Jorge Eduardo Arellano
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El refrán, esa sentencia de verso inconcluso de la sabiduría popular, se prodiga y reitera en nuestra habla social y en el discurso público. Es breve, y en la brevedad radica lo lapidario. De un chiste, de una anécdota o de un cuento surge la sentencia vital, pedagógica, filosófica o humorística. Intuitivo, deductivo, reflexivo, poético, chispeante; así va el nicaragüense explicando e interpretando su “yo” y “sus circunstancias”. Siendo que el refrán es muy antiguo y muy moderno, nadie se salva de aplicarlo en algún momento de sus interacciones con los miembros de su tribu.

El refrán certero aparece como titular en los medios escritos, y se vuelve motivo para ilustrar la crítica ácida del caricaturista. Y el político pueblerino recurre al refrán para fustigar a su adversario, para ridiculizarlo, destaparlo, descalificarlo o excluirlo; pero está demostrado que no todos los políticos manejan el refrán, el adagio y los proverbios con la inteligencia, habilidad, destreza, y con la maestría que tenía Don Quijote, San Jerónimo o don Enrique Guzmán.

Algunos de nuestros políticos, tal vez por sugerencia de los asesores de comunicación, recurren al refrán y al adagio, supuestamente, para establecer una mejor empatía con sus simpatizantes o correligionarios. Los que tienen menos competencia lingüística, se parecen más a Sancho o a Chespirito que al Quijote. Y al sanchizar el lenguaje, lo empobrecen. En vez de crear empatía dan risas, se ponen en ridículo o “meten la pata”, como aquel político mexicano que dijo: “El PRI llega a los lugares en donde las manos de Dios no ha puesto el pie”. ¿Cómo interpretar esto?
Un refrán en boca de un político criollo me recuerda el estilo del caudillo o el habla del cacique del pueblo. Todo acontecimiento familiar, todo chisme, ocurrencia, fábula o cuento tenía su desenlace o resolución en un refrán, en un adagio o en un proverbio: refranes para la mujer, el indio, el maíz, Dios, los animales, etc. Y este refranero se hereda de generación en generación. Y unos refranes desaparecen, y otros nacen con las mismas características. El caudillo, bonachón y gran conversador, tenía su repertorio aceitado y su decálogo en ristre para atacar al adversario. Era el más chispeante, el más popular, el más ocurrente, el más gracioso y el más admirado. Y en cierto sentido, era ejemplo clásico de que se puede vivir sin leer. El caudillo, con afán de crear su propio mito, se nutre del pensamiento mágico, de la leyenda, de la anécdota, del mundo religioso, de las creencias y de lo más genuino del imaginario colectivo del pueblo.

Reconozco la efectividad y el poder del refrán en el debate político, y admiro la capacidad del nicaragüense en el enriquecimiento del habla social. Lo que me preocupa es el uso reiterativo de ese recurso, que, en el fondo, manifiesta un síntoma de la crisis del discurso público y de la confusión extrema de la clase política en el manejo verbal. Con la sabiduría popular, con el refrán, su didáctica y esquemas conceptuales simplistas, muchos de ellos alienantes, discriminatorios y ofensivos, no vamos a educar políticamente a nuestra gente.

La empatía la vamos a alcanzar cuando en nuestro vocabulario político y en la praxis prevalezcan las palabras: libertad, justicia, democracia, tolerancia, diálogo, equidad, transparencia, “comunidad de ciudadanos” y no “comunidad de subalternos”, etc; cuando en vez de dividir y causar ruidos innecesarios, procuremos promover la tolerancia y el diálogo respetuoso y franco; y cuando en la construcción de nuestro discurso logremos expresar el sentir, los deseos, las frustraciones y aspiraciones de la gente. Con ese modelo de discurso es que el electorado se siente identificado, representado y complacido; pero para eso se requiere de una nueva cultura política.

Vamos a alcanzar un alto nivel político cuando el ciudadano esté bien informado, cuando conozca las leyes y las respete, cuando conozca sus deberes y derechos, cuando conozca su historia y su geografía, cuando tenga libertad para exponer sus ideas y de crear y recrear su propia cultura. En vez de entretenernos con el humor del refrán, deberíamos estar más interesados en buscar teorías nuevas y métodos eficaces para interpretar los signos de los nuevos tiempos, y así poder salir de esta confusión e incertidumbre en que vivimos. El político está en la obligación de elevar el lenguaje de su pueblo, y estar consciente de que el fortalecimiento de la democracia favorece el habla social y todas las formas de creación artística y literaria. Por suerte, a pesar del analfabetismo funcional, de las deficiencias en el sistema educativo y de la crisis del discurso público, el lenguaje del nicaragüense se mantiene vigoroso, dinámico y pródigo en posibilidades.

emigdio@bigfoot.com