Jorge Eduardo Arellano
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La gente inicia sus quehaceres, o sus bandidencias, según sus aficiones o debilidades, “al canto del gallo”, al amanecer. Pero conozco individuos de “alto vuelo” que prefieren “al primer canto del gallo” (a la medianoche) para desplumar a un prójimo en un santiamén, o para decirlo en este lenguaje de matices metafóricos: “en menos de lo que canta un gallo”.

Y es que la vida de los hombres es como la de los gallos, que chiquitos son “pollitos”; ya matacanes son “porrocos”, y más grandes son “gallazos”.

Considerado ya “gallito”, se puede decir que es un tipo valiente, decidido, con determinación para enfrentar con determinación a su oponente. Sin embargo, es común encontrar un “gallito de finca”, un taco de puerta que no tiene estatura por tener garganta para bravuconear. Es un auténtico “gallo cacareador”, golillero y bravucón, que presume de “muchos alzos” y no es más que un “porroco” (ordinario y plumoso), de mala casta o “gallo lora”, inútil, un “gallo bomba”, inservible apenas pone las patas en la arena del palenque. Un verdadero “gallo talibán”.

Me cuenta el licenciado Mario Tapia, doctor en gallos y otras hierbas, que un “gallazo” es un gallo elegante, con mucho brío y determinación en la pelea, espectacular en el ataque, un gallo limpio y de muchos alzos. Es posible que podamos decir lo mismo de muchos hombres; incluso de hombres “engallinados”, locos de remate por una mujer, aunque haya sido una de esas “gallinas come huevos” que no cambian “ni que les quemen el pico”.

Pero no estoy seguro si podemos establecer un parangón entre un individuo y un “gallo partidor”, que tan pronto lo sueltan salta en busca de su contrincante; un “gallo parado”, capaz de herir con velocidad y violencia a su oponente en el primer instante; un “gallo cortador”, que hiere con facilidad y mete la pata a fondo y con puntería, acertando la mayoría de sus estocadas; un “gallo tromba”, muy agresivo, rápido, violento, que no deja de atacar nunca, hasta pegar el “tiro a la güevada”, una herida casi siempre mortal en los órganos sexuales.

Aunque, claro está, hay heridas también que deciden el triunfo, como el “lagartijo”, que casi corta de un tajo la pata del gallo; o el “tiro alto” o “de caballito”, que abre con la navaja el lomo del gallo o la herida profunda en la ingle, que deja la pata sin acción y mata, y que por eso se llama “pata y vida”.

Un buen gallero casi siempre tiene --oculto para asegurarse el triunfo en una pelea-- un “gallo de tapada”. Y cuando se decide la “casada”, con el contrincante seleccionado, las apuestas pactadas y los “gallos casados”, ya están pesados y ennavajados; se “carean” para encender el brío antes de la pelea.

Hay tres tipos de gallos que, por su manera particular de combatir, me interesa destacar. El gallo “suelero”, que pelea a baja altura, muy cerca del suelo; el gallo “medio vuelo”, que combate a mediana altura; y el “volador”, que se eleva bastante con intención de superar al enemigo y patearlo de arriba hacia abajo. Tapia nos describe así la pelea entre estos gallos:
“El suelero espera que caiga el volador, lo esquiva y le tira a muerte cuando aún está fuera de balance. Dos voladores se matan en el aire. Dos sueleros se matan en el suelo. Los medio-vuelos pelean a ratos en el aire y a ratos en el suelo”.

Y nosotros --“sueleros”, “medio vuelo” o “voladores”-- nos matamos a diario, y no con navaja sino a picotazos, desangrando nuestra dignidad en un “palenque” con apostadores que --ganen o pierdan-- se reparten las ganancias de cada “jugada”.

rmatuslazo@cablenet.com.ni