Jorge Eduardo Arellano
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Recuerdo lo que me contaron un día de una mujer en el terremoto del 72. No sé si la historia es cierta, pero la imagen de aquella mujer no ha dejado de aparecerse en mi memoria como si yo mismo la hubiera visto. Vivía sola en un barrio de la vieja Managua. Era joven y se había venido a la capital, según la gente, huyendo de un matrimonio mal habido y de otras amenazas. Cuando vino aquella noche, la del calor, y luego la de los primeros temblores, ella apenas se inmutó.

Los vecinos gritaban y corrían despavoridos. Algunos incluso se acercaron donde ella porque no la oyeron ni siquiera pedir auxilio, y tal vez pensaron que necesitaba ayuda. Los muros de su casa, amplia y bien construida, se habían resquebrajado, pero era de las pocas que permanecía en pie, aunque a su alrededor, todo amenazaba caerse. Ella sin embargo, se sentó a la entrada con la mirada perdida como si esperase a alguien. Por mucho que le rogaban que saliese de allí, que aquel no era lugar seguro, la mujer, sólo les contestaba sin alterar demasiado la voz: “Yo no me quito la vida. Sálvense ustedes”.

Nadie sabía lo que quería decir exactamente, así que la dieron por caso perdido. Durante la madrugada, mientras se removían los escombros, se buscaban los desparecidos, y se auxiliaba a quienes habían quedado atrapados; ella rechazó todo tipo de invitación a salir de allí con otros grupos de gente que ya no volverían. La respuesta siempre fue la misma.

Pero al cabo de unas horas, vieron a un vehículo llegar sorteando los escombros y parquearse frente a la entrada donde esperaba la mujer. Ella se levantó con parsimonia. Dicen que era alta, no tan joven, pero preciosa, y que llegó hasta el vehículo, y todavía tuvo tiempo de regresar a la casa porque se le habían olvidado sus zapatos. El hombre que manejaba le gritaba desde el interior que estaba loca: entrar allí, en una casa que parecía una cajilla de fósforos a punto de desbaratarse en cualquier momento. La respuesta fue la misma: “No me quito la vida”. Luego salieron. En la esquina, alguien les advirtió del llanto. Tras uno de los muros de otra casa había quedado el murmullo de un llanto. Entonces fue cuando la mujer alteró sus movimientos, lo que antes era lentitud se volvió de repente acelere. Se bajaron, retiraron piedras y metal, y… allí estaba: un niño de pocos meses. La mujer, con una agilidad pasmosa, tomó a la criatura en sus brazos y se la llevó con ella hacia el interior del vehículo. Ahí se fue la que no se quitaba la vida, hasta que el llanto de un niño le despertó a la realidad, según cuentan los que a su vez les habían contado.

Es una historia extraña. Nunca supe quién era aquella mujer ni el niño, pero de algún modo, en esa parsimonia tan nicaragüense a veces frente a las tragedias, lo que es cierto es que el ritmo en la respuesta a la catástrofe no se mide igual según en donde estemos.

Frente a una descomposición generalizada: transporte, precio de alimentos, vivienda, desempleo, energía, y para colmo, vinculaciones con conflictos ajenos; resulta que la imagen del gobierno es de un cierto alejamiento y a veces impotencia. Se tarda en resolver los conflictos, porque al fin y al cabo parece que ahí nadie se quita la vida si pasa el tiempo sin resolverse.

Las imágenes de algunos hospitales y escuelas que son gratuitos, pero que no se tienen en pie, nunca ha representado una emergencia ni para este gobierno ni para los anteriores. La incertidumbre sobre la educación y la salud no ha dejado de crecer, y el hecho de que realmente haya crecido en el último periodo coincide con el mandato de este gobierno. Cuando se le pregunta a la gente, y no a través de los dudosos CPC, las respuestas son de incertidumbre, desconfianza y descreimiento.

Y si nos vamos al mercado, quiero decir a lo hondo del mercado, donde el frijol se cotizaba el fin de semana pasado entre 11 y 12 córdobas la libra, y ahora a 14 y 15 en algunos lugares; donde la libra de queso subió de 30 córdobas a 34; y si nos vamos a los datos que arroja la FAO sobre Nicaragua: “que el 27% de la población, 1.5 millones de personas en Nicaragua sufre de subnutrición, o sea, que la ingesta de alimentos es insuficiente para satisfacer las necesidades de energía alimentaria de manera continua”; pues es de esperar que el gobierno no deje de estar respondiendo que “no se quita la vida” ante el drama humano que esto representa en el campo y en los barrios de Managua, y otras ciudades con luz y sin luz.

Según los expertos, Nicaragua, siendo uno de los 25 países en el mundo que sufren inseguridad alimentaria y nutricional, tiene más del 50 por ciento de su tierra cultivable subutilizada, además de otros recursos naturales que son el potencial de una gran esperanza, aunque también amenazada.

Quienes se quitan la vida son los que no pueden esperar que la luz regrese, porque los perecederos que venden se echan a perder; quienes se pegan al poste de luz como último recurso; quienes se quitan la vida. Son los mismos estudiantes que no pueden ir a clase, ni siquiera a trabajar porque los buses no viajan; los que ya no volverán a trabajar en una zona franca por la miseria que pagan; los que fueron corridos por no llegar donde debían; los que tienen un vehículo que no amortiza el dinero que cuesta reparar los golpes que las calles heridas de Managua les dedican. A éste como a cualquier gobierno, se le pide una respuesta de emergencia, realista, pero rápida; y no parece quitarse la vida en el intento.

Hemos visto el miedo y la desesperación en los tranques de las carreteras por donde circula nuestro pan. Hemos visto el miedo en los ojos y en los niños de nuestro campo, más vulnerables que antes, pasando bajo carteles con grandes fotos que agigantan la sensación de ese aire de demagogia y cínica puesta en escena que hay en todo; las fotos de un hombre que levanta el puño y dice arriba los pobres del mundo, una frase que no se sabe lo que intenta ni hacia dónde va, pero que ahora parece una broma cruel, fotos hirientes; ésta y las del pacto, fotos
hirientes del hombre que levanta el puño.

Los problemas no se sienten igual desde una tribuna con flores y aire acondicionado que desde abajo, al sol y al hambre, a la bolsa vacía. En la tarima es posible que nadie se quite la vida, pero donde no se puede esperar más una solución negociada, lentamente negociada en códigos políticos; allí sí se les está quitando la vida. Los problemas tendrán toda la causa estructural que quieran, pero el dolor de ello se siente en esta tierra, y algunos de esos dolores, que son llanto también, y llanto de niño, deben ser paliados con urgencia. Y eso es ya.


franciscosancho@hotmail.com