Jorge Eduardo Arellano
  •  |
  •  |
  • END

Históricamente Cuba ha estado entre la liberación de Nuestra América y las pretensiones de dominación de Los Estados Unidos. Un destino aparentemente trágico pero realmente heroico: motivación fundamental de sus luchas libertarias.

Durante la revolución independentista, la liberación de Cuba fue para los libertadores condición suficiente para la derrota definitiva de España en América. No lo lograron: se impuso la división propiciada por Washington. Pero sobre todo, se impuso la independencia de Cuba como apéndice de Los Estados Unidos, tal como lo había anunciado en 1823 el Secretario de Estado del presidente Monroe (el de “América para los americanos”), John Quincy Adams, a su embajador en Madrid: “es casi imposible resistir a la convicción de que la anexión de Cuba a nuestra República Federal será indispensable”.

Y este espurio objetivo no ha cambiado. Por el contrario, se ha recrudecido, profundizado, radicalizado. Porque mientras para los Libertadores, con el indiscutible liderazgo de Bolívar, Cuba era garantía potencial para la liberación americana de España, ahora, a principios del siglo veintiuno, en ocasión de las luchas regionales por la segunda independencia, Cuba es la garantía real para la liberación americana de Los Estados Unidos.

Sin Cuba, en efecto, hubiese sido imposible la cristalización de las luchas por la nueva independencia americana: el salto revolucionario de Venezuela, Bolivia, Ecuador; el regreso de Nicaragua; el vuelco hacia la izquierda de Brasil, Argentina, Chile, Uruguay, Paraguay; el reposicionamiento político de las naciones caribeñas. Pero más que esto, sin Cuba sería imposible el desarrollo vertiginoso de estos cambios revolucionarios, la unidad geopolítica de la región, la segunda independencia.

Esta es la razón histórica, la causa de la cada vez más irracional posición de la actual administración norteamericana, exacerbada por su derrota en el gran Medio Oriente y la profunda crisis económica producida por el fracaso del neoliberalismo en el mundo, que también golpea a Los Estados Unidos. Derrota y crisis potenciadas por las luchas de todos los pueblos de la tierra en contra de la unilateralidad.

Es decir, una administración necesitada de compensar su derrota con desesperados actos espectaculares para recuperar su hegemonía mundial, al menos en parte, en América Latina y El Caribe. Agravada además esta necesidad por el severo juicio que en su contra ha abierto el pueblo norteamericano en ocasión de las elecciones presidenciales; pero también reforzada por la expectativa occidental de que estas elecciones produzcan el relanzamiento del sistema capitalista con el liderazgo de Washington.

En este escenario crucial se le impone a esta administración norteamericana la liquidación de la segunda independencia americana, la misma de la cual Cuba es garantía efectiva. Un escenario a tres bandas: Cuba, que es el objetivo estratégico, histórico, desde Adams-Monroe; la revolución latinoamericana, que es considerada coyuntural, promovida por y sometida a Venezuela, tal como percibieron la primera independencia; y los riquísimos recursos del continente: hidrocarburos, agua, biodiversidad, pueblos --para ellos, sólo un recurso explotable.

Es cierto: en términos racionales, la actual administración no está en capacidad para llevar a cabo un plan semejante. Pero está cuestionada seriamente la racionalidad del Presidente Bush jr., y la de no pocos de los miembros de su equipo. Y si bien existe la posibilidad de que el Congreso y el pueblo norteamericano se lo impidan, también es cierto que lo más probable es que ellos maniobran para dejar amarrada a la próxima administración con un plan descabellado, tal como lo hizo en su oportunidad el presidente Eisenhower con su sucesor, el presidente Kennedy --la ansiada venganza de Playa Girón.

Existen abundantes y evidentes hechos de la actual administración norteamericana, todos violatorios del derecho internacional, que apuntan a esa acción descabellada contra Cuba y la segunda independencia americana.

Por ejemplo: la rehabilitación de la IV Flota como amenaza de uso de la fuerza, el reforzamiento de Colombia como base militar de agresión a la región, el admitido espionaje militar aéreo sobre territorio venezolano, la lucha por desestabilizar al gobierno argentino a través de los mega-productores agrícolas, la ambicionada desintegración de Bolivia, la agresión militar a Ecuador, las frecuentes acciones para desestabilizar al gobierno de Nicaragua. Y últimamente la inverosímil demanda de fronteras flexibles en la región para legalizar las agresiones militares desde Colombia.

Pero encima de todos estos hechos graves está la patraña de la reciente convocatoria del presidente Bush, jr. al “día mundial de solidaridad con Cuba”, acompañada de un intensa campaña mediática, pero también del demostrado trasiego de dinero de un connotado terrorista cubano-norteamericano, prisionero además en Miami, a grupúsculos contrarrevolucionarios que operan en la Isla. Nada menos que a través de la Sección de Intereses de Los Estados Unidos en Cuba, su embajada. Es decir, en contra de la Convención Diplomática de Viena.

Nada de esto es nuevo. Todo empieza hace casi cincuenta años cuando después de otro medio siglo de lucha el pueblo cubano derrotó el objetivo histórico de Los Estados Unidos sobre Cuba, la maldición Adams-Monroe. Pero se recrudece exponencialmente con la creación de la llamada Comisión de Ayuda a una Cuba Libre, que persigue la liquidación de un Estado libremente constituido. Otra violación al derecho internacional. Sin embargo, ningún Estado Occidental ha protestado; por el contrario, su Coordinador, un tal Caleb Mc. Carry, ha sido recibido oficialmente por más de un gobierno de la Unión Europea.

¿Es posible que toda esta agresión pase inadvertida a la opinión pública de América Latina y El Caribe? ¿O es solamente que no merece el repudio de los medios de comunicación? Parece ser que esto último es determinante. Porque sin duda alguna, frente a tanta impunidad norteamericana-occidental contra Cuba y la segunda independencia de América, los pueblos de la región reiteran día a día su permanente solidaridad con Cuba, su solidaridad consigo mismos.