Jorge Eduardo Arellano
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En el curso del desarrollo histórico del capitalismo la tendencia a la reducción del valor de la fuerza del trabajo se manifiesta como resultado de la productividad del trabajo, y esto a su vez condiciona la reducción de los medios materiales que los trabajadores necesitan para vivir, es decir, su salario se reduce.

El sistema de mercado moderno entraña la necesidad de la competitividad, la cual es posible cuando en un sector industrial el factor tecnológico y la alta calificación de los recursos humanos elevan la productividad, aumentando la rentabilidad marginal del capital producto de la reducción de los costos marginales.

Lo anterior induce a lo que Marx planteaba y es que el incremento de la productividad no beneficia al trabajo (al trabajador) sino al capital (al empresario). En Nicaragua las evidencias empíricas ponen de manifiesto una brecha brutal entre las remuneraciones al factor capital y las remuneraciones al factor trabajo o entre la masa de ganancias de los empresarios y la masa salarial en general.

La estrategia de flexibilización del mercado de trabajo apunta a la creación de un sistema de mercado con más poder para el empresario y más sometimiento del trabajador, ¿mi pregunta es hasta dónde se deben reducir los salarios para que el capital esté satisfecho? Por ejemplo, desde que asumió el poder el presidente Ortega, el FMI, fundamentado en las viejas “letanías” del consenso de Washington, comenzó a establecer una estricta vigilancia sobre los salarios del sector público, más concretamente sobre los sectores de Educación y Salud.

La orientación de estos controles apuntaban a congelar la masa salarial del Estado, bajo el paradigma de que el aumento de salarios debe corresponderse con el nivel de crecimiento del Producto Interno Bruto (PIB) y con la función de la inflación proyectada. Es importante acotar que el FMI, si bien ha expresado de manera explícita su interés por mantener una macroeconomía estable, su principal preocupación es proteger al capital (las empresas), porque sencillamente le tiene “pavor” a cualquier efecto demostración que podría producirse al aumentar salarios en el sector público y que esto provoque demandas de salarios más altos en el sector privado.

El argumento que subyace bajo esta lógica es que la única ventaja competitiva que tiene Nicaragua es que su estructura salarial es competitiva por ser baja y que un aumento salarial reduciría la capacidad de competir de las empresas y se perdería el atractivo para la inversión extranjera.

A partir de esta lógica pro- mercado total el gobierno ha instrumentalizado una política de salarios bastante coherente con las expectativas de la empresa privada y el FMI, pero el mejoramiento marginal de los salarios para algunos sectores se ha visto eliminado por los efectos de una inflación que amenaza con incrementar las desesperanzas y la angustia de los sectores populares, transformar las clase media y media baja en grupos marginales que tarde o temprano engrosarían el ejército de miserables e indigentes.

Nadie puede negar que el incremento de salarios sólo puede lograrse sobre la base del crecimiento económico y el aumento de la productividad, de otra forma no puede justificarse, pero las evidencias demuestran que el incremento de la productividad no genera mejores salarios, la experiencia de América Latina demuestra que “el reino de la necesidad ha sido y sigue siendo el mundo de la enajenación”.

Lo que tratamos de explicar es que igual que en tiempos de la revolución industrial la “enajenación” es un mundo en que las fuerzas esenciales del hombre, su trabajo, los productos creados por él, su potencial de ser creador de su vida, de la historia, son “usurpados” por el sistema social que lo domina y se tornan “ajenas”. El ulterior crecimiento de la productividad deberá resolverse primordialmente a cuenta de la calificación y el potencial creativo e innovador de los trabajadores, ¿pero acaso en las condiciones concretas de nuestra sociedad también se enajenara el espíritu creativo, nuestra capacidad de creación e innovación?
Sin duda el mercado sólo admite el espíritu inventivo, pero el capital no premia este espíritu con mejores salarios, de tal manera que en las condiciones del capital el hombre para poder sobrevivir debe enajenar, su creatividad y su inventiva para poder coexistir, mediante un salario que es asimétrico al efecto que genera la creatividad y la innovación en la productividad empresarial. ¿Qué dice entonces el mercado de los que no son creativos? ¡Están demás, simplemente sobran!.

*Investigador – UPOLI