Por Jaime Pérez Alonso.
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El nivel promedio educativo en Nicaragua es (¡qué vergüenza!) de apenas el 4º grado, cuando, por el contrario, otras naciones más desarrolladas han logrado llegar al doceavo. Por otro lado (y para remachar con grilletes de hierro muestra desgracia cultural) el nivel de analfabetismo en nuestro país parece haber regresado al 32 %, debido a la inconsistencia de un programa que ha sido implacablemente sometido a sucesivas y contradictorias interferencias políticas.  Y es que, en la praxis, cuando el alfabetizado no continúa con un plan programado de lectura diaria como refuerzo permanente, lógico es deducir que, en corto tiempo olvidará lo aprendido, revelándose el programa en lo que realmente ha sido: ¡Un  burdo instrumento de propaganda política!

Porque, sin una verdadera apertura de la conciencia  a la realidad del hombre social, el progreso educativo es poco menos que imposible, ya que se precisa que el individuo parta de los principios de identificación y concientización fundamentales  involucrados en la afirmación “YO SOY”, para luego ser esta confrontada con el “YO QUIERO SER”.  La transición de la una a la otra marca el paso de la ignorancia en la primera etapa de humanización de la cultura en la conciencia social del hombre. Siendo este gran logro cultural el punto de partida del desarrollo integral de la personalidad desde sus perspectivas ética, cívica y moral.

Luego advendrá la fusión del pensamiento humano en lo profundo de lo colectivo y, si su posterior evolución lo permite, en el ámbito de lo universal.

Sin embargo, en nuestra triste realidad, Freire y su revolucionario sistema pedagógico continúa siendo relegado al olvido, mientras prevalecen en el campo académico ciertas engorrosas y sofisticadas concepciones calcadas en una realidad  foránea que obedece a experiencias diferentes. Siempre tratando de copiar fielmente lo extranjero, fenómeno que constituye el mal crónico de nuestra historia.

De ahí que toda nuestra lucha por cimentar las verdaderas bases de una cultura  auténticamente muestra continuará siendo un gran esfuerzo perdido mientras las egoístas ambiciones partidarias que devoran , como buitres, las entrañas de la República no sean  erradicadas del control absoluto del poder, en beneficio de los propósitos y fines de una verdadera cultura republicana.

Permítaseme ahora señalar el hecho importantísimo de que, lamentablemente,en nuestra América no hemos sido capaces de producir mucho adelanto científico, que digamos, en los 500 años que nos separan del Descubrimiento.  Pareciera, después de todo, que la amalgama étnica no dio para tanto.  En nuestro caso particular la peligrosa mezcla de andaluz con indio fue poco menos que catastrófica.  Todavía estamos viviendo los patéticos resultados de una agonía sin fin que es prolongada artificialmente por los “cuidados intensivos” de una corrupta clase política en eterna búsqueda de privilegios a expensas del pueblo.

Por otro lado, y siempre en el caso de Nicaragua, fue Rubén (quien solamente como un caso de mutación genética pudo haber sido posible) el que se encargó de restaurar nuestro prestigio como pueblo, aunque fuera con floridas poesías y cisnes vagos.