Karla Castillo
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¿Cómo puede haber un hombre que vea en su hija a una mujer? Reflexionó recientemente un colega conmigo, a propósito del caso de la austriaca de 42 años que fue encerrada en un sótano a lo largo de 24 años, durante los cuales su padre la convirtió en esclava sexual y madre de siete niños.

“Existen, y a veces nos rodean”, le comenté al periodista, padre de una niña y para quien es increíble tal situación, pese a que por nuestra profesión a diario nos encontramos con este tipo de casos. Y me quedé pensando en una cantidad de personajes que he conocido a lo largo de mi vida, y que por desgracia no han tenido el castigo merecido.

He conocido sujetos que abusan de sus cuñadas adolescentes, de sus hijas, de sus sobrinas o nietas, o de las mujeres que se han relacionado con ellos, hasta sus vecinas o subalternas, sin embargo, nadie los denuncia, o quizá la acusación no prospera.

Llegan a viejos y parecen respetables, se erigen en “don fulano” y cuando salta un fantasma de su feo pasado sexual aparece más de una defensora que pone sus manos al fuego por el “venerable anciano” o el respetable señor.

Por supuesto que en la mayoría de casos estos hombres gozan de cierto estatus económico y social, por cuanto su situación de poder les facilita el abuso y “eclipsa” más aún a las víctimas.

Sociedad cómplice
Pero me doy cuenta de que también en un alto porcentaje de estos casos hay una cierta complicidad de la sociedad. Si bien es cierto todos tenemos derecho a reivindicarnos por los “errores” cometidos, los abusadores sexuales se acreditan un expediente que dice lo contrario.

Josef Fritzl, el llamado “Monstruo de Austria”, había sido investigado por violación en 1967, cuando ya era un hombre casado y padre de varios hijos, algunos nacidos de una relación extramarital. El incidente de violencia sexual no fue el único que se acumuló este hombre, de 73 años en la actualidad.

El hoy confeso padre abusador e incestuoso hasta se pasó varias temporadas de vacaciones en Tailandia, país pobre de Asia donde el turismo sexual con menores es el pan de cada día, por tanto había más de un testigo de sus costumbres aberrantes.

Con semejantes antecedentes e indicios sobre su comportamiento sexual agresivo, para mí es inconcebible que una mujer hubiera vivido con Fritzl durante más de medio siglo, pero Rosemarie, su sufrida esposa, en efecto ha permanecido todo este tiempo a su lado. Ahora sale a luz que el sujeto no gozaba del aprecio de la familia de su mujer.

Que sus hijos no reaccionaran también me parece increíble, pues se confirmó que debido al carácter represivo del abusador, optaron por casarse muy jóvenes y alejarse del “hogar”. Nadie se incomodó por preguntar para qué Fritzl necesitaría el sótano que construyó él mismo, llevando materiales desde varios años atrás.

Que sus vecinos ignoraran los signos de que había algo raro tras las pesadas puertas que antecedían al sótano, también es escandalosamente extraño. Técnicos que hacían reparaciones o inspecciones no notaron nada, pese a la alteración de las facturaciones por energía eléctrica, gas y otros servicios.

Tampoco nadie se preguntó por las compras al por mayor que introducía al zulo, o las bolsas con desperdicios que seguramente Fritzl sacaba, pues su hija y tres de los vástagos nacidos de la violación permanecieron allí siempre, sin ver la luz del sol.

Lo peor es que nadie se molestó tampoco por confirmar si la víctima inicial de tan espantosa trama, la joven Elisabeth, de 18 años, realmente había desaparecido con una secta, en 1984, sin llevarse nada consigo. Todos, hasta las autoridades, se conformaron con saber la versión del padre abusivo.

Ni qué decir de los tres niños que aparecieron uno a uno en la puerta de la casa de la familia Fritzl, hijos de Elisabeth, los cuales fueron adoptados por Rosamarie y su padre-abuelo.

Si esto ocurre en un país desarrollado, donde las leyes son más severas y deberían existir más controles y conciencia en la sociedad, cabe preguntarse ¿cuántas ventajas tienen los abusadores en países como el nuestro? ¿será que hay una sola mujer en Nicaragua que en cualquier momento de su vida no se ha sentido abusada, llámese “piropo obsceno”, tocamiento callejero, hostigamiento, ultraje sexual, etc.?
La respuesta está en las estadísticas de los delitos sexuales, misma que no refleja quizá ni la mitad de los casos que ocurren en Nicaragua.

A la par de la educación a las mujeres, para que conozcan sus derechos, hay que hacer campañas y concienciaciones entre el género masculino, para que se genere el respeto hacia las féminas desde que somos niñas. Dios nos guarde de un Fritzl en Nicaragua, si acaso alguien no recuerda un caso similar.