Jorge Eduardo Arellano
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Pareciera que un modelo de Iglesia de los últimos años (30-50) ha llegado a su fin, y tenemos que reinventar otra o volver a la raíz bíblica para entender el rol de la Iglesia en estos momentos difíciles del mundo, como lo propusieron y lo hicieron los reformados radicales en el siglo XV-XVII.

Preocuparnos por una nueva Iglesia es una inquietud profunda del Espíritu. La vida de la Iglesia cristiana (católica, evangélica, ortodoxa) actual, da síntomas de cansancio, de aburrimiento, de repetición de las mismas cosas, con graves enredos y confusiones políticas partidarias, inventando ministerios que tienen como fin desarrollar un poder jerárquico al que los humildes hermanos y hermanas deben someterse. Es una réplica de una iglesia medieval moderna, neo esclavizadora que no deja espacios para la libertad, a la cual nos ha llamado Cristo.

Nosotros optamos por una Iglesia abierta, inclusiva, seguidora fiel de Jesús el Cristo, profética, que vive el jubileo cotidianamente y construye con los y las pobres esperanzas; que acompaña en las tristezas y angustias de las personas de nuestro tiempo; una Iglesia comprometida en la “defensa de los derechos humanos de la mujeres y niñas violentadas, que defiende la vida, la justicia social y la fraternidad humana”; una Iglesia que busque siempre caminos de diálogo, de encuentro, de acogida de la pluralidad y diversidad; una Iglesia que actúa para la transformación de la humanidad y no se complace en la corrupción, ni en la comodidad de los palacios y la comida de los reyes.

La Iglesia alternativa debe de ponerse al frente de las nuevas realidades. No podemos seguir observando los acontecimientos, provocando más divisiones, mercantilizando la fe y poniendo parches nuevos en vestidos viejos; una Iglesia que no debe aceptar que la economía del país se destruya y que los pequeños productores, artesanos mujeres y jóvenes, sean los más perjudicados por los enfrentamientos egoístas de quienes no representan al pueblo, y hablan y actúan en nombre del pueblo.

La Iglesia cristiana nicaragüense debe ser signo de esperanza. No podemos seguir desarrollando los modelos teológicos y pastorales de acomodamiento, de pronunciamientos huecos y repetitivos que justifican a los poderosos que dictan leyes que ni ellos mismo pueden cumplir. No podemos estar haciéndole el juego a los destructores de la vida humana y del medio ambiente.

Nicaragua necesita un nuevo orden, una reorganización de la vida, donde la Iglesia cristiana debe de jugar un papel determinante.

Si en nuestro país la mayoría somos cristianos (católicos y evangélicos) y un porcentaje menor de otras religiones, y si somos ciudadanos y ciudadanas y amamos a este país, es tiempo de actuar de manera coherente con nuestros principios para la salvación de Nicaragua.

Formemos una Iglesia alternativa abierta, dialogante, encarnada en la vida de los que sufren más.

“Juntemos todos los vigores dispersos”, tenemos que recuperar la esperanza para reconstruir la vida digna en nuestro país.


*Pastor. Iglesia Menonita.

Director Ejecutivo Cieets