Jorge Eduardo Arellano
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Nicaragua país, Nicaragua comunidad nacional, vive en forma permanente una tercia entre la sobrevivencia y el desarrollo, cuyos músculos se tensan periódicamente en conflictos que dificultan tanto la sobrevivencia como el desarrollo.

Cuando la tercia tiene como escenario la política, según parece, espacio reservado y propiedad de los políticos, Nicaragua aparece como incongruente y desabrida, mostrando un visible desequilibrio perdido entre la irracionalidad y la cordura.

Cuando la tercia tiene como escenario la problemática social, Nicaragua aparece como violenta y destructiva.

Lo triste es que a la política le mueve el motor de intereses bastante cerrados y caprichosos, los cuales se pierden en su propio laberinto sin que se introduzca, en razón de su propia etimología, en la verdadera vida de la polis, vale decir de la ciudadanía y su bienestar. En la práctica, la política se hace oposición, no construcción.

Lo anterior se agudiza con manifestaciones preocupantes en el contexto de la globalización, que la podemos explicitar como la globalización desde arriba, homogenizadora pero excluyente, y la globalización desde abajo, desde adentro interdependiente.

La primera, es la globalización de los mercados y de las transacciones financieras, del entrelazamiento de las leyes de comunicación y del control mundial de las imágenes y de las informaciones. La lógica que la preside es la competición de todos contra todos, imponiendo un modo de pensar uniforme, una cultura homogénea y un modelo de educación en el que se aboga por crear competencias técnicas de alto nivel para consolidar y ampliar el sistema neoliberal. En síntesis, o Ud. está con el mercado competitivo, vence y existe, o usted es derrotado al quedar fuera del único espacio abierto al éxito.

Este modelo se introduce y se instala de múltiples formas en nuestro sistema educativo nacional y en su oferta educativa, con consecuencias visibles de exclusión y de falta de cualquier tipo de sustentabilidad para parte importante de nuestra población, y para el desarrollo equitativo del país.

Frente a esta realidad con evidencias de verdadera, aunque en ocasiones oculta injusticia, gana fuerza y dignidad la ética de la globalización desde abajo, desde dentro interdependiente; que pasa por la solidaridad, por la mundialización de los derechos humanos, por la socialización de la democracia universal, por el control social de los capitales especulativos, por la universalización del cuidado para con la tierra y los ecosistemas, por la valoración de la dimensión espiritual del ser humano y del universo; en síntesis, la globalización del ser humano universal con todos sus derechos y obligaciones, que referida a la educación se incrusta en el derecho de todos a la educación pertinente y de calidad, y desde ella al derecho al desarrollo equitativo del país.

La pugna interna desgastante de nuestra clase política, la acción intermitente de los conflictos sociales diversos y frecuentes, y las contradicciones generadas por la globalización en el mundo humano, repercuten seriamente en nuestro sistema educativo.

El propósito de una sociedad es el intercambio, es la solidaridad, es la cooperación, es el bienestar social compartido. Una sociedad movida por la competencia destructiva camina hacia su destrucción, o al menos hacia el lento avance de su desarrollo y del bienestar de la población.

Siempre que me introduzco en los terrenos visibles y ocultos de nuestra educación, me entristece comprobar que en la mayoría de los indicadores para valorarla, Nicaragua está próxima o está en el último lugar en Centroamérica. La verdad es que nuestra educación, con sus resultados, no alcanza el desarrollo al que tiene derecho en el país.

¿Será que en nuestro país los intereses políticos y económicos están sobre los intereses sociales, incluida la educación?
Sin embargo, la gran batalla en el mundo cambiante actual es la batalla por la educación, por el conocimiento, por el capital humano, por los valores éticos.

Esa batalla se libra día a día en nuestro sistema educativo en medio de contradicciones, y de esfuerzos significativos por parte del Gobierno y de la sociedad civil.

Se trata de una batalla que tenemos que ganar conjuntamente: gobierno, políticos, las organizaciones y los movimientos sociales.

Sabemos que parte importante de nuestra población no ha tenido oportunidad de educarse, es decir, no ha podido educarse. Ya estamos mal con un raquítico promedio de entre 3 y 7 grados de escolaridad nacional, según ubicación geográfica y sector.

Pero, a quienes han tenido la oportunidad de educarse, ¿los hemos educado mal? De hecho, a juzgar por algunos resultados, nuestra educación no alcanza, repito, con la fuerza y eficiencia requeridas en el desarrollo económico, social, político y cultural, el nivel al que tiene derecho el país. Todo país tiene derecho a su desarrollo, y por tanto, a su educación pertinente y de calidad. La batalla por la educación es un imperativo ético de nuestro país.

*IDEUCA