Por Joschka Fischer
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El parto de los montes en Washington no dio frutos. El General David Petreaus y el Presidente George Bush han hablado, pero la política estadounidense en Irak sigue como antes. Esta política ha llevado a Estados Unidos a una trampa, de tal manera que ahora la potencia más grande e importante del mundo sólo tiene frente a sí malas opciones.

Si Estados Unidos se apegara a su interés nacional, se retiraría de Irak lo antes posible, porque la guerra ya no puede ganarse. Está debilitando a la potencia líder de Occidente y fortaleciendo a sus enemigos. Pero Estados Unidos no puede retirarse sin que toda la región caiga en el caos.

Estados Unidos quería establecer un Irak democrático. En cambio, tras una retirada de Estados Unidos, el país podría descomponerse, lo que tal vez conduciría a una “balcanización” del Medio Oriente con consecuencias extremadamente peligrosas para la toda la región.

Con la guerra en Irak, Estados Unidos también buscaba iniciar una transformación democrática en todo el Medio Oriente. En cambio, ha ayudado a Irán a alcanzar un predominio regional que ese país jamás hubiera logrado por sí solo. Si Estados Unidos se retirara ahora, en vez de una transformación democrática, el Medio Oriente se enfrentaría a una guerra de todos contra todos por la hegemonía regional.

No hay indicios de que Bush logre entender esta amarga realidad en los meses restantes de su mandato. Si admitiera la derrota, su presidencia se derrumbaría. Por lo tanto, le heredará la guerra a su sucesor. Esto podría ser ventajoso para los fines internos de Bush pero, como política exterior, sólo conseguirá que aumente el riesgo de una explosión en el Medio Oriente.

El enfoque actual estadounidense de colaboración con las milicias sunitas conlleva el riesgo de un desgajamiento definitivo de Irak en tres partes. La pregunta clave es si la desintegración de Irak se podrá contener dentro de sus fronteras o si resultarán afectadas grandes partes de la región.

La desintegración de Irak conduciría a una guerra de sucesión no declarada entre sus vecinos y otras potencias de la región. Además, en el Medio Oriente no existe una red de seguridad como la Unión Europea que ha ayudado a los Balcanes a salir del abismo.

La única salida de este dilema es fijar un objetivo factible y realista. En lugar de lograr la victoria, el objetivo debe ser alcanzar un mínimo de estabilidad -y esto todavía parece realizable. En efecto, sólo se puede lograr el retiro militar estadounidense de Irak sin que se produzca una catástrofe regional seria si Estados Unidos consigue establecer un mínimo de estabilidad regional. Eso requiere un consenso sostenible que incluya a todas las partes involucradas.

El futuro de Irak, si es que todavía tiene, dependerá, antes que nada, de los chiítas, los sunitas y los kurdos iraquíes; y en segundo lugar, de los vecinos de Iraq y sus intereses y cálculos de riesgo. Pero incluso si Iraq se desintegra después de la retirada estadounidense, será de vital importancia contener las consecuencias de esa desintegración dentro de las fronteras de Iraq. Esto requerirá de un consenso regional que solamente Estados Unidos puede generar.

Es difícil entender por qué Estados Unidos hace tan poco para promover el objetivo de la estabilización regional, especialmente dado que todavía mantiene un peso considerable en ese respecto. Como no hay una potencia regional que sea lo suficientemente fuerte para ganar directamente una guerra de sucesión, todas estas potencias perderían si se da un conflicto. En efecto, todas se verán amenazadas por la desestabilización interna como consecuencia de tal confrontación.

Es cierto que las negociaciones y las conferencias no tienen mucho sentido si no hay una política coherente. Pero con una preparación adecuada, una solución regional es posible y, de todas las partes involucradas, Siria está en una posición única para ayudar a alcanzarla. Siria es el único país árabe aliado con Irán y, como vecino inmediato de Irak, es crucial para la estabilidad de éste país. Además, la seguridad y la independencia de Líbano dependen de Siria, y Siria es uno de los principales actores del conflicto entre Israel y sus vecinos árabes. Por último, Siria está en una posición económica y política débil, y sus intereses de ninguna manera son congruentes con los de Irán.

Por lo tanto, es incomprensible que Estados Unidos, después de haber logrado llegar a un acuerdo con Libia, rechace toda iniciativa dirigida a Siria. Si Siria cambiara de bando, la situación en la región se transformaría fundamentalmente, como sucedería en los casos de Líbano, el conflicto palestino-israelí, Irak y sobre todo Irán.

Para Irán esta circunstancia sería equivalente al peor escenario estratégico posible, que traería consigo su aislamiento definitivo. Si se llegara a convertir en una posibilidad real, tendría sentido un acercamiento decisivo con Irán. El “gran trato” resultante tendría que incluir la estabilización de Irak, el programa nuclear de Irán y su papel en el conflicto palestino-israelí. De tener éxito, el arreglo también debería fijarse el objetivo de la normalización total de las relaciones entre Irán y Estados Unidos.

Ciertamente, ni siquiera una estrategia regional firme de Estados Unidos y sus aliados de Occidente conseguirá detener el terrorismo y la violencia en Irak o, para el caso, en el Medio Oriente. Pero sería un sólido primer paso para cambiar el equilibrio de poder regional que permitiría estabilizar Irak y la región en su conjunto. Sólo eso puede hacer que un retiro de las tropas estadounidenses de Iraq sea realista en el futuro previsible.

Joschka Fischer, Ministro de Relaciones Exteriores y Vicecanciller de Alemania de 1998 a 2005 fue líder del Partido Verde durante casi 20 años.

Copyright: Project Syndicate/Instituto para las Ciencias Humanas, 2007.
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