Jorge Eduardo Arellano
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Cuando las arbitrariedades de los gobernantes y sus cómplices se suceden una a otra y a otra, terminan por abrumar. Uno no ha terminado de digerir la última de esas arbitrariedades cuando ya está sufriendo una nueva; y no son pequeños atropellos sino muy grandes y muy graves para los intereses de los ciudadanos en lo económico, político y social.

En el caso de nuestro país ya ni siquiera guardan las formas, como suelen hacerlo hasta los más burdos dictadores; no, lo vienen haciendo de manera inescrupulosa y descarada. Pareciera que encuentran un especial disfrute en restregarle en la cara a la población que su concepto de gobernar y de hacer política es al margen o en contra de la ley, y que la discrecionalidad y el voluntarismo son sus recursos más preciados.

Las leyes y reglamentos, cuando no se corresponden con los intereses económicos y políticos de esta clase de gobernantes y sus cómplices, terminan por estorbar, y por lo tanto deben ser evadidos, ignorados o contrariados. Este tipo de personajes no se atienen a las reglas del Estado de Derecho y de la democracia, porque no creen en ellos. Su concepción de la política es otra. Es la voluntad del líder o del caudillo --ni siquiera del partido al cual pertenecen-- la que debe privar por encima de la Constitución y la ley. Como dice Ruidrejo: “el caudillo no está limitado más que por su propia voluntad”.

El mesianismo, la idolatría, el culto a la personalidad manifestada en una permanente y atiborrante difusión propagandística de la figura del líder; el considerarse iluminados por Dios para cumplir, a través de sus acciones, sus supuestos designios; la utilización de fuerzas de choque fanatizadas para intimidar a sus adversarios; la intolerancia hacia otras formas de pensamiento; las acusaciones sin fundamento legal contra “sus enemigos”; el machismo exacerbado y por lo general enmascarado en supuestas posiciones reivindicadoras de la mujer --aunque con sus acciones actúen contra ella--; el discurso demagógico, arropado de un supuesto lenguaje popular, a través del cual pretenden hacerle creer a sus bases que luchan por sus intereses; el uso de eslogans o consignas para sustituir el discurso racional, serio y crítico; los símbolos físicos y gráficos que los identifican con su línea de “pensamiento”(camisas azules, camisas negras, boinas rojas, etc.), son algunas de las características de estos nocivos personajes de la historia.

Uno de los rasgos más relevantes de los líderes de estos regímenes, es el de ver el ejercicio o la implementación de la política a través de un prisma permanentemente conspirativo; es decir, no tienen a la Constitución y las leyes, ni a las instituciones del Estado, como sus marcos referenciales para el desarrollo de su gestión y ejercicio de sus cargos, sino a la norma conspirativa que las sustituye recurrentemente en su afán de permanecer en el poder, y de restarle espacios al resto de sus adversarios; es decir, al resto de actores políticos, empresariales, gremiales, organizaciones de la sociedad civil, y a los ciudadanos que osen desafiar sus designios.

En su mentalidad febril y sincrética entre la fe religiosa y la política, viven viendo fantasmas donde sólo hay reclamos de justicia y de respeto a las reglas del juego que la democracia delimita, y de creación e implementación de políticas apropiadas y debidamente consensuadas para hacerle frente a los graves problemas que aquejan a la población, principalmente a las mayorías más desposeídas.

Como no creen en la democracia, ni la liberal o la socialista, pretenden cercenarle a los ciudadanos el derecho a la crítica, a la movilización, a la organización, a informar y a informarse, y resto de derechos civiles y humanos alrededor de los cuales debe girar todo el quehacer de la vida de la nación. La acusación de enemigos del pueblo y vende patrias, endilgada contra los partidos de verdadera oposición, organizaciones de la sociedad civil, gremios que reivindican mejores condiciones laborales y salariales, o ciudadanos que se atreven a cuestionar políticas y actos de estos gobernantes y sus cómplices, es el recurso más fácil y manido al cual recurren para tratar de estigmatizar a quienes les critican, y para tratar de ocultar sus desafueros e ineptitudes de toda índole.

Este tipo de personajes tienden a privatizar, bajo su mando, al Estado democrático y sus instituciones (por muy débiles o fuertes que estos sean), para ponerlos al servicio de su doctrina, si la tuvieren, o de sus ideas alborotadas y fantasiosas de poder, como ha ocurrido con la mayoría de los dictadorzuelos de estas y otras latitudes.

A las sociedades les ha llevado mucho tiempo e innumerables sacrificios alcanzar estadios de civilización que las acerquen a vivir bajo regímenes de convivencia nacional e internacional, amparadas en las leyes y normas éticas compartidas por las mayorías.

Mientras estas mayorías no dispongan cambiar el régimen, con todo y las leyes y normas que lo sustentan, y para el beneficio de la nación, nadie puede pretender imponer, por la vía de la fuerza o la coacción, para sí, su familia, allegados y cómplices de otros tintes políticos, un modelo a todas luces violatorio de esa legalidad establecida y aceptada por esas mayorías. Una práctica de esa naturaleza sólo puede ser calificada como dictadura fascistoide; o, en el menos grave de los casos, como un remedo de ella, pero igualmente grave. Juzgue usted si en Nicaragua se está incubando un régimen de esa calaña.