Jorge Eduardo Arellano
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Junto a las cuantiosas pérdidas materiales, las agobiantes molestias a los transeúntes, la aflicción que encapotó la atmósfera nacional y una inconveniente proyección internacional del país, otro elemento importante se manifestó en la recién finalizada huelga nacional de transportistas: por primera vez la cúpula gobernante del FSLN experimentó en carne propia una rebelión de un movimiento social, lo cual es un síntoma contundente de que la sociedad está sana, y que no se doblega ante las graves y preocupantes expresiones autoritarias de la actual administración de gobierno.

En general, no simpatizo con los transportistas por el pésimo servicio que dan a la ciudadanía, y porque se chupan buena parte del presupuesto de sobrevivencia de los más pobres. También por sus constantes tropelías: choques con muertos y heridos, maltrato físico y verbal a los usuarios, y desvergonzado irrespeto de las señales viales. Pero hicieron lo que ninguna otra fuerza social había hecho antes, lo cual debe ser una lección para los líderes del partido de gobierno, y para todos.

En medio de su comportamiento pragmático, politiquero y oportunista, el FSLN dio una formidable contribución a la sociedad en los pasados dieciséis años, pues su condición opositora --aunque permitió muchos desafueros a cambio del plato de lentejas del día--, impidió el despliegue del extremismo derechista que como una peligrosa amenaza totalitaria, empezó a manifestarse inmediatamente después de la derrota electoral de la revolución en 1990.

Y justamente en las actuales circunstancias en que el FSLN ha dado múltiples e inequívocas señales autoritarias en medio de la más completa desolación opositora, surgen los transportistas como fuerza organizada, montándole al gobierno una huelga de carácter nacional que le hizo ver a su jefatura que la sociedad no está de rodillas, que no puede hacer lo que quiera, que debe contar con los demás, que es necesario conciliar voluntades para poder seguir adelante.

Una de las diferencias de esta huelga con las anteriores de las últimas dos décadas, es que no estaba subordinada a intereses partidarios. La oposición partidaria no existe. Sólo los movimientos sociales organizados y beligerantes podrán detener en las calles los nefastos planes autoritarios de la pareja presidencial y su círculo de poder. Varias de las anteriores protestas de los transportistas fueron instrumentalizadas por la cúpula del FSLN, pero ahora no hubo detrás ningún partido manipulando según su conveniencia.

Y para rotunda lección de los dirigentes del gobierno, la mayoría de los transportistas en paro eran de filiación sandinista. El ochenta por ciento somos sandinistas, dijo un líder de los taxistas al entrevistador de televisión, Erving Vega. La subordinación partidaria también tiene sus límites. Los esquemas de disciplina y lealtad extremos de la década de los ochenta, sólo fueron posibles por el hecho inédito y mágico de la revolución, y el entusiasmo y la mística excepcionales e irrepetibles de esa circunstancia histórica única.

Aunque la protesta de los transportistas no tuvo la espectacularidad de las anteriores, debido a que los buses y taxis de Managua (el centro político-administrativo del país) no fueron paralizados, esta huelga tuvo un alcance mayor sin precedentes; fue nacional, incluyó la Costa Caribe y a un nuevo protagonista: el transporte de carga. ¿Qué tanto pesó en la voluntad de tres de las más fuertes cooperativas de Managua, la amenaza de que les cobraran los varios millones de dólares que deben desde inicios de los años noventa, cuando los buses de la empresa nacional fueron privatizados a favor de ellos? Y a propósito, ¿cuándo van a pagar?
En realidad, el mérito de ser los primeros en manifestar su protesta antigubernamental les corresponde a los maestros, pero el movimiento tuvo un alcance limitado y no logró la repercusión nacional e internacional de los buseros, taxistas y “cabezaleros”. Pero los próximos podrían ser ellos, y los siempre beligerantes estudiantes, ahora extrañamente replegados y silenciados. ¿Quién no recuerda esa combinación letal usada por el FSLN, de exaltados transportistas y airados estudiantes contra el gobierno de turno?
La pareja presidencial y su reducido grupo que concentra el poder gubernamental, debería reflexionar y dar un paso atrás, renunciar a sus esquemas totalitarios. Debería darse cuenta que su proyecto autócrata cada vez será más rechazado, concitará más protestas, e incluso sus iniciativas sociales no funcionarán si son a cambio de la libertad. El esquema válido para salir de la pobreza debe tener una combinación de justicia social y libertad. Y esto pasa por el pluralismo, la libertad de expresión y una sólida institucionalidad.

(*) Editor de la Revista Medios y Mensajes
gocd56@hotmail.com