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Conversando un día de estos con un amigo veinticinco años mayor, ex – miembro del FMLN, debatíamos sobre temáticas diversas, convergiendo en Dios, la ciencia, lo paranormal, la conciencia, el psicoanálisis, la introspección, comparaciones de las  PC con la estructuración del ser humano, el papel de la memoria en la vida, entre otras aplicaciones. Como toda conversación -casual y amena de amigos- un tema nos lleva a otro, a veces con contradicciones y  choques de fe.

Luego, ya en un plan sociológico e incluso semiótico se vino  al pensamiento lo que han sido “Los muros”. Hace poco leí un artículo en END, que si bien es cierto trataba una temática específica, lo clave era “El prejuicio” como tal. Todos los seres humanos entre más preparados, cuanto más desarrollados a nivel intelectual y económico estamos, vamos construyendo inmensos muros, repletos de condiciones, que de ser cumplidas, nos permiten el pase al otro lado del muro, del aparente bienestar.

Y parte de esa situación tiene que ver con el ego que cada persona tiene, que crece en la medida que logra penetrar otros muros y condiciones de la sociedad, ya sea de manera esforzada o corrupta.

Como tan infinito puede ser el estudio de la psiquis, infinito son los tipos de muros o barreras que se construyen; pudiendo ser estéticos, económicos, políticos, culturales, raciales, intelectuales o bien una mezcla de todos.

Si sos un gordo grotesco, lleno de espinillas; lo más seguro es que no estés en el grupo de los delgados y maquillados que visitan la discoteca tal, o bien la casa del intelectual tal, o la actividad exclusiva cultural tal; porque no sos amigo de fulano (que tiene un muro enorme), tampoco tenés la plata necesaria, ni sos hijo de un político de punta, ni tu conversación es entretenida y para colmo ni sabés bailar. Basta para ser condenado en el otro lado de la pared.

La verdad es que la sociedad se ha constituido de esa manera, vía educativa, y por ende del sistema. Mi amigo me decía, por ejemplo, un joven de barrio pobre, ajá, se mete a una pandilla, porque no tiene la plata para vivir su juventud con los requerimientos materiales del sistema, porque tampoco ha ido a la escuela, porque se siente nadie, y su único valor real a la sociedad es el voto electoral. Todas estas personas se convierten en anárquicas, contra el mundo y contra todo.

El campesino, cuántos muros no tiene en su haber, al punto que emigrando a la ciudad piensa que ya el muro ha sido vencido; apenas ingresando a otros donde sólo encontrará prejuicio, humillación, burla, estafa y deshonra. Claro, y como es un imposible luchar contra estas realidades, nos sometemos buscando cómo sobrevivir en el sistema. Lo que  no tomamos en cuenta es que muchos de estos muros están llenos de pura basura, que no valen la pena siquiera considerarlos; empezando con el supuesto amigo que te admite en base a una lista ridícula de condiciones; hasta el banco donde guardas la plata, en la cual atienden al político con avidez impresionante, mientras uno hace una fila enorme para poder retirar un dinero sudado y no regalado.

En este país hay que aprender a mandar a la papelera de reciclaje muchos muros que no hacen más que denigrarnos. Cuanto daño psicológico te hacen estos muros, desde niño, cuando a la pelota de amigos no entrabas por una faja de propaganda sandinista, aún sin saber la definición de la palabra política. Es a todos los niveles, ¿para qué querer subir un muro cuyo dueño no desea de ninguna manera que lo sobrepases? La necesidad humana de chocar egos es impresionante, y entre más grande mejor los resultados de discriminación. Con el tiempo hay que aprender a mandar lejos tantas condicionantes de esta sociedad culturalmente enferma y conservadora de nombre. Al final nunca nos ponemos a pensar cuánta vanidad y envidia sufren los dueños de estos muros; en el cual gastamos nuestro precioso tiempo en vida.

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