Por Christopher Granville
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Las opiniones sobre Vladimir Putin son de lo más diversas. En Occidente, se lo considera un "autoritario", un "autócrata", un "dictador" incluso, mientras que en Rusia una enorme mayoría lo considera el más "democrático" de los dirigentes, basándose en que ha hecho más que sus predecesores para mejorar la suerte de las personas comunes y corrientes, pero en un aspecto coinciden los dos bandos: Putin se propone permanecer en el poder indefinidamente.

Esa conclusión se debe a la reciente declaración de Putin de que podría pasar a ser Primer Ministro, después de abandonar la presidencia el próximo mes de mayo, pero, independientemente de lo que haga, su influencia personal y la orientación estratégica que ha dado a Rusia seguirán predominando en los años futuros.

En vista de esa realidad, lo que ahora importa es cómo funcionará ese "sistema Putin", que dependerá de los marcos y los usos institucionales. Lo que está en juego tanto para Rusia como para el mundo son la estabilidad y la legitimidad y, por tanto, las perspectivas de una constante modernización económica y política.

La legitimidad y la estabilidad son inseparables en la práctica, porque mantener la estabilidad sin legitimidad requeriría en última instancia una represión del estilo de la que hubo en Tiananmen, pero eso es algo que se puede descartar en la Rusia actual, porque los instrumentos para su aplicación –en particular, un ejército que obedeciera las órdenes de segar la vida de la gente en las calles– no existen.

Las encuestas de opinión muestran en gran medida que la presidencia es la única institución que los rusos aceptan como legítima (en contraste con los poderes legislativo y judicial, considerados corruptos e ineficaces). No es de extrañar, en vista de la historia y la cultura del país. Más importante es que una mayoría casi igualmente importante valore la capacidad para contratar y despedir a su zar... en elecciones libres celebradas a intervalos periódicos de conformidad con la Constitución.

En el ciclo político actual de Rusia, que concluirá con las elecciones presidenciales de marzo de 2008, no habrá dificultad para cumplir las condiciones principales de la legitimidad: respetar las normas de la Constitución sobre las elecciones presidenciales libres y periódicas. Dada la popularidad de Putin, esas normas no representan amenaza alguna para el poder del grupo dominante. Los votantes elegirán con entusiasmo a cualquiera que cuente con la bendición de Putin.

Pero, con vistas al próximo ciclo político en 2012 o al siguiente en 2016, no hay garantía de que sigan dándose las condiciones actuales. Una popularidad invencible puede evaporarse. Aun en el supuesto de una situación económica de lo más halagüeña, las esperanzas sobre el aumento del nivel de vida superarán a la realidad, lo que causará desencanto.

Si entretanto el sistema político no ha adquirido más amortiguación institucional y se mantiene –como en la actualidad– la excepcional legitimidad de la presidencia, basada simplemente en la aprobación por el público de un gobernante rodeado de facciones siniestras y reñidas en el Kremlin, habría un gran riesgo de una desestabilización crónica. En esas circunstancias, un régimen aislado y cada vez más impopular podría decidir suprimir o amañar las elecciones presidenciales cuando hubieran de celebrarse.

Eso es lo que ocurrió en Ucrania en noviembre de 2004, con consecuencias revolucionarias. Sería temerario dar por sentado que el resultado en Rusia sería tan benigno como la "revolución anaranjada" de Ucrania.

La integración de la presidencia en estructuras y procedimientos políticos más amplios –en particular, en la política partidaria– reduciría ese riesgo. Un partido político dotado de un instinto normal de autopreservación produciría una cara nueva para la candidatura a unas elecciones presidenciales correctas para sustituir a un gobernante impopular y a sus compinches.

Resulta que Putin está consolidando ahora el partido Rusia Unida, ya predominante, con su decisión de encabezar su candidatura en las elecciones parlamentarias de diciembre. ¿Podría Rusia emular el modelo del Japón de la posguerra, en el que un solo partido predominante reactiva y moderniza el país?

Como todas las analogías históricas, ésta puede resultar fallida, pero no es absurda. El Estado unipartidario de facto del Japón es más democrático que autoritario, gracias no sólo a su marco, basado en la legalidad, sino también a su tradición de rendición de cuentas. La minoría dirigente del Partido Democrático Liberal (PLD) siempre reacciona ante el estado de ánimo y las preocupaciones populares... con frecuencia apropiándose de las ideas de sus oponentes.

Aun siendo inferior a la alternancia transparente del poder entre dos o más partidos políticos, la evolución de Rusia Unida hacia algo parecido al PDL seguiría dejando a Rusia en condiciones mucho mejores que un régimen personal recluido en el Kremlin. Pese a la historia de Rusia después de 1917, un partido político predominante es preferible a la inexistencia de partidos.

Las recientes declaraciones públicas de Putin apuntan a esa concepción: un partido gobernante y predominante de centro derecha, con una opción substitutiva socialdemócrata (no comunista) que espere entre bastidores para mantener el gobierno estable, en caso de que el partido principal flaqueara. Como con tanta frecuencia ocurre en política, mucho dependerá de hasta qué punto confirme Putin con hechos sus palabras después de dejar la presidencia.

Si opta por ejercer su inmensa influencia mediante Rusia Unida (con su inevitable mayoría en el parlamento recién elegido), sabremos que habla en serio. Si, en cambio, abandona la presidencia, se hace nombrar Primer Ministro y reforma la Constitución para pasar los poderes de la primera al segundo, sabremos que va encaminado a la consecución de un régimen personal, al fin y al cabo.

Desvirtuar la presidencia elegida, que es la única fuente de legitimidad política de Rusia, prepararía el terreno para el caos. El hábito de cambiar las reglas del juego para conservar el poder persistiría después de que el caudillo saliera de escena en su momento, pero no la estabilidad superficial de su gobierno.

Christopher Granville, ex diplomático británico en Moscú, es director gerente de Trustedsources, servicio independiente de investigación sobre los mercados en ascenso.

Copyright: Project Syndicate, 2007.
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