este caso nunca se presentan alternativas, puesto que ambas actitudes, la del perdón o la muerte, por lo general son selladas con un: ¡Más muerto te creía yo, hijo de puta! Porque eso si hay que reconocer, la reciprocidad en la antesala de los muertos dudosos, es una norma de cortesía generalizada hasta en los vivos.”

Jueves, 8 de mayo del 2008
luisrochaurtecho@yahoo.com

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