Jorge Eduardo Arellano
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Esta mañana me llamó Miguel, mi hermano, para avisarme que te habías marchado; y me quedé un rato pensando en vos, con la certeza de que te fuiste porque así lo decidiste, porque resolviste desmontar, quitarle la albarda a la mula y echarte a descansar; porque consideraste que ya era suficiente, después de tanto mundo recorrido, después de tantas experiencias acumuladas, después de tanta vida vivida, y muy bien vivida.

Y toda la mañana te he andado en mi memoria, o a lo mejor es que te me instalaste allí para que piense en vos y platiquemos como tantas veces lo hicimos. Y me puse a recordar vivencias, como la vez que te conocí, lejos de Diriamba, en San Juan del Río Coco, en lo profundo de la manigua segoviana. Eran tiempos de Revolución y aún no terminaba 1979. Casi amaneciendo, Cheyenne y yo llegamos a tu casa, todavía con el susto en el cuerpo, pues horas antes, en medio de la noche y de la montaña, nos habían escapado de matar cerca de Estelí, en uno de esos recovecos donde la muerte, como animal rabioso, se agazapaba a esperar para clavar sus colmillos y desgarrar vidas.

Después de eso, te visité en muchísimas ocasiones, y vos, amigazo de mi papa desde chavalos, me brindaste tu hermosa amistad. “Cada vez que vengás aquí --me dijiste--, venite para acá, para que hablemos, además, el día que te maten en estos montes, yo voy a ir a tu vela y le voy a contar a Miguel y a tu mama que allá te quedabas en mi casa”; y yo sólo te quedaba viendo y vos soltabas la carcajada.

Ser sin dobleces era una de tus grandes virtudes, además de honesto, honrado, amable, respetuoso y educado; eso sí, fachento en el porte y aspecto, en el andar y en el montar.

Cuando, en 1983, acampé varios meses en San Juan, te miraba tempranito en la mañana pasar bien vestido, con tu sombrero blanco de ala ancha, de botas con espuelas, montando tu mula colorada, en dirección a los cafetales, para calcular de cuántos quintales sería la cosecha de café de esa temporada. Para espuelearte, te decía: “Te voy a mandar a dejar en el yip, no vaya a ser que te caigás de esa mula”, y riéndote, decías que aún no nacía la bestia que se daría ese gusto; y ratificando tus palabras, le dabas el arrendón al animal, y al trotecito buscabas la salida del pueblo, elegante, orondo, como el excelente jinete que eras, viejo Guachán Solís.

A veces, en esas pláticas interminables, me contabas unas largas y otras cortas, donde por supuesto el protagonista eras vos y, al igual que Juan Charrasqueado, salías bien librado de todos los trances en los que te metías. Yo te preguntaba si lo que me contabas era verídico o sólo eran inventos de tu ágil, fresca y fluida imaginación. Entonces te ponías serio y demandabas: “¿Creés que soy mentiroso?”. Yo te miraba un ratito y, riéndome, te decía que sí, entonces los dos nos tirábamos las carcajadas.

De lo que nadie dudará nunca es de tu valentía. Como la vez aquella, que ya la conté en mi libro “Los de Diriamba”, que la Contra trató de tomarse el pueblo y que la balacera se armó en las calles. Vos estabas en el sector del Cementerio, combatiendo, sin pedir ni dar tregua, a la par de otros combatientes, fundiendo el AK; hasta que uno de los muchachos fue herido, y te saliste de la trinchera y fuiste a buscarlo, y cargándolo lo llevaste al puesto médico donde le salvaron la vida. Fuiste un viejo runguero, Guachán, y más de una vez me dijiste que tus hijos eran hijos de tigre, y me contabas las peripecias que hiciste para salvar de la muerte a Chaguito y al Mojigato, los dos sobrevivientes de la guerrilla de Nueva Guinea. Hay tantas cosas de qué hablar con vos, pero hoy decidiste marcharte. Andate pues, hermano, y que Dios te bendiga.