Jorge Eduardo Arellano
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Recientemente, el Instituto Nacional de Información de Desarrollo (Inide) ha construido un mapa de pobreza, que utilizando indicadores de necesidades básicas insatisfechas, aspira a ubicar en un contexto de focalización y de prioridades sociales las diferentes áreas territoriales --regiones, departamentos, municipios y localidades menores-- en la peor condición de nivel de vida en el país, como es la pobreza extrema.

En realidad, diversos enfoques han demostrado que mientras la demanda social supere ampliamente la capacidad productiva del país, disponer de un mapa de pobreza actualizado que ubique geográficamente a los más pobres de acuerdo a sus necesidades, se convierte en una herramienta fundamental de trabajo para el Estado y toda la sociedad en su conjunto. Pero la construcción de estos mapas como instrumentos de focalización que sean eficientes, comprensibles y técnicamente transparentes, no es reciente en el país --se vienen elaborando desde los años 90--, y su uso ha radicado en apoyar la planificación/inversión adecuadas de nuestros limitados recursos, en programas “pro-pobres” que desean alcanzar un gran impacto en corto tiempo.

En este proceso de trabajo, Nicaragua ha acumulado distintas y valiosas enseñanzas que al analizar este último mapa del Inide están ausentes, y su lectura por tanto, deja un cierto vacío del nivel de oportunidad y eficacia de este instrumento para identificar adecuadamente cuáles son las localidades de más urgente atención social del país.

Por ejemplo, seguir focalizando basándose en el indicador de “incidencia de la pobreza” (cuántos son los pobres y dónde viven), no sólo es insuficiente y parcialmente necesario, sino que puede inducir a cometer errores de “exclusión-inclusión” al eliminar de las prioridades a población que debe atenderse pronto, o incluir áreas geográficas que no son realmente importantes.

La tendencia del país en estos años ha sido utilizar en lugar del concepto de “incidencia de la pobreza”, el de “profundidad de la pobreza”, que es más eficiente en identificar qué tan pobres son los pobres; estima el tamaño de la brecha que los separa del bienestar, y aproxima una valoración de los requerimientos para mejorar su condición de vida.

Al saber que en nuestro país hay grandes grupos de personas viviendo hacinadas, sin servicios adecuados, malas viviendas y muchas otras necesidades básicas, y en suma, con “mucha pobreza y pocos recursos”, el mapa debe afinar obligatoriamente la puntería de la inversión social, cuantificando qué tan intenso es el deterioro de los niveles de vida en los territorios. Esto sólo se logra incorporando geográficamente las diferencias existentes entre las personas ligeramente pobres y las que viven en aguda miseria; y para Nicaragua, con la segunda economía más deprimida de Latinoamérica, esto es vital si desea reducir significativamente sus altas tasas de pobreza.

Según el ordenamiento final de municipios en el mapa del Inide, por ejemplo, San Nicolás (con 57.9% de pobreza extrema), San Dionisio (57.8%) y Río Blanco (57.7%), aparecen cercanos de acuerdo al concepto de incidencia; pero si esa clasificación hubiera utilizado más bien “la distancia o profundidad” que separa a sus personas muy pobres, en relación a los niveles mínimos de vida aceptables en el país, esos municipios estarían clasificados de forma distinta, con la gran ventaja de que bajo este procedimiento se privilegiaría a los más empobrecidos.

Otra enseñanza postergada en dicho mapa es incrementar su eficacia, complementándolo con variables municipales también correlacionadas a su nivel de vida. Indicadores como potencial productivo, remesas, capital humano, condiciones ambientales, educación, migración y otras, debieron integrarse a esa herramienta vital en el combate a la pobreza, para ordenar las prioridades territoriales del país desde una visión mucho más realista.

Finalmente, es importante señalar que comparar los resultados del mapa del Inide con otros elaborados antes, e incluso con estudios de pobreza recientes, como he visto publicado en los medios de comunicación, es incorrecto, ya que mientras aquellos utilizaron indicadores económicos o monetarios --de ingreso o consumo-- como concepto de pobreza, en este caso que nos ocupa se ha operado con índices de acceso a los servicios, que es otra visión distinta del mismo fenómeno (insistir en ese enfoque, es sencillamente como contrastar naranjas con melones).

* El autor es matemático y consultor estadístico