Jorge Eduardo Arellano
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Se beben la leche pero maldicen a la vaca. La gasolina que Eduardo Montealegre utiliza en sus camionetonas no viene de Arabia Suadita, ni de Yemen del Sur, sino de Venezuela.

Los electrodomésticos de las lujosas mansiones de los coseperos, y los aires acondicionados con que la millonaria oligarquía enfría sus elegantes oficinas, utilizan electricidad alimentada con petróleo del odiado Hugo Chávez.

El disco rayado de los explotadores es que sólo el mercado libre tiene la solución a los problemas de la pobreza, el hambre, el desempleo y demás lacras.

Sólo una economía capitalista podrá, dice el dogma religioso derechista, traer la prosperidad a todos los miembros de la sociedad. Pero esta receta, aplicada al pie de la letra por 3 gobiernos sucesivos, produjo una estampida migratoria de millón y medio de nicaragüenses, y un millón de niños no asistió a la escuela durante el último año del mesero metido a presidente que según él, nos dejó la mesa servida.

Comentando sobre la Cumbre Alimentaria de Managua, el presidente de Ecuador, Rafael Correa, declaró que el problema alimentario que se advierte en el mundo es “el file reflejo del fracaso de los modelos dominantes”, y recordó que durante muchos años se pregonó que el mercado era el mejor distribuidor de recursos. “Son cosas demasiado importantes, estamos hablando de la vida, como para dejarle (resolver el problema) a esa entelequia llamada mercado”, anotó.

Si verdaderamente se creen el cuento, mil veces repetido, que el gobierno es incapaz, ¿por qué quieren incendiar al país demandando que el presidente intervenga? ¿Por qué insistir que un inepto intervenga? ¿Por qué pedir que el gobierno sea el gran solucionador, cuando llevan décadas repitiendo el cuento oriental de ojos oblicuos, que mientras menos intervenga el gobierno, mejor? ¿Por qué no pudieron resolver estos problemas durante los 17 años que jinetiaron el macho? ¿Dónde está la mesa servida del presidente Bolaños? ¿Dónde está la estabilidad del mercado después de 3 “exitosos” gobiernos peleles de los yanques? ¿Tan endebles fueron las conquistas del rimbombante eufemismo de la “economía social de mercado” que ahora dan alaridos por una “economía centralmente planificada”?
Sólo a un inepto se le ocurre hablar con otro “inepto”. Sólo un incapaz prefiere tratar con otro “incapaz”. Sólo un autista quiere entenderse con otro “autista”. ¿Por qué diablos insisten en que el gobierno regule los precios del combustible y subsidie a los transportistas, cuando el dogma de secta religiosa de los ideólogos de la derecha dice que una “economía centralmente planificada” sólo conduce al fracaso?
¿Para qué diablos quieren “regresar a los 80s”? Califican de payasada las ofertas del gobierno, cuando los payasos son ellos. Con sádico morbo alegremente anuncian cómo las mercancías se acumulan en los puertos o son redirigidos a otros puertos cercanos. Como aberrados sexuales que gozan torturando a sus víctimas, expresan con alegría cómo los alimentos no llegarán a los mercados, hasta que “el presidente nos oiga”. A quien deberían pedir los oiga, es a “esa entelequia llamada mercado”, si tuvieran un poquito de coherencia y seriedad.

Ni Somoza se atrevió a rechazar al cardenal Obando como mediador. Estos genios se la ganaron a Somoza. Dios nos salve de tanto politiquero demagogo, de tanto oportunista, de tanto diputado tromponero y degustador de tortugas en veda. Tuvieron 17 años para gobernar a pierna suelta, demostrando que la entelequia no les funcionó.

La entelequia global neoliberal ha fracasado en Latinoamérica. Así encontramos secretarías ejecutivas en Bogotá levantando pedidos de cosméticos de un folletito marca Avon; abogados graduados andan de taxistas en el Distrito Federal de México; graduadas en farmacia de El Salvador venden shampoo asoleado y cremas para la sarna en San Salvador; sociólogos colombianos ofrecen ollas de presión y pólizas de seguros de puerta en puerta en zonas residenciales de Bogotá; y médicos brasileños trabajan como socorristas en Nueva York.

Esa entelequia conocida con el apodo de “economía social de mercado”, ha lanzado a millones de seres humanos al hambre y la desesperación, obligándolos a emigrar a EU sólo para ser maltratados y despreciados como seres humanos de segunda, en el país campeón de los derechos humanos en el mundo.

Huyen del hambre y la pobreza asfixiante, al riesgo de sus vidas para cruzar el muro de la infamia. “Qué diferencia al muro de Berlín”, dicen los sacerdotes paganos del becerro de oro capitalista. En el muro de Tijuana, la tumba colectiva moderna de campesinos hambrientos más grande del planeta, todos quieren entrar, mientras en Berlín todos querían salir.

Pero no dicen que en el muro de la infamia en la frontera México-Americana, los humildes huyen del infierno capitalista y democrático de México, El Salvador, Colombia y Brasil, o sea, huyen de una parte del sistema global a otra del mismo sistema, en donde al menos no se mueran de hambre.

Sólo quedan 4 pelagatos en una Latinoamérica cansada de los cuentos de seres con ojos oblicuos, que tanto pregona la oligarquía. Ya sólo quedan 4 países engrilletados a la tiranía del capitalismo salvaje de la globalización, mismos que se negaron a firmar un proyecto multinacional para combatir la hambruna apocalíptica globalmente manufacturada, que amenaza con matar de hambre a una tercera parte de la humanidad.

Caescorcia@aol.com