Jorge Eduardo Arellano
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El hombre entraba siempre animado a la Sección Opinión de Barricada, saludando como si se aprestara a comunicar que se había sacado el premio mayor de la Lotería. Al principio, pensé que su satisfacción con la vida nacía de su condición de burócrata de Telcor. Llegaba a entregar el artículo que escribía en esa página con regularidad; entablamos amistad, y supe de su nombre, Bayardo Altamirano López, ingeniero.

El trato amistoso y franco comportamiento de Bayardo, contrastaba con la arrogancia en boga entre muchos que ostentaban su recién pasada condición guerrillera. Ya no se diga el contraste que hacía en relación a los Comandantes, sus antiguos compañeros de armas --lo que yo desconocía--, y a quienes sólo se tenía el privilegio de mirarlos de cerca en “los días domingos y fiestas de la iglesia que guardar”.

De aquel Bayardo Altamirano, sólo conocía al colaborador de Barricada. Nos seguimos viendo aquí, en EL NUEVO DIARIO, cuando la intolerancia nos había sacado de las páginas de aquel diario, entonces ya en las manos del presunto único fundador sobreviviente del FSLN. En la oficina de El Nuevo Amanecer Cultural, se hacía un encuentro informal cada semana para intercambiar opiniones con el ingeniero Xavier Chamorro Cardenal, el poeta Luis Rocha Urtecho, Henry Ruiz Hernández, Bayardo Altamirano, el suscrito y otros que asistían ocasionalmente. Entonces, de Bayardo ya sabía un poco más: su actividad guerrillera en el Movimiento Revolucionario Sandino y el Frente Unido Nicaragüense, antes de la fundación del FSLN. Pero eso era aún conocer muy poco sobre lo que Bayardo había hecho durante años, porque nunca hablaba de sí mismo.

Lo comencé a conocer de verdad, cuando con la sonrisa de siempre --la que ahora se desplaza entre las arrugas del rostro que los viejos lucimos al pasar por la crítica de los años--, me regaló su libro recién publicado bajo el título: “Voy a dar un pormenor”; no sin antes haber bromeado preguntándome, en voz baja y con aire conspirativo, que por cuánto se lo compraba.

Pequeño libro, 95 páginas, sencillo en su presentación, tanto, que se nota la falta de un trabajo de edición riguroso, pero tiene un contenido histórico tan valioso como el que más de los libros testimoniales de los diferentes períodos de la lucha guerrillera y de la lucha insurreccional, hasta la victoria de 1979. En su libro, Bayardo Altamirano López, no nos da un pormenor, sino datos al por mayor sobre la lucha guerrillera de antes y durante el Frente Sandinista.

El libro de Bayardo no exhibe ninguna pretensión para ser lo que es: un gran testimonio. Pero tiene lo que muchos testimonios carecen: sentido del humor de quien no busca protagonismo extemporáneo, porque tampoco lo buscó cuando se podía --y muchos pudieron-- sacarle provecho personal.

Su testimonio tampoco tiene el pretencioso interés de buscar el origen de su lucha en el momento que la hipótesis científica sitúa el origen del universo, ni el interés de explotar el recurso sexual para impresionar a estudiantes europeos carentes de mejores motivaciones con qué distraer su comodidad, mucho menos el interés por sacar a lucir el mito de Adán y Eva, a falta de un poco de ciencia para ubicar el origen de su lucha entre “esta humanidad que ha dicho basta, y a echado andar”.

Al abrir el libro, comencé a conocer más de este otro Bayardo Altamirano, por el prólogo de Danilo Aguirre, quien, seguramente también asombrado como yo, descubrió al “extraordinario ser humano que jamás ha usado su relevante papel en las luchas por la liberación de Nicaragua, ni siquiera para que oficiosos historiadores del FSLN coloquen su nombre entre los grandes precursores del movimiento armado, que en andas del pueblo insurreccionado terminó con la dictadura militar somocista”. Después, leyendo al propio Bayardo, conocí de forma más cabal su contribución casi sin límite, y de tantas formas de acción,
como si ninguna se le hubiese quedado inédita.

Un largo camino recorrido. Arranca con las primeras tareas conspirativas, con el ejemplo patriótico recibido de su padre zapatero, Ramón Altamirano; la amistad con Carlos Fonseca en el Ramírez Goyena de 1955; sus tareas organizativas de la guerrilla en México; la superación de sus agotadores entrenamientos que sobrepasaban la capacidad de su magra estructura física de entonces; sus repetidas incursiones guerrilleras en la selva nicaragüense desde 1959; la experiencia recogida directamente de los “Viejos robles” del Ejército Defensor de la Soberanía Nacional de Sandino: los generales Juan Gregorio Colindres, Ramón Raudales y Simeón González; los coroneles Heriberto Reyes, Santos López, Asunción Pulido y Lázaro Salinas; y el capitán Santiago Dietrich.

En su relato sobre el encuentro y acompañamiento en la acción con héroes conocidos como Silvio Mayorga, menciona una infinidad de héroes por otros olvidados. Todo esto, junto a las anécdotas llenas de un humor difícil de imaginar fuera de las condiciones que se produjeron, como la del viejito coronel Salinas, quien al ver a los jóvenes dejarse crecer el cabello y la barba al estilo de los guerrilleros cubanos, les dijo… “¡Mejor déjense crecer los
güevos!”

Ahora conozco, además, al Bayardo Altamirano trabajador, alfabetizador y organizador en el central azucarero “César A. Sandino” en Cuba; al que por agradecimiento a la fraterna atención de una familia cubana, ayudaba a estudiar matemática al hijo (como se la enseñaba a sus compañeros en la selva); al miliciano defensor de la soberanía de Cuba cuando lo de Playa Jirón; al movilizado en las milicias cuando la crisis de octubre de 1962; y al profesor universitario en Honduras, en un paréntesis de su principal actividad, la revolución.

El testimonio de Bayardo es prolijo en detalles de la lucha del Frente Sandinista, al mismo tiempo que me parece parco en cuanto a la descripción de eventos y situaciones raras, como el ajusticiamiento de Narciso Cepeda, a manso de sus propios compañeros. Por eso también este libro merece ser reeditado y ampliado, a lo cual se comprometió hacer en los tomos “II y III de estas memorias” en las últimas líneas de su texto, con su humor característico: “Peromejoresperensentadosparaquenosecansen. Yalistenlosbollosaunquelosvoyadarbaratos”.

Vale la pena un esfuerzo más, Bayardo, pues su contribución ha de ser tan valiosa como los hechos de donde nació tu testimonio, y de los cuales fuiste un protagonista que nunca buscó el lugar merecido, y que injustamente te lo escondieron. Leyendo tu libro, los lectores comprenderán que es verdad lo que aquí, junto a mis felicitaciones, te estoy expresando.