Guillermo Rothschuh Villanueva
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A Mayra Luz

Dos pasiones desbocadas consumen la vida de la mayoría de los narradores, sitiándoles de manera compulsiva. No le dan paz ni sosiego. Las asumen o agonizan. Son dos pasiones totalitarias. Cercan sus vidas y no hay otra escapatoria que encararlas, porque de lo contrario languidecen o traicionan su oficio. Escribir y leer, leer o escribir, es su entorno natural. No se trata únicamente de escribir cuentos o novelas y de leer con una voracidad insaciable. Ésta es la cara más visible de su pasión encendida. La otra consiste en escribir sobre el arte de escribir. En algún recodo de su existencia, más temprano o más tarde, sentirán el llamado imperioso de ese apremio que sólo se supera escribiendo o emborronando páginas, acerca de la temeridad que constituye el solitario y grandioso arte de escribir. Algunos escribirán tratados, tesis o ensayos. Otros más veleidosos y creativos saciarán su apetito escribiendo sus consideraciones entretejidas con el propio arte de narrar o fabular. Ninguno rehuirá al llamado. La desesperación y el tormento se curan dando rienda suelta a lo que conciben como las motivaciones o causas, sobre el origen del arte de la escritura.

Unos más otros menos, dejarán constancia de las razones o sinrazones que azuzan su ánimo. Las causas muchas veces son oscuras e insospechables. En un doble acto de strip-tease se desnudan frente a tus ojos, para que puedas comprobar las grandezas y miserias que se apoderan de su espíritu y les hacen bajar a los niveles más misteriosos y soterrados del inconsciente, ese terrible y misterioso desconocido. Sienten la imperiosa necesidad de sacar a flote sus propias obsesiones. Ese asedio taladrará sus vidas, mientras no extirpen de la imaginación los engendros o demonios que les atormentan de manera implacable.

La hibernación de sus obsesiones varía, puede ser el chisporroteo de una idea que se cruza por su mente con la velocidad del rayo o bien un parásito que se prende a su existencia durante muchos años. Los fogonazos dan pie generalmente a un cuento y ser poseídos por una obsesión, con una duración mayor al embarazo de una elefante, casi siempre produce como resultado una novela. Gabriel García Márquez es el escritor que mejor personifica ambos ejemplos. Aunque a lo mejor se trata de uno sólo. Cien años de soledad atormentó su ser durante catorce años. En el entretanto parteó numerosos cuentos, breves relatos y apretadas novelas. Durante el interregno aparecieron La hojarasca, (1955); Monólogo de Isabel viendo llover en Macondo, (1955); El Coronel no tiene quien le escriba, (1958); Los funerales de la Mamá Grande, (1962); La mala hora, (1966); hasta que pudo quitarse de encima al parásito, al encontrar el ritmo, la cadencia, el estilo y el lenguaje más apropiados, para escribir la mejor novela del siglo veinte, Cien años de soledad, en el mismo año –1967- en que Nicaragua y el mundo celebraban los cien años de la llegada del Príncipe de las Letras Castellanas, nuestro paisano mayor, don Rubén Darío.

Entre los novelistas de renombre que han vuelto sobre sus pisadas destacan Ernesto Sábato, Mario Vargas Llosa, Carlos Fuentes, Sergio Ramírez y Rosa Montero. No son los únicos, son a quienes he leído con fruición. A sus enseñanzas me atengo. La majestuosidad de su obra les abre paso para que rubriquen al pie de página el hilo o madeja utilizaron para hilvanar su canto. Esas disquisiciones o elucubraciones muestran la costura de la pelota. El arte de desmontar la tramoya o de desarmar con maestría de relojero, cada una de las piezas que constituyen el esqueleto o armazón de diferentes novelas. Una sensibilidad puesta a prueba, una capacidad fraguada a base de estudio y de lecturas. Una manera de correr el velo de las cortinas o de quitarse y desprenderse los trapos para que saciemos nuestra perversa curiosidad y veamos al derecho y al revés como se tejió la obra. Eso lo aprendemos mejor asomándonos a las páginas de El escritor y sus fantasmas; La verdad de las mentiras, Historia secreta de una novela, Cartas a un joven novelista, La orgía perpetua: Flaubert y Madame Bovary, La tentación de lo imposible, García Márquez: historia de un deicidio, Carta de batalla por Tiranc lo Blanc; Introducción a la nueva narrativa latinoamericana, La nueva novela hispanoamericana, Geografía de la novela, Valiente mundo nuevo: épica, utopía y mito en la novela hispanoamericana; Mentiras verdaderas y La loca de la casa.

Todos señalándote el camino, enseñándote las calzadas enrevesadas, laberínticas e irracionales del acto creativo. Mostrándonos y mostrándose. El más persistente de todos, el peruanísimo Vargas Llosa. Escribe y enseña a escribir. La tentación es enorme. Siguiendo a sus mayores, a la manera de Rilke, asumió gustoso el desafío de enseñar a escribir a los jóvenes escritores de una manera directa, redactando complacido, sin ningún egoísmo, Cartas a un joven novelista, así como el otro legó a la posteridad sus Cartas a un joven poeta. Cuando Vargas Llosa tiene que nombrar a los escritores señeros de nuestro continente, tiene y pone como modelos a Jorge Luis Borges y a Gabriel García Márquez; dimensiona su estatura. Son dos escritores a los que uno debe acercarse para aprender a escribir; evoquemos de paso la remembranza agradecida de Sergio Ramírez a Jorge Luis Borges, en su libro de ensayos, el Señor de los tristes. Tiempo atrás en Calibán, el cubano Roberto Fernández Retamar, en una época en que la medida para apreciar la grandeza de un escritor, era su compromiso político e ideológico, sitúa al esteticista Borges como uno de los grandes precursores de la narrativa hispanoamericana.

La tentación de rememorar y evocar a mis mayores me vino por el lado de la española Rosa Montero. La loca de la casa estimula la imaginación: descobija, desmitifica, ensalza. Escrito y pensado para conjurar sus propios demonios. La loca de la casa no es otra que la imaginación desbocada, con sus arrebatos y desplantes, el tributo de una novelista consagrada que se rinde ante el llamado de los dioses. La única manera de exorcizar sus daimons es enfrentarlos, encararlos, desenmascararlos. Los demonios o fantasmas, que si no los quitas de encima, como diría Cortázar, te arrebatarán el aire y son capaces de estrujarte y conducirte a la locura. Una contradicción aparente. Escribir es una manera de mostrar cordura, pero en el narrador de ficciones es la locura la que le conduce y obliga a escribir.

Montero está convencida de que la narrativa es el arte primordial de los humanos. Dirá, ¡espero le creas! que “para ser tenemos que narrarnos, y en ese cuento de nosotros mismos hay muchísimo cuento: nos mentimos, nos imaginamos, nos engañamos”. Para lograr este propósito hay que dominar la materia prima de la que está hecha el lenguaje: la palabra, esas malditas inasibles, que a la hora de la verdad escapan, no se dejan capturar o someter, aunque el escritor avezado sabe atraparlas al vuelo. Octavio Paz versifica, aplaude al poeta y ya atrapadas, les grita, ¡chillen putas! Para que ese mundo vital y carnoso puesto ante tus ojos resulte creíble, debe ser contado con una destreza obstinada. Sólo así nacen, como dice Ramírez, las mentiras verdaderas.

Los demonios de los que Montero habla son los demonios que alude Vargas Llosa y los fantasmas que obsesionan a Sábato. Nada más que ella los toma de Kipling. Estas semejanzas no deben sorprendernos ni enemistarnos, como una vez lo hizo Sábato con Vargas Llosa a quien acusó de plagiario. El hecho de que El escritor y sus fantasmas, (1963) haya aparecido antes que García Márquez: historia de un deicidio, (1971), no supone, como creyó el argentino, que el peruano le había copiado vilmente. La literatura recorre caminos insospechados. Si nos atenemos a la temporalidad, los fantasmas o demonios como categorías insurgieron en el vasto territorio de la literatura, muchísimo antes, cuando el inglés o hindú, ¡eso qué importa! Rudyard Kipling, habló de los diamons o demonios, sugiriendo a los jóvenes escritores, que cuando su “diamon lleve el timón”, no traten “de pensar conscientemente. Id a la deriva, esperad y obedeced”. Ellos sabrán iluminar el camino.

En esta conjunción inevitable de lectura y escritura, la Montero siente la tentación de ponerte en la encrucijada y preguntarte, que si por alguna circunstancia tuvieras que elegir entre no volver a escribir o no volver a leer nunca jamás, ¿qué escogerías? Una disyuntiva difícil para quienes comparten ambos vicios con una pasión quemante y apetitosa. No quedando alternativa la Montero escoge leer. Expone sus razones. Dejar de escribir para esta mujer iluminada, puede ser la locura, el caos, el sufrimiento; pero dejar de leer es la muerte instantánea. “Un mundo sin libros es un mundo sin atmósfera, como Marte. Un lugar imposible, inhabitable. De manera que mucho antes que la escritura está la lectura”. Espero no tener nunca que estar colocado en este callejón sin salida. ¡Los dioses me protejan! Como ella misma testimonia, ¡leer es una forma de vida! ¡Escribir te salva la vida!