Jorge Eduardo Arellano
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Si existe una verdad ineludible en la vida política de nuestro país, es que hay una contradicción insalvable entre lo que dice una y otra parte de la oposición al gobierno del FSLN: La derecha (oligárquica y mengala) lo acusa de ser ortodoxo incorregible, enemigo de la libre empresa y de la libertad de expresión, radical e incendiario por su prédica del socialismo; por promover la democracia directa a través del Poder Ciudadano, y la democratización económica a través de la ampliación del crédito, el Bono Productivo y el Programa Usura Cero; por su discurso antiimperialista; por no arrodillarse ante el FMI; por la osadía “irresponsable” de altos funcionarios que reclaman el no pago de los Cenis a los banqueros beneficiarios de este atraco al país, orquestado por altos funcionarios y socios de los bancos beneficiados --entre ellos Eduardo Montealegre y Noel Ramírez (uno antipacto y el otro pactista, qué interesante)--; por intervenir la refinería de la ESSO y la empresa geotérmica ubicada en las inmediaciones del Momotombo; por medir las costillas al Banpro y a Barceló Montelimar; obligar a Unión Fenosa a aceptar la participación estatal en la distribución de energía eléctrica y reclamar el pago de impuestos a las empresas mediáticas; por ser promotor del terrorismo internacional; por ser aliado de Hugo Chávez, Manuel Marulanda, Fidel Castro, Muammar Gadhaffi y Mahmud Anahdinejahd.

En cambio, la llamada “izquierda light” --así proclamada en una comparecencia televisiva reciente por Edmundo Jarquín, su flamante líder y funcionario del BID, tan promotor del neoliberalismo como el FMI y el Banco Mundial-- (repentinamente abanderada --por qué hasta ahora-- de la lealtad a los principios revolucionarios y súbitamente convertida --quién lo diría-- en guardiana de la pureza ideológica), acusa al FSLN de traicionar los principios a los cuales en su momento esa izquierda oportunista renunció, cuando parecía que la izquierda y el socialismo no levantarían cabeza jamás; cuando ese grupo que se convirtió después en el MRS abandonó (como roedores a punto de ahogarse pero creyendo que iban a salvarse) ese barco del que ellos mismos eran capitanes y parecía hundirse para siempre, pero cuyo timón quisieran ahora recuperar, cuando la rueda de la historia está dando otra de sus vueltas.

Dicen algunos voceros de esa izquierda que ellos son revolucionarios; otros --mayoritarios dentro de ese grupo de autoproclamados “sandinistas” opositores, incluyendo a su ya mencionada figura principal-- dicen que ellos son reformistas progresistas al estilo de Michelle Bachelett, Lula Da Silva y Tabaré Vázquez. Pero todos a coro acusan al FSLN de no ser consecuente con lo que proclama, por tener buenas relaciones y lograr establecer un buen marco de entendimiento con el Cosep, estar pagando los Cenis a los banqueros, negociar con el FMI, llegar a acuerdos con la Cuenta Reto del Milenio promovida por Estados Unidos y respaldar en la Asamblea Nacional la Ley Antifraude Energético. Pues bien, si son de la izquierda vegetariana, como también se le conoce y tal como se autoconsidera la mayoría de ellos, entonces tendrían que aplaudir lo que deberían asumir como avances, como señales de que el FSLN ha “evolucionado”, tal como siempre lo pidieron. Pero si se consideran de la izquierda radical, dura y carnívora --como se conoce a la izquierda consecuentemente revolucionaria--, deberían pensarla dos veces antes de unir sus votos a los de la derecha en su conjunto cuando ésta pretende desde su mayoría en el Poder Legislativo, anular jurídicamente el Poder Ciudadano --expresión fundamental del nuevo proyecto socialista a nivel mundial--, controlar los fondos de la cooperación venezolana incorporándolos al Presupuesto, para impedir que sean destinados a la verdadera lucha contra la pobreza, que incluye la autogestión económica popular mediante la ampliación del acceso al crédito por distintas vías --expresión económica del proyecto socialista promovido en la actualidad por la izquierda en el mundo entero--, y obligar a los ciudadanos de la Costa Caribe a ir a unas elecciones en un momento inapropiado por las secuelas de la tragedia que esta población acaba de atravesar, y en nombre de la cual, pretendió la derecha crear una situación de caos en la capital de la RAAN, azuzando a los damnificados del neoliberalismo --instaurado por ella misma-- para exigir que les entregaran a ellos las provisiones destinadas a los damnificados por el Huracán Félix --a quienes iban destinadas-- ubicados en las profundidades de las áreas rurales.

En otras palabras, la derecha oficial acusa al FSLN de ser revolucionario radical, mientras la autollamada izquierda opositora lo acusa de no ser consecuentemente revolucionario; además de otras acusaciones incoherentes con la primera y en las que coincide con la derecha, como la de amenazar y manosear la virginal institucionalidad democrático-burguesa, o ser enemigo de la empresa privada y la libertad de expresión, sacrosantas vacas sagradas del sistema político diseñado según los intereses del capitalismo.

Respecto a las dos acusaciones contradictorias, uno de los dos acusadores tendría que estar profundamente equivocado, o en otras palabras, uno de estos dos grupos opositores debería estar feliz con el desempeño del FSLN en el gobierno, porque si el partido en el gobierno --tal como afirma la derecha oficial-- es revolucionario radical, los que así se consideran dentro del “sandinismo” de oposición, deberían sentirse muy satisfechos y ya deberían haber regresado a las filas del FSLN. Si por el contrario --y tal como afirman los “sandinistas” de la oposición--, el FSLN no es revolucionario, pues la derecha debería estar aplaudiéndolo.

¿Por qué no ocurre entonces ninguna de estas dos cosas? Porque en la política de mercado que toda la oposición practica, lo que importa no es la verdad o quién tiene la razón, sino la imagen que se proyecta y quién al final logra que la opinión pública le dé la razón, aunque no la tenga. Dicho de otro modo, estamos ante una típica expresión de la politiquería criolla que tanto daño ha causado a nuestro país; pero ya a la gente no se le da atol con el dedo tan fácilmente, aunque no hay que descuidarse.