Jorge Eduardo Arellano
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El mundo entero se escandalizó hace poco con la noticia del llamado “Monstruo de Austria”, el hombre que violó y mantuvo secuestrada a su hija durante casi tres décadas, incesto del cual surgieron siete embarazos, un hijo muerto al nacer y una pesadilla permanente para las víctimas de esta barbaridad. Pero en Nicaragua también abundan esta clase de monstruos, bien protegidos por los secretos de familia, que si se develaran, espantarían con la cantidad de ciudadanos y ciudadanas que resultarían ser hijos de sus abuelos y sus madres, embarazadas a temprana edad.

A diario los medios de comunicación reportan casos de niñas violadas y/o embarazadas por sus padres o padrastros, en lo que evidentemente se ha convertido en una tragedia tan rutinaria como menospreciada en una sociedad que contempla estos hechos a distancia, o que suele actuar en forma cómplice, restándoles gravedad.

Evidentemente, el incesto y las violaciones no sólo se dan en Nicaragua sino en el mundo entero: en Estados Unidos cada minuto es violada una mujer; en Colombia las investigaciones evidencian que el 80 por ciento de los agresores sexuales contra menores son el padre o el padrastro; mientras que en Venezuela la situación es bastante similar.

Algunas personas sostienen que el incesto ha existido siempre, pero que al existir nuevas leyes y mecanismos para la denuncia, ahora estos delitos son más conocidos y penalizados. Sin embargo, aunque las leyes tienden a modernizarse, sólo un mínimo porcentaje de estos casos en realidad se denuncian, en relación a la abrumadora cantidad que se puede detectar en el trato cotidiano, en las consultas psicológicas o en el trabajo comunitario, lo que nos lleva a valorar el problema como una verdadera epidemia de agresión sexual.

Es evidente que el ejercicio de la violencia ya no constituye una excepción en las relaciones familiares, sino la regla, en un modelo de familia patriarcal fuertemente autoritario, en el cual la voluntad del poderoso se impone a través de la amenaza y la agresión violenta, lo que termina por ser asumido como una situación normal.

En el contexto de este modelo de familia tan extendido, el abuso sexual tampoco es una excepción, mucho menos cuando las creencias sobre la masculinidad y la paternidad ubican a la niña como un objeto perteneciente al padre, con un valor agregado llamado “virginidad”, que se considera un privilegio que muchos hombres se sienten con derecho a utilizar, antes de que otro lo haga suyo. Se trata de una mentalidad tan extendida, que el temor al contacto libidinoso del padre o el padrastro, suele ser un fantasma persistente en la vida de muchas adolescentes, precisamente porque se sabe con qué frecuencia el incesto es aceptado con resignación en el ámbito familiar.

De manera que el abuso sexual no sólo expresa el abuso de poder, sino en especial la relación de propiedad entre hombres y mujeres, adultos y niños. El considerar el cuerpo de las mujeres, de las niñas y los niños como objetos para el uso y satisfacción de los hombres de la familia, no como sujetos con derechos propios, es una creencia que impide a muchos hombres distinguir entre los afectos paternos y el contacto sexual. Es muy extendida la mentalidad de que el “instinto sexual” de los hombres es irreprimible, y de que son los cuerpos de las mujeres por su sexualidad satanizada, los culpables de estos impulsos.

Por otra parte, el mismo hecho de que a los hombres se los prive desde la infancia de una educación emocional, de que no se los prepare para una paternidad sana, sino por el contrario, de que se afirme en ellos desde la niñez concepciones machistas en relación a la mujer y la sexualidad, dificulta también el surgimiento del respeto amoroso hacia sus hijas, y la expresión afectiva sana.

Hace algunos días se divulgó en los periódicos la noticia de un hombre que asesinó a garrotazos a su pareja, para luego violentar sexualmente su cadáver. Los comentarios incluían una opinión sobre los terribles efectos del alcohol, como si hubiese sido la droga y no todo el conjunto de la cultura machista expresada en esa patología individual, lo que propiciara realmente semejante atrocidad.

Debemos tener claro que los monstruos de Nicaragua, Viena o del mundo entero, van a seguir proliferando, si no enfrentamos la raíz del problema y tomamos drásticas medidas para educar en todas las formas y a través de todos los medios posibles una nueva masculinidad. Mejor lo comprendemos de una vez por todas: ninguna niña o niño va a poder defenderse de esta clase de agresiones en una sociedad que sigue educando a los hombres como seres insensibles, empujándolos a una sexualidad violenta, encubriendo o resignándose a estos hechos, o cambiando de tema en vez de actuar.


*Directora del Centro de Prevención de la Violencia