Jorge Eduardo Arellano
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El término deuda, desde hace algún tiempo ha rodado en Nicaragua por los medios de comunicación.

En el gobierno de Doña Violeta el monto de la deuda externa, los distintos esfuerzos y mecanismos para reducirla, constituían una noticia intermitentemente sostenida. Los 12 mil millones pesaban tanto, que una generación no tendría la capacidad para deshacerse de ella. La deuda se redujo en un 50 ó más por ciento, hecho caracterizado como un gran logro. Casi a diario desde distintos ángulos y con distintas voces, la deuda externa estaba presente en nuestros noticieros y medios escritos.

La reducción de la deuda externa siguió ocupando espacios importantes en la economía nacional, violentada abruptamente por la famosa quiebra de los bancos y las expresiones solapadas o patentes de corrupción. Por otra parte, el alivio de los intereses de la deuda externa no abonó la posibilidad de invertir en el sector social.

A raíz de esa quiebra surgieron una serie de hechos, todavía presentes en los medios y en la conciencia nacional, pero que en el gobierno del Presidente Bolaños tomarían carta de ciudadanía mediante la enorme deuda interna con el rostro y el disfraz de los famosos Cenis. La deuda interna substantiva e inmoral en cuanto al monto en millones de dólares, y la forma de adquirirla, incluidas las indemnizaciones, ha supuesto una carga abrumadora para el erario nacional y amplios sectores de la población, convirtiéndose en un poderoso obstáculo para atender debidamente al sector social y sumar al desarrollo equitativo del país.

He traído a colación estos trazos referidos a la deuda externa e interna a la que se enfrenta el país, porque, ella se convierte en el principal de otros factores económicos y políticos que mantienen un impacto negativo para enfrentar necesidades básicas de la población, que van desde el hambre hasta la falta de educación.

Nicaragua acumula una extraordinaria deuda social, deuda con mucha gente.

En esta compleja madeja política, económica y social, no es frecuente escuchar con voz clara y resonante que existe una deuda específica acumulada e inserta en las entrañas mismas de la colectividad nacional. Esa deuda se llama educación con mucha gente, con miles de nicaragüenses y con la propia vida del país.

La educación es una deuda que el país ha acumulado y tiene con la gente, es una deuda patente y silenciosa, deuda de enormes repercusiones para el desarrollo del país. La educación, deuda con mucha gente, además de negar a amplios sectores de la población su derecho fundamental a educarse, reproduce la pobreza por cuanto la no educación de la gente convierte a ésta en ciudadanos con capacidades reducidas para activar su bienestar y el desarrollo de la nación, a través de su participación en la prestación de bienes y servicios.

La deuda de educación con mucha gente no se puede cuantificar en millones de dólares corrientes, pero a juzgar por su impacto, sí se puede derivar teniendo como fuentes lo que se invierte en educación, el costo para el desarrollo del país que supone tanta gente sin oportunidad a educarse, y la reducida calidad de la educación que reciben muchos nicaragüenses.

Asumiendo que cada persona bien educada es un capital, y que cada persona no educada constituye un capital humano frustrado, ubicado más en la sobrevivencia que en el desarrollo, la deuda que el país tiene con la gente en educación posiblemente sobrepasa el monto que se invierte actualmente en educación básica y media, que es aproximadamente del 3.7% del PIB. Es decir, a la larga, dejamos de producir por carecer de educación, lo que estamos invirtiendo en ella. Se trata de un contrasentido. Una de tantas contradicciones radicadas en nuestro país. No obstante la pobreza en sus múltiples manifestaciones contra el ser humano sigue bien asentada en el país. La población no educada es una de sus principales expresiones. Una vez más se impone el imperativo de invertir más y mejor en la educación del país.


*Ideuca