Jorge Eduardo Arellano
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Los menos jóvenes recordarán los tiempos en que la misa se decía en latín. Repetíamos palabras como loros sin saber de qué se trataba. Todo hasta que un buen día el Concilio Vaticano decidió hablarla en lengua entendible. Cuando eso ocurrió nos asombramos de muchos vocablos. El per secula secolurum que se prestó a tantos chistes con la parte trasera del cuerpo, se cambió por los siglos de los siglos; y así por el estilo. Ahora el Santo Padre quiere regresar a lo corregido. Es cosa de él, ya no nos importa.

Pero lo que quiero decir es que es necesario hablarle al pueblo en su idioma. Informar no con el lenguaje especializado de los técnicos, sino en palabras que todos entendamos.

El gobierno no ha podido definir con claridad su política económica. Cometen errores y dan palos de ciego. Vacilan entre una política de demanda y una política de oferta. Existe una indecisión marcada en el rumbo del país.

El presidente admitió la imposibilidad de cumplir sus promesas, reconociendo que los fondos del ALBA están sobregirados, y que no puede aliviar el desempleo ni tiene recursos para aumentar los salarios. La línea económica gira cada vez más hacia la derecha. Los apoyos se reducen. La maquila se marcha. Los conflictos se suceden y las crisis apenas medio se resuelven. Huyen hasta los más empedernidos simpatizantes del presidente.

El gobierno llamado de izquierda debería sentirse orgulloso de haber resistido al neoliberalismo, y haber desarrollado en un año de gobierno una política social fundada en los derechos sociales, antípoda de la política social neoliberal predominante en gobiernos anteriores, que se expresaba en la focalización de los programas sociales sólo en puro discurso. Nos gustaría que habláramos no en latín, para asegurarnos que a la palabra corresponde una instrumentación adecuada; que están haciendo bien todo lo que deben hacer para que la orientación general se convierta en realidad palpable; para hacer que prevalezca la ciudadanía social.

Espero no molestar a los dignos representantes del gobierno, si les pido llevar a cabo una evaluación de las políticas públicas y medir el avance en el abatimiento de la pobreza; alzar la mirada, evaluar no sólo los programas sino también la política, medir no sólo la pobreza sino también la desigualdad, el grado de desarrollo socioeconómico de los territorios y el avance en el cumplimiento de los derechos sociales; además, elaborar un informe anual sobre el estado de la cuestión social y someter a amplios debates nacionales las orientaciones de la política social.

Las recomendaciones que emitan, deberían tener carácter vinculante, imponiendo a todos los involucrados una grave responsabilidad. La dependencia a quien hagan recomendaciones, debería aceptarlas y aplicarlas. Las políticas y programas públicos deberían evaluarse siempre desde la perspectiva de lo social y ambiental. Desde la perspectiva pública no podemos valorar política y programas solamente por los objetivos que hayan enunciado. Del dicho al hecho, papaíto.

La sociedad civil se convertiría en un foro de discusión a fondo de la política social. La evaluación debería hacerse en términos de resultados últimos. Si todo se realizara en vulgar español, el país, los sectores populares y los intelectuales jodedores saldrían ganando.