Jorge Eduardo Arellano
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AMSTERDAM- A menudo se dice que en las guerras la verdad es la primera víctima. Pero si nos atenemos a la verdad, las mujeres son las primeras víctimas. La Unicef, el órgano de Naciones Unidas para los niños, observó recientemente que en las zonas donde hay conflictos la violencia sexual se propaga como una epidemia. Se trate de guerras civiles, pogroms u otros conflictos armados; con demasiada frecuencia los cuerpos de las mujeres se convierten en parte del campo de batalla. Las víctimas de las atrocidades sexuales a gran escala incluyen desde bebés hasta ancianas.

En Darfur, las milicias janjaweed secuestraron a una niña de doce años y la violaron en grupo durante una semana, separando tanto sus piernas que quedó inválida de por vida. Sin embargo, el mayor temor de las víctimas de violación en Darfur es que nunca encontrarán marido. Bajo el derecho de la sharia, se acusa a las mujeres violadas de adulterio y fornicación. El año pasado, en Sudán, al menos dos jóvenes fueron sentenciadas a muerte por lapidación. Como señala Refugiados Internacionales: “Es más probable que el gobierno actúe contra quienes denuncian y documentan las violaciones, que contra quienes las cometen”.

En las guerras que actualmente están devastando a la República Democrática del Congo, las víctimas de las violaciones también cargan con la culpa. Los maridos y las comunidades abandonan y destierran a las mujeres violadas. Frecuentemente sufren mutilaciones genitales por arma de fuego o son arrojadas desnudas a la hoguera.

En culturas donde se arreglan los matrimonios y la castidad es el concepto central de la femineidad, una mujer que pierde el honor lo pierde todo. El estigma generalmente es una carga más pesada que el ataque mismo. Por ello, no es sorprendente que la mayoría de estas niñas y mujeres ultrajadas guarden silencio.

Durante la guerra de los Balcanes de los años noventa, las mujeres eran violadas con el propósito de que dieran a luz a los hijos de sus enemigos. Según cálculos de la Unión Europea, únicamente en Bosnia 20 mil mujeres fueron víctimas de violación. En gran medida se les ha abandonado y han quedado traumadas por sus experiencias y condenadas a una vida de pobreza.

Se calcula que en 1945, dos millones de mujeres fueron víctimas de la crueldad sexual del Ejército Rojo --y no exclusivamente mujeres alemanas, sino también judías que habían permanecido escondidas, sobrevivientes de los campos de concentración y miembros de la resistencia--. Según la periodista alemana Ruth Andreas-Friedrich, la vergüenza por el “honor perdido” creó una “atmósfera de suicidio”. En abril de 1945 hubo más de 5 mil suicidios en Berlín. Los maridos, padres y maestros presionaban a las mujeres y niñas para que se quitaran la vida después de ser violadas por los soldados rusos, porque lo que más les preocupaba era su “honor”.

Para muchas mujeres y niñas, el sexo fuera del matrimonio sigue siendo peor que la muerte. Por ello es más sorprendente --y doloroso-- que este crimen de guerra específico haya recibido tan poca atención durante tanto tiempo. Durante la Segunda Guerra Mundial, la prohibición de las violaciones estaba bien establecida en el derecho internacional, pero en los juicios de los crímenes de guerra de Nuremberg y Tokio, sólo se trataron unos cuantos casos.

Durante el genocidio en Rwanda, las violaciones masivas eran la norma. Pero los ataques sexuales se incluyeron únicamente de manera accidental --y secundaria-- en las acusaciones del Tribunal para Rwanda. Después que una mujer declaró espontáneamente que ella y otras mujeres habían sido violadas antes de la masacre, una juez dio seguimiento al caso y reveló la enorme dimensión de la violencia sexual contra las mujeres. El Tribunal para Rwanda fue el primero de la historia que catalogó a la violación como un posible acto de genocidio.

En 2001, el Tribunal Penal Internacional para la ex Yugoslavia en La Haya, condenó la violación sistemática de mujeres como un crimen contra la humanidad. En el trascendental caso de Foca, el TPIY condenó a tres serbios bosnios por violación, tortura y esclavismo de mujeres musulmanas en 1992. Durante semanas, niñas, algunas de ellas de 12 años de edad, sufrieron violaciones en grupo.

Sin embargo, quienes cometen violaciones y otros tipos de violencia sexual durante las guerras, generalmente no son enjuiciados. Recientemente, el líder de las milicias del Congo, Thomas Lubanga, fue el primer prisionero juzgado en la Corte Penal Internacional de La Haya por reclutar niños soldados. No obstante, en la acusación no se mencionó la violencia contra las mujeres, lo que causa “gran consternación” a las víctimas, según las organizaciones de derechos humanos del Congo. Presentaron una petición para que la CPI investigue las violaciones masivas que han cometido todas las partes en el conflicto.

La impunidad característica de estos espantosos crímenes debe terminar. Los gobiernos, los parlamentarios, los líderes de milicias y de opinión deben discutir abiertamente la violación y otras formas de violencia sexual contra las mujeres. Los juicios deben ser la norma. La CPI y otros tribunales deben enviar una señal clara a los delincuentes.

Para las mujeres que han sido víctimas de violación no hay compensaciones monetarias, estatuas o rituales de duelo. Eso también debe cambiar. Debería haber un monumento a la mujer violada desconocida en la CPI. Tal vez entonces los jueces pondrían más atención a la violencia sexual contra las mujeres.

Heleen Mees es economista y abogada holandesa. Su libro más reciente --“Weg met het deeltijdfeminisme!-- examina la tercera generación del feminismo. También es autora de un libro sobre derecho de la Unión Europea y fundadora del Comité de Acción Femenina Women on Top.

El libro más reciente de Femke van Zeijl --Een nacht in een vijzel-- estudia las vidas de las mujeres en Mozambique, Sudán, Rwanda, Burundi, Uganda y la República Democrática del Congo.


Copyright: Project Syndicate, 2008.

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