Aurora Suárez
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Al nieto que amo, para que no le absorba el
sistema y la vida no pase,
por encima de él.

El sofoque que a diario nos imponemos, ya sea por sentirnos útiles, protagónicos, operativos, aparentemente felices, triunfantes o sobrevivientes de todo el destejido social, económico y político que nos rodea O bien, obviar la vida misma que “sentimos escaparse de nuestras manos” (¿o ella cansada de esperarnos, nos deja?), hicieron detenerme a observar a través de los cristales humedecidos por la lluvia en mi casa y reflexionar sobre la primera frase que una lee cuando comienza el libro sobre el Elogio de la Lentitud (Honoré, Carl. RBA, 2005): “Toda la infelicidad de los hombres proviene de una sola cosa: no saber estar inactivos dentro de una habitación” (Pascal).

Su autor Carl Honoré, historiador y periodista canadiense radicado en Londres y conocido como un “gurú antiprisa”, generó a partir de su publicación todo un movimiento social y cultural a nivel mundial: “slowdown”. Es el fundador y líder de esta corriente. Nos remite a la lentitud, que no significa pasividad o inactividad, más bien una cultura de recuperación del tiempo para las costumbres, disfrutes y valores tan importantes para el ser humano como son: la familia, el trabajo, la comida, la educación y el sexo. Para poder hacer más y mejor. Es la contraposición a la cultura “fast”; la esencia al estilo “Guerlain” de la cultura globalizante.

No sé por qué, él me remitió a un Pierre Sansot postmoderno, quien con su libro Del buen uso de la lentitud (Edit.Tusquets.1998), para muchos, extemporáneo por sus postulados filosóficos redentores de los primeros griegos (la búsqueda del equilibrio en un sabio cultivo de los placeres), nos toma de la mano para descubrir la felicidad, entre una de ellas el escribir: “Escribir: para que poco a poco se abra paso en nosotros la verdad”. Es uno de los placeres más grandes sí se sabe hacer, nos conduce a la felicidad y a desentrañarnos hasta perdernos en la nada y el todo a la vez. Pero su relación con Honoré la encierra esta frase: “El actuar, que supera las fronteras del trabajo, se presenta hoy como un valor superior, como si, por no actuar, un individuo se extenuara y desapareciera. Por eso los soñadores, los que contemplan o rezan, los que aman silenciosamente o se contentan con el placer de existir, molestan y son estigmatizados”.

Como una cadena que entreteje la memoria, esta visionar que gira alrededor de la “cotidaneidad reflexiva”, le llamaría yo, me evoca instintivamente al libro “El Filósofo y el Monje”, que recoge un diálogo profundo entre un padre, el filósofo Jean-François Revel (1924-2006) y su hijo, el monje Matthieu Ricard (ex doctor en biología molecular quien decidió cambiar su vida por el budismo); las riquezas de cada una de sus ideas y creencias y la contraposición con la ciencia, la tecnología, entre otras cosas. Antoine Lutz, doctor en ciencias cognitivas ha desarrollado prácticas – aclaro, no como que fueran ratones de laboratorio -, con varios monjes tibetanos y el resultado de sus estudios demuestran imágenes cerebrales de los lamas durante la meditación y las regiones del cerebro que estarían relacionadas con la felicidad y como éstas, aumentan su actividad mientras la practican. Y, a mayor cultivo y frecuencia de la meditación es mayor la actividad cerebral en esas zonas.

¿Por qué Revel y Ricard y Sansot? El “slowdown”: Es un cambio cultural enfocado a reducir la velocidad con que se desarrolla la vida actual. Sus principales propuestas son tomar conscientemente el control del tiempo en lugar de ser gobernados totalmente por éste y encontrar un balance entre la tecnología actual, que nos ahorra tiempo, y el tomarse tiempo para disfrutar de la vida y de la convivencia con otras personas.

Como toda corriente filosófica, cultural, sociológica u otra, no es más que la sumatoria del pasado y presente. La inclinación natural mesiánica humana de fabricar ideas, conceptos y paradigmas como “algo” nuevo. Ello, forma parte del actual entramado cultural, el escape imaginario a lo buscado y encontrado (pues, ya se tiene y no se quiere ver). Los orientales practican a su manera el “slowdown”, muchos occidentales sobrevivientes del naufragio humano, el campesinado por ejemplo, saben y viven del disfrute de la vida, en la mayoría de los casos, sin saberlo.

¿Quién no podría ser feliz caminando en las montañas del departamento de río San Juan, sentarse en un tronco, ver la inmensidad de lo que formamos parte, escuchar solo los sonidos de la vida y nuestro latir pese al cansancio por el trabajo? ¿Disfrutar de la comida, consumirla paso a paso identificando cada sabor? ¿Amar plenamente sin ningún estimulante y con todo el tiempo y las formas del mundo? ¿Quién no puede? Solo la persona atrapada en la tela de araña llamada globalización, sus amantes incondicionales, los nuevos alienados.

Esta nueva cultura desarrollada a todos los niveles (trabajo, relaciones, etc.) con éxito en Suecia y en otros países como Alemania, Austria, Japón, España, Italia, Francia, Noruega, Inglaterra, Estados Unidos, Canadá, Brasil, México, Líbano y Colombia, expresa que la prisa es enemiga de la perfección, exhorta a la calidad sin prisa y critica la calidad de vida versus calidad de ser, entre otros. Es representada por un símbolo: el caracol. Y, se está convirtiendo en un movimiento importante actualmente. En nuestro país como convivimos entre contradicciones; carreta de bueyes vs. celular, el potencial humano vs. desempleo, el no comer vs. a comer rápido, amores vs. amores perros, sistema político actual fetal vs. sistema político anhelado poderial etc. Sin dejar pasar por alto, la carrera por el tener “todo” cuando “no se tiene “nada”, típico comportamiento de la clase media decadente.

Es necesario, detener el tiempo por momentos. Decidirse, a apagar el televisor, la computadora, el celular, olvidarse de los hot-dogs, salir a caminar, reaprender a dar un beso. ¿Desde hace cuánto no hacemos eso?

¡Felicidades Globalización¡ Tu naturaleza paradójica engendró quizás su última paradoja: la lentitud, que con las “otras”, las ocultas como la migración, la colonialidad, la fragmentación, la diferencia, la subalternidad y la espiritualidad (entre tantas), juntas terminarán derrumbándote. Concluyo citando a Honoré: ¿Quién ganó la carrera, la tortuga o la liebre?