Jorge Eduardo Arellano
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Entre los intelectuales españoles realizados en Nicaragua durante el siglo XX, dos se destacaron por su carácter excepcional: el jesuita Ángel Martínez Baigorri (1899-1871) y la hermana Mercedes Mauleón Isla (1920-2005). Uno, navarro; la otra, vasca. Ambos estuvieron vinculados a la Universidad Centroamericana. Allí les conocimos. La presencia de Ángel no puede eludirse del panorama general de nuestra poesía contemporánea; la de Mercedes, de nuestro quehacer historiográfico.

Pero ella era misionera Mercedaria de Bérriz, y su principal entrega tenía de destinatario al Gran Capitán (como llamaba a Jesucristo), a través de su apostolado universitario. En los años 80, abandonando la UCA, prefirió a la UNAN, donde fue profesora e investigadora entre 1970 y junio de 2005, año de su nacimiento en Bilbao, su ciudad natal. El motivo de ese último viaje era solicitar a su colega David Reher el prólogo a su investigación única y singular.

Me refiero a La población de Nicaragua: 1748-1867: un aporte pionero en la disciplina de la demografía histórica a nivel latinoamericano. Similar carácter había tenido en España su tesis doctoral en la Universidad de Valladolid, publicada en 1961 bajo el título de La población de Bilbao en el siglo XVIII. El libro fue un verdadero hito, siendo el primero que abordó la demografía histórica en un contexto urbano. Se sustentaba en una recopilación sistemática de la información contenida en los censos, padrones, registros parroquiales de Bilbao, y contenía estimaciones de la evolución de su población, de las fluctuaciones en los indicadores vitales (fecundidad, nupcialidad y mortalidad), y de su composición económica y social.

La misma metodología y fuentes aplicó Mercedes --con la ayuda de sus alumnas-- en su póstumo libro sobre Nicaragua, recientemente editado por la Colección Cultural de Centroamérica, bajo el cuidado discipular de Ligia Madrigal Mendieta. Escribe Ligia en su Nota Explicativa: “Por circunstancias de la vida y compartir la profesión de historiadora, fui testigo de todo su empeño en la realización y finalización de su obra; y aunque el destino no le permitió culminar ese esfuerzo, lo he completado ahora con mucha satisfacción y como un reconocimiento a su memoria”.

El ámbito cronológico investigado comprende desde 1748, cuando la Nicaragua del Pacífico era una provincia bajo el dominio de la “pax hispánica”; hasta 1867, año del primer censo completo de la República y de la toma de posesión del presidente Fernando Guzmán, iniciador del período de relativa consolidación del Estado en la segunda mitad del siglo XIX, y sólo doce años antes de la aparición del Registro Civil. Padrones, documentos fiscales, visitas de funcionarios civiles y religiosos (obispos), relaciones de autores y viajeros, pero especialmente registros parroquiales, fueron sus fuentes. Con las técnicas de análisis demográfico, Mercedes pudo establecer las variables de etnia, edad, sexo, estado civil, familias, hogares, población activa, entre otras, otorgando a Nicaragua su lugar en los estudios demográficos de Latinoamé-
rica.

Así, nuestra época colonial ya no va a estar ausente en la bibliografía comentada de W. George Novel y Christopher Lutz: Demografía e Imperio, en la cual se valora la monumental tesis doctoral Estructuras sociales de Nicaragua en el siglo XVIII del doctor y colega Germán Romero Vargas --nuestro mejor historiador--, y las de los extranjeros: Don Stanislawsky, Murdo Mc Leod y Linda Newson. Mercedes no podía dar menos, aunque un afán perfeccionista --y, sin duda, sus circunstancias personales y las accidentadas de nuestra vida política-- le impidieron editar su obra en vida. Ahora, gracias a Ligia Madrigal Mendieta, al apoyo de la Academia de Geografía e Historia de Nicaragua --que financió la última etapa de su diseño--- y a la Fundación Uno --presidida por el doctor Ernesto Fernández Holmann-- ya es una realidad.


Yo siempre admiré los afanes de Mercedes Mauleón, su persona y personalidad; desde que la comencé a tratar en 1968 --recién llegada a Nicaragua-, advirtiendo en ella su temple espiritual y reciedumbre humana. Fuimos amigos y colegas, tanto en la UCA como en la UNAN, pero sobre todo en la AGHN a lo largo de sus últimos cinco años de vida. Una vida --vale subrayarlo-- que no “renació” --como la de Ángel-- en Nicaragua, sino que se volcó a este país en el ámbito docente y en el pastoral, más que nada. Pero nunca fue ajena a otros aspectos sociales de nuestra realidad; sabía estar en el mundo y no pocas veces me comunicó la intensidad de su vivencia cristiana y su alegría interior. Más de una vez me aconsejó.

Fuertemente sincera --o sinceramente fuerte-- en materia de opiniones políticas, su carácter nada fácil se confrontó con el mío, tampoco fácil. Los compañeros de la directiva de nuestra Academia lo recuerdan. Pero, después de todo, supimos convivir e integramos una cohesionada unidad corporativa. Ella fue electa miembra de número el 17 de agosto de 1999, y poco después tuve el honor de presentarla en su ceremonia de ingreso. En esa ocasión fui escueto. En esta oportunidad, no lo soy tanto, gracias a la edición de su trabajo emprendido a lo largo de toda su existencia, animada a veces por estímulos periódicos, como el Curso Latinoamericano de Demografía Histórica, desarrollado en Córdoba, Argentina, julio de 1993. Un trabajo destinado básicamente a estudiosos de la historia y ciencias sociales. “La ciencia histórica en Nicaragua –planteaba-- no puede estar al margen de esta dimensión --la demografía--, que puede y debe renovar muchos aspectos de la historia tradicional”. Y tenía mucha razón.

En fin, Mercedes Mauleón no pasó inadvertida en esta tierra, a la que amó hasta el punto de recomendar que sus cenizas se dispersaran en la Reserva Natural del Mombacho. Yo estuve presente en esa otra ceremonia, junio de 2006, y reconocí siempre su admirable energía, reflejada en dos hechos: uno anecdótico --subía con mayor agilidad y rapidez que yo, a sus 84 años, las gradas piramidales del Palacio Nacional de la Cultura--; y otro serio, relacionado directamente con su interés vocacional; me refiero a la creación del Archivo Arquidiocesano (departamento de Managua, Masaya y Carazo) en el Seminario “La Purísima”, inaugurado el 9 de marzo de 2005. Ella se empeñó, casi obsesivamente, por esta fundación. Hasta cierto punto, ese fondo inapreciable es un legado suyo, al igual que su colaboración entusiasta en el proyecto del Censo-Guía de los Archivos de Nicaragua (históricos y administrativos). Precisamente, dicho proyecto va en su séptima fase, dirigido por Ligia Madrigal Mendieta, en virtud de un convenio entre la AGHN y la Dirección General del Libro, Archivos y Bibliotecas de España.



*Secretario de la Academia de Geografía e Historia de Nicaragua.