Por Mario Mejía López.
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Se está hablando de la llegada de 350 buses nuevos para mejorar el transporte urbano colectivo de Managua.  Es una buena noticia.  Pero podría ser una mejor noticia  si se tomara la decisión de nacionalizar este servicio.  Es decir, terminar de una vez por todas con la posición de rehenes de los usuarios frente a caprichos, malacrianzas, maltrato y peligro que significa utilizar el servicio de transporte capitalino, tal y como operan los señores de las cooperativas.  Analicemos el asunto:

Uno. Es cierto que el transporte urbano colectivo de los años 80 no era el óptimo; por el contrario, era un servicio muy presionado, muy deficiente, por no contar con las unidades necesarias para cubrir la demanda.  Sin embargo, había ciertas ventajas significativas que hoy son una añoranza.  Por ejemplo, el horario de trabajo, tanto en la madrugada como en la noche.  A esto nos ateníamos los que en ese tiempo estudiábamos.  Si alguien salía a las 9:45 de la noche de las universidades (UCA, UNAN, etc.), tenía la certeza de tomar su autobús a las 10 y media de la noche.  Hoy en día eso es una quimera.  Peor aún, durante el período lluvioso los transportistas se manifiestas sensibles a la humedad, motivo por el cual se ausentan de las calles cuando apenas empieza la noche.

Dos. Uno de los asuntos importantes demandados por los usuarios del transporte es el trato de los conductores y ayudantes.  Este asunto no depende  de inversión alguna para justificar su sempiterna postergación. Sólo buena voluntad, a pesar de que después de cada paro de transporte, una vez obtenido lo que demandan,  se comprometen a cumplir con una norma muy elemental, como es el trato humano merecido por los usuarios, de cuyas monedas  viven.

Tres.  La privatización  del transporte urbano colectivo de Managua se hizo con la promesa de convertirlo en el mejor de Centroamérica.  En esa línea, tanto unidades de buses  de todas las rutas de Managua como sus  terminales pasaron a manos de cooperativas conformadas a la velocidad del rayo.  Diecisiete años después, nuestros conchudos  transportistas no han pagado nada de esos activos adquiridos.  “Pónganme ese dedo en la uña”.  Es decir,   ¿cómo estos señores, sin haber pagado aquellos autobuses y otras propiedades valiosas pueden ser ahora objeto de un nuevo crédito?

Cuatro.  Uno de los asuntos que se han convertido en una “pandemia” en el transporte urbano colectivo es la falta de capacidad profesional de los conductores.  Arranques y frenazos violentos, aventajamiento por disputa temeraria de usuarios, irrespeto a los altos y luces rojas de los semáforos, utilización indiscriminadas de los pitos de vientos en zonas densamente pobladas, son, entre otras, parte de la situación común a que hemos estado condenados los usuarios en estos 17 años. Esta razón debería ser suficiente para  eliminar este foco de infección.

Cinco. Debemos estar claros de que muchos de los conductores, en este sistema de transporte enfermo, son personas antisistema o  resentidos sociales.  En sus mentes hay algo de ese germen  que es común en un secuestrador, estafador, violador, asesino o asaltante. Es por ello improbable  considerar que con los nuevos buses cambiarán de actitud, así  dejen tendidos cantidades de cadáveres en calles y carreteras por su mal proceder profesional.

Para concluir, quisiera  señalar que en inmensa mayoría de los países del mundo, desarrollados o del llamado tercer mundo, el transporte colectivo en las ciudades no es considerado un negocio, como aquí en Nicaragua nos han pregonado los empresarios parásitos.  Por el contrario, ese servicio es un bien social de las grandes mayorías, de las personas de bajos recursos, sistema, gracias al cual se  inyecta dinamismo a la actividad laboral y económica de un país, sobre todo en un país como el nuestro, que se caracteriza por una inmensa masa de gente empobrecida. Entonces, ¿por qué no damos el mejor golpe de timón a nuestro sistema de transporte nacionalizándolo?  Ahora que está de moda este asunto, ¿qué tal un referendo para zanjar este asunto?