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Desde tiempos inmemoriales el ser humano ha tenido una gran preocupación por lo que hay después de la vida. La imaginación de casi todas las religiones siempre ha explicado el tan misterioso más allá. La imaginería cristiana no tiene parangón en esta materia de la “vida” después de la vida.

Los cristianos han identificado cuatro lugares posibles donde van las almas después de cruzar el umbral de la muerte. Ellos son el cielo, el infierno, el purgatorio y el limbo (cerrado por reformas).

La tradición cristiana clasifica tres categorías genéricas del cielo. El cielo espiritual, el sensual y el jerarquizado y burocrático. El cielo espiritual es ajeno a los sentidos de esta tierra, y el gran premio consiste en la contemplación y conocimiento de Dios. En esta línea de pensamiento vemos a los evangelios sinópticos, en especial el de Mateo; “Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios” (Mt. 5,8). Igual opinión tienen San Pablo, San Agustín y otros padres de la Iglesia.

En los tiempos del renacimiento, muchos cristianos veían el cielo de tipo sensual. Autores cristianos como Ossana de Mantua, el humanista Erasmo de Rótterdam y San Francisco de Sales, imaginaban un cielo donde encontraría a sus amigos terrenales, pues la felicidad la ligaban al encuentro social de seres queridos, pues la soledad eliminaría gran parte de la felicidad.

El cielo “burocrático” lo encontramos en el Apocalipsis de Juan. Nos plasma un cielo organizado, con Dios en su trono rodeado de ángeles sentados a la par de Él y veinticuatro ancianos (Ap 4,4), amén de una cantidad de seres celestiales.

La imaginería católica ha sido finita en describir las bondades del cielo, no así con los otros lugares alternativos donde las almas no tan pías, penan sus pecados. Las descripciones infernales son infinitamente abundantes en los cristianos de todos los tiempos. La ubicación física la imaginan en el centro de la tierra, similar al hades griego. Es un lugar de tortura y donde el fuego juega un rol determinante. Existen dos tipos de visiones del infierno que resume la visión de los cristianos; el infierno existencial y el alegórico, este último de carácter metafórico poco profundizado por los cristianos.

El infierno existencial a la vez se puede dividir en infierno gnóstico y el infierno ortodoxo. Los gnósticos veían a la tierra como el mismísimo infierno, pues para ellos el “Demiurgo” había creado este mundo y creían que sólo con la gnosis (conocimiento) se puede liberar el cuerpo y llegar a la plenitud. Ellos despreciaban al cuerpo porque lo consideraban como parte de la creación del mismísimo demonio. Cabe aclarar que esta visión caló también en la mística cristiana católica.

El infierno descrito por los católicos y protestantes tiene tanta imaginación como seguidores tienen estas religiones. No obstante, predomina la visión del profeta Isaías que es en la que se basa Juan en su Apocalipsis, quien describe el infierno como “un estanque de fuego y azufre,… la humareda de su tormento se eleva por los siglos de los siglos; no hay reposo”. El Fuego es el protagonista principal del infierno arquetípico de los cristianos. Por ello, algunos teólogos han llegado a determinar tres tipos de fuego, el que destruye al abrasar los cuerpos, el fuego que se encuentra en el infierno que abrasa a las almas pero que no destruye sino que hace sufrir eternamente, y el purificador reservado para las almas del purgatorio. No obstante, aunque el fuego es el actor primario, la imageniería de los santos cristianos no se detiene allí, pues San Ignacio de Loyola dedica el quinto de sus ejercicios espirituales al infierno; nos invita a palpar con los cinco sentidos el terror infernal. No se queda atrás Santa Teresa de Ávila, quien siente en sus alucinaciones oníricas, gran claustrofobia a un infierno lleno de condenados y falto de espacio. San Vicente de Paúl lleva más allá el imaginario, pues jugando a Chef infernal prepara el siguiente menú para los condenados; se hartan de hiel de dragón y vino de áspid el cual causa un gran dolor,- pero es poco con los platos fuertes-, sapos, serpientes y carne podrida.

La imaginería del más allá de los católicos se extiende aún más, cuando San Bernardo de Claraval, con gran genio, le otorga cuerpo teológico a un nuevo lugar intermedio entre el cielo y el infierno llamado purgatorio. Aquí el fuego también es protagonista, pero su función es de purificación, para que las almas sean trasladas en gracia al cielo. El problema de estas almas es el tiempo, pues la eficiencia y eficacia de este fuego purificador está directamente ligada a los pecados del fallecido. Si los pecados son muchos este fuego tardará mucho en purificar su alma. No obstante, para esta debilidad de diseño del purgatorio, la Iglesia con su gran genio creador, instruyó a los deudos que sus rezos son determinantes para mejorar la eficiencia purificadora del alma en pena. Eso sí para poder evaluar la sinceridad de estos rezos y la Fe de los mismo, la Iglesia creó el mecanismo de las indulgencias plenarias y parciales (las primeras son más eficientes por ende más caras), y así engrandecer a la Iglesia y a la Basílica de San Pedro. En pocas palabras, pagan los creyentes aquí, para hacer crédito con la Iglesia y estos créditos la Iglesia se encarga de redimirlos en el más allá para el bien de las almas en pena. Diseñaba así un sistema de proto-puntos, al estilo tarjetas de crédito de hoy día.

Por último la Iglesia no sabía qué hacer con las almas de los niños que no habían sido bautizados e inauguró el limbo. Una acción bien piadosa por cierto, pues no se puede condenar o purificar a quién no ha hecho nada aunque se fueran estos niños con el pecado original heredado. Pero la Iglesia con su gran genio, también reflexionó y dio cabida en el limbo a los millones de indios americanos muertos antes que abrazaran el catolicismo. Es así que vemos un limbo lleno a reventar y la crisis llegó a tal grado que el Papa Benedicto XVI decidió clausurarlo y hoy no sabemos qué se hizo tanta alma inocente. Nos hace suponer que deben estar en el cielo.

Al describir todos estos lugares escatológicos, se comprende porqué que la mayoría de los cristianos le teme a Dios. Y termino de escribir, porque ya estoy sintiendo mucho calor.

rcardisa@ibw.com.ni

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