Patricio Welsh
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Mi hermano menor tenía 11 años cuando fue abusado sexualmente. Veintisiete años después, en el año 2000, nos dimos cuenta de la agonía que él vivió en su niñez y de la angustia que soportó en silencio durante la mayor parte de su vida.

Soy de una familia católica-irlandesa y cuando el hijo menor anunció a los 10 años que quería ser sacerdote hubo alegría desbordante. Pronto se marchó al seminario para menores de "Los Padres del Espíritu Santo", una congregación religiosa-misionera, donde además de recibir su educación secundaria también se prepararía para el sacerdocio.   

Mi hermano fue reclutado por el Padre Frank Bligh, encargado de buscar “vocaciones” para esta misma congregación. Me acuerdo muy bien de él: un hombre tierno, dulce, servicial, que a lo largo de 30 años asistió a todas las celebraciones importantes de nuestra familia: cumpleaños, bodas, bautizos, entierros. Siempre estaba para acompañarnos e interceder ante Dios. Era nuestro amigo y le teníamos mucho cariño. Nunca nadie sospechó que él era abusador de menores hasta que fue arrestado en el norte de Inglaterra en el año 2000. Los tiempos habían cambiado y un niño rompió el silencio, desencadenando una historia trágica y macabra de décadas de abuso sexual.    

En mi familia nos dimos cuenta cuando la Policía se comunicó con mi mamá.  Sus investigaciones habían develado que mi hermano menor, ya un adulto de 37 años, posiblemente había sido abusado.  Al inicio no quiso hablar con la Policía pero luego dio su testimonio y poco después el Padre Bligh fue arrestado, acusado de múltiples casos de abuso sexual.    

Al comienzo no quisimos aceptar que nuestro querido amigo y guía espiritual había cometido tan espeluznantes crímenes en contra de cientos de niños, y mucho menos en contra de nuestro hermano.  Pero escuchamos a mi hermano y le creímos. No existía ninguna duda de que él nos decía la verdad. Me acuerdo de algo que dijo: "sólo esperaba que mamá y papá murieran antes del Padre para luego acusarlo. No quería que se dieran cuenta porque no quería hacerles daño". Mi hermano se encontraba en la imposible posición de proteger la fe de su padre y su madre.

Mi mamá, por su parte, en algún momento sintió lástima por Bligh, racionalizando que él era un hombre enfermo. Pero pronto se dio cuenta de que no era así. Bligh había usado su estatus de sacerdote y su poder de hombre adulto para violentar los derechos y los cuerpos de cientos de menores, y lo hizo con premeditación.  Cuenta mi hermano que cuando fue abusado, el Padre cerraba la puerta con llave y colgaba su chaqueta para que nadie mirara por el ojo de la cerradura. Todo estaba fríamente planificado.

A diario, y en todos los países del mundo, miles de mujeres, niñas y niños son abusados sexualmente por hombres.  Éstos lo hacen porque saben que tienen el poder de hacerlo y porque saben también que sus víctimas mantendrán el silencio. Lo hacen hombres de todas las clases sociales, razas, religiones, opciones sexuales e ideologías políticas.  Lo hacen papás, hermanos, tíos, amigos y vecinos. Lo hacen sacerdotes tiernos y dulces, como era mi ex amigo.

En junio del año 2001 Bligh (ya no le digo Padre) fue condenado a dos años y medio de cárcel, uno de 28 sacerdotes católicos en Gran Bretaña encarcelados entre 1997 y 2001 por el abuso sexual. Unos meses más tarde, en noviembre de 2001, el Papa pidió perdón por el abuso sexual cometido por sacerdotes a lo largo de la historia de la Iglesia. Tardío, tal vez, y de poco consuelo para los miles de víctimas aun vivas. Y, más aun, cuando tantos abusadores siguen impunes y tantos líderes religiosos quedan callados.  

Pero, gracias a la labor de organizaciones de mujeres valientes en todo el mundo, se está creando conciencia sobre el abuso sexual y la voluntad política para denunciarlo. El silencio de siglos ha sido roto y muchas mujeres, niñas y niños, aunque les cueste, empiezan a demandar justicia… y la lograrán.   

*Miembro de la Asociación de Hombres Contra la Violencia
Movimiento contra el Abuso Sexual
Hablemosde.abusosexual@gmail.com