Oguer Reyes Guido*
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Desde 1990 en Nicaragua se ha venido operando una serie de cambios políticos y sociales muy profundos. La apertura de la economía con la llegada de la democracia, la  ola de privatizaciones y los ajustes estructurales y las constantes reformas a la constitución política entre otros sucesos han tenido un gran impacto en lo relativo al  desarrollo de la nación. Durante los últimos 17 años nuestro país se ha estado reinventado política y económicamente, sin que ello haya marcado alguna diferencia considerable en términos de desarrollo integral durable.

Con este nuevo capítulo de reformas que se están "pactando" en estos momentos entre los principales partidos políticos nos dirigimos una vez a una nueva aventura de reinvención política para Nicaragua: El Parlamentarismo. En menos de dos décadas hemos estado probando formulas diversas y que han resultado poco efectivas para hacer  avanzar a la nación. Traumáticos cambios que no son fáciles de asimilar por la gran  mayoría de la población que es la que termina siempre pagando las consecuencias.

Mientras la situación social se degrada a un ritmo alarmante los agentes de poder y  de decisión política en la Nación se entregan de lleno a una redefinición del sistema  político Nicaragüense, misma que encierra los eternos peligros del caudillismo, la  corrupción y el parasitismo profesional de los políticos de carrera, que ven en la nueva  nomenclatura de cargos e instituciones un nuevo pastel para repartirse.

La propuesta no ha sido legitimada. En ninguno de los programas de gobierno que durante la campaña se ofrecieron a los ciudadanos se hacía referencia a este cambio de  sistema político. Este cambio no ha sido consultado con la ciudadanía y como ya es un  hábito en el actuar de los partidos políticos todo se está acordando en secreto, a nivel de  cúpulas y con especial atención a favorecer ciertos intereses creados muy poderosos en  nuestro país.

Mientras en Managua se vive con ardor desmedido la nueva ola reformista del estado, en  el resto del país se están desatendiendo los problemas reales que requerirían toda la  atención del gobierno y de los diputados.

Nuestros políticos deben entender que un país no puede avanzar de esta manera. ¿Cuál es el fundamento práctico de este nuevo cambio? ¿Cuántos empleos nuevos se generarán con esta transformación? ¿Mejorará el desarrollo económico y social de una  manera sustancial con este nuevo marco institucional? ¿Tendrá este nuevo  ordenamiento político un impacto positivo en el papel del Estado como agente promotor  del desarrollo y el crecimiento económico? De ninguna manera. Lo que está primando  es el interés sectario de las cúpulas políticas a costa del interés de la nación.

Detrás de esta iniciativa de cambio total no hay ninguna reflexión. Tampoco hay ninguna preocupación por lo que pudiera traer como consecuencias negativas. Nicaragua necesita estabilidad para poder crecer, necesita seguridad y previsibilidad. El  abuso del poder y de la función pública es un peligro para la captación de inversiones  productivas ya que en nuestro país ni la constitución misma ni mucho menos todo el  sistema político ofrecen garantías de perdurabilidad en el corto y mediano plazo.

En vez de estar dedicando tanto esfuerzo a una reforma estéril del Estado -por decir lo  menos- se debería estar trabajando en la búsqueda de solventar los grandes problemas  sociales que enfrenta la nación, buscando como ofrecer alternativas a la población  campesina de los municipios más golpeados por la pobreza. Desde 1998 se cuenta ya  con un mapa detallado de la pobreza en Nicaragua pero las acciones del Estado no han  sido coherentes para reducir este flagelo. En lugar de ocuparse de ello los políticos de  Managua se entregan de lleno a parchar, remendar y rehacer el sistema político para asegurar que todo siga igual.

 Dentro de unos años, en la época de la campaña presidencial, se volverán a poner de moda los temas de luchar contra la pobreza, de reducir la desigualdad, de oportunidades  a los campesinos y toda la fiesta de promesas que acompaña el jolgorio electorero que  se repite cada cierto tiempo en medio de la algarabía popular; como en las épocas de  las  fiestas de Santo Domingo.

Para ese entonces ya nadie se acordará de las tropelías que ahora están haciendo los políticos electos. El panorama es deprimente, el electorado desafortunadamente tiene una memoria de muy corto plazo y lo que ahora vemos puede que se repita en el futuro cuando a alguno de los caudillos le convenga cambiar algo más.

Ya basta de estar manoseando la institucionalidad del país.

*El autor es Especialista en Economía Gubernamental y Administración Financiera
Pública.