Jorge Eduardo Arellano
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Le está enseñando a usar el tenedor. En la foto, la tía está detrás de la sobrina y la pequeña se deja guiar con los ojos atentos al utensilio. Antes, el mundo estaba al alcance de los dedos, y no era necesario tanto artefacto para conseguir lo que se quería.

Ahora habla, corre, come sola, y apenas necesita que le alcen para alcanzar las cosas encima del mueble. El tiempo infinito de la infancia le pone el límite a los que vamos mirándola crecer, sorprendiéndonos de nuevo con una historia que ya sabemos.

Antes no me gustaba llevar fotos encima, ni de mis seres más queridos. No entendía ese afán de poner fotos de familiares o amigos en el escritorio de las computadoras, ni en los retratos en las mesas de trabajo. Ahora llevo, entre otras, de mis más allegados, una propia de cuando yo era niño, como para no olvidarme; una foto que a veces me reclama. Y en el lugar donde escribo tengo esa de la que les hablaba antes, la de mi sobrina aprendiendo complicaciones de adultos.

Hace poco mi tío ha llamado y quiere volver a aquella tierra. Unas cuantas hectáreas que morían en un precioso río al que acudían a beber, según recuerdo, los venados en el tiempo del celo. A él le gustaría volver a comprarla, a sabiendas de que ya no vale en lo que se mal vendió, y que tendría que reunir una buena cantidad absurda para comprar su nostalgia. Aquellos árboles, la hierba sobre el monte, la forma de la felicidad impregnada hasta los tuétanos en los que se hunde la memoria que busca y rebusca los olores, sabores y luces de esa infancia donde residen las falsas posibilidades. Yo le digo que sí, que adelante. Pero en el fondo sé que no podrá comprarla, y por otro lado, de qué le serviría.

De niño yo quería ser mayor, pasar rápido aquel tiempo para verme hoy aquí, escribiendo ante ustedes, hablando de un niño que quería ser mayor y escapar de todas las fronteras inexplicables, el antijuego por el que nos hacían ir a la cama con una cierta ira y un rencor entre los dedos.

Pero Dios, estaba Dios. En los ojos de una virgen María, o en los cuatro ángeles de la guarda, o sea la posibilidad de los milagros, la promesa de la magia, en algún lado, un consuelo o una verdad no repetida ya más tarde, o peor aún, repetida desde la voz gutural y aburrida de un cura gordo desde un púlpito. Un Dios que hay que hacer crecer para que nos deje tiempo de ser nosotros, y el tiempo, precisamente el tiempo es lo que se nos escapa entre los dedos.

Y sí. Uno sabe después las sensaciones que viajan al principio, el arrullo de un abrazo al caer la noche, tras el cansancio de un día de nimiedades o heroísmos, no importa el arrullo al final, uno sabe la forma de deslizarse de un abrazo, y la ternura, y por más que se repita, 24 horas es bastante para un feliz olvido y volver a comprobar que el agua es agua, y la piel no muere si hay cosquillas y vello erizado, y sangre que palpita, tierno pan de sal. ¿Eso era nacer de nuevo? Olvidar y sólo sentido.

Todo eso forma parte del lugar que se revisita cuando es menester según yo creo. Las fotos no lo dicen, ni acarician, ni huelen; pero es una excusa para recuperar el camino de vuelta. Ahora entiendo ese afán por no olvidar.

Cuando entré en la casa vieja de mi tía abuela, en un pueblo al que no volvía desde mucho tiempo atrás, y respiré la madera de los estantes junto a la cocina, todos estaban allí. Los hombres y mujeres que llevaban mis apellidos, y alguno hasta el nombre; los que me hablaban de las guerras, las gracias, los misterios, los hallazgos pequeños y grandes, como para descubrir el mundo que hubo antes. Y ¿saben qué? En el fondo creo que todos fueron un poco infelices. Llevaban impreso un romanticismo que no les llevó a muchas cosas, sólo les servía para contar adornando de mentiras las historias a sus sobrinos y nietos. En el fondo, soy injusto, porque no sé nada de ellos y apenas podría asegurar que lo poco que sé sea cierto, o no más un capítulo de esta historia.

Lo que tenían en común es que todos querían volver. ¿Adónde? A la misma tierra que ahora mi tío quería comprar inútilmente, al olor de la felicidad del juego, a ser lo que fueron. Yo no les entendía, ahora sí, porque viendo la foto de mi sobrina descubriendo un mundo que se le escapa de los dedos, descubro que la paz está en sus ojos. No está mal para el fin de un mal día, cuando el trabajo se volvió duro, cuando las cosas no fueron bellas, cuando el dolor se astilla en soledades tuyas o de otros, cuando apenas puedes con tu cuerpo y con tu alma. Pero descubres que la vida no te ha quitado el derecho a esta paz de la mirada, y del viaje en el tiempo, a esta paz de árbol, cuando no puedes hablar de nada, cuando es mejor estarse en silencio, por una vez, y sentir el viento. Por una vez.

franciscosancho@hotmail.com