Onofre Guevara López
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Nuestro presidente Daniel Ortega ama el poder con la misma intensidad con que odia los medios de comunicación que tienen una aspiración contraria a la suya: no quieren verlo indefinidamente asido al poder. Creen que ya es hora de ver a nuestro país y a su pueblo viviendo estilos de gobierno democráticos y no reciclando lo peor del pasado.
Pero definamos las cosas; así como el poder gubernamental no es un ente pensante, sino individuos con el poder institucional en sus manos, tampoco lo es ningún medio de comunicación, sino periodistas, individuos con criterio independiente y otros coincidentes con los empresarios que los hacen funcionar. Pero las agresiones verbales del presidente Ortega no discriminan.
Es posible que, como gremio, el periodismo aspire a que el gobernante cambie su hostilidad por una relación de respeto, convencidos ambos de que para que éste sea mutuo, él no debe imaginarse amo, sino depositario de la voluntad popular, y el periodismo hacer esfuerzos por ser mejor intérprete de esta voluntad. En términos generales, el periodismo reconoce la autoridad del presidente que alcanzó el poder con la mínima cantidad de votos, porque respeta la institucionalidad democrática; en reciprocidad, el gobernante también está obligado a respetarla.
En la realidad, todo ocurre distinto. En la voz del gobernante oímos ofensas como “Hijos de Goebels”, “venaderos”, “sabios de plantilla”; lo más grosero que les ha dicho en público a los periodistas, pero no estamos seguros de que en privado sus ofensas sean de menor calibre. Además, suficientes con su actitud contra el periodismo para que cualquier trabajador de los medios de comunicación se sienta irrespetado y ofendido.
Como periodista así me siento, aunque, igual que nuestro presidente, carezco de título académico, pero la experiencia me permite ejercer de hecho el periodismo como a él le permite ejercer la presidencia sin tener título académico. Yo no soy dueño de ningún medio; él tampoco es dueño del país. Así es la vida, nada fuera de lo normal: a mí me leen, si quieren, y puede gustar o no lo que escribo, pero ni siquiera imagino en qué porcentaje suceden ambas cosas; en cambio, nuestro presidente tiene la dicha de saber que los nicaragüenses lo aceptamos como tal, pese a que sólo el 38% de los ciudadanos le dio su voto.
Se me planteó el dilema: ¿respondo o no me doy por aludido por los denuestos contra imaginarios “hijos de Goebels”, posibles “venaderos” y supuestos “genios de plantilla” en el periodismo? No fue difícil la decisión. Debo responder, no porque me sienta aludido por ninguno de estos epítetos, sino exactamente por lo contrario debo responder.
Es imposible, sería contra natura, que siendo descendiente de mestizos y orgulloso de mis padres trabajadores; con ideas de izquierda, que nunca le ha besado ni le besará el anillo a ningún cura, y siendo formado en el antifascismo y el antiimperialismo, ¿pudiera yo tener coincidencia ideológica con algún hijo putativo de Goebels? Esto es lo primero.
Lo segundo es que lo “venadero” está tan alejado de mi conducta personal como tan alejado ha podido estar de las manos de nuestro presidente algún instrumento de trabajo productivo, manual o técnico. Yo viví mucho tiempo de mi trabajo manual, y seguiré viviendo en lo que me pueda restar de vida de mi trabajo intelectual. Inmunizado contra toda práctica “venadera”, pues.

Cuando mis amigos me preguntan cómo estoy, les respondo en broma, y más en serio que en broma, que aparte de gozar de buena salud a los 78 años, “sufro de cuatro enfermedades terminales”: viejo y pobre, ando a pie y vivo largo. No podría ser de otra manera. Con una pequeña jubilación del INSS y otros ingresos mínimos, estoy seguro que la primera dama no podría comprar ni la mitad de las flores con las que le adorna uno solo de los altares al presidente.
Tampoco acumulé dinero durante los catorce años que trabajé en el diario Barricada, ni cuando fui representante en el Consejo de Estado y en la Asamblea Nacional; allí me desempeñé simultáneamente como legislador, cronista (la “Asamblea Nacional por dentro”), director del Departamento de Publicaciones y Diario de Debates, y editor de la revista Monéxico por el mismo bajo salario. De nada de esto me quejo, más bien me siento orgulloso; saco pecho con ello.
No mucha gente entiende que un ciudadano le dé lo que puede a la revolución por la que ha luchado (muchísimos les dieron hasta su vida), y no le cobre nada. A propósito, ¿cuántos fieles amigos del señor presidente pueden asegurar lo mismo? (Contestación de grupo).
De lo tercero, los “genios de plantilla”, ni me ocupo por lo obvio.
Las calumnias de los adversarios no hacen si no fortalecerle a uno sus convicciones; los denuestos venidos de quienes alguna vez fueron “compañeros”, ni siquiera hacen dudar. No puedo pensar que un gobierno de izquierda no deba ni pueda ser criticado por quienes también nos declaramos de izquierda; o que, por esa afinidad en el adjetivo, estemos obligados a llenar de elogios al presidente, sin tomar en cuenta su actuación política y administrativa. De todas formas, para hacer crítica o para reconocer lo positivo, un periodista sólo debe fundarse en razones objetivas y justas, nunca en obligaciones ni compromisos.
Independiente de todo lo dicho, una respuesta justa a las gratuitas ofensas recibidas, es insistir en criticar todo lo que merezca ser criticado –alabar a un gobernante, nunca debería estar en el oficio de un periodista—, pero sí reconocer lo bueno si de verdad lo merece. Habitualmente, los gobernantes reclamar al periodismo no sólo por las críticas, sino también por la falta de elogios a sus gestión, y eso no vale.
Es que esos sus deseos no los compaginan con su gestión administrativa; menos con lo que ofrecen en campaña electoral, cuando quieren ser elegidos “para trabajar por la patria y el pueblo”. Y, de hecho, por eso y para eso son elegidos, pero después no cumplen, se pagan muy bien y se otorgan excesivos privilegios. Para colmo, no han sido pocos los gobernantes que, no conformes con su suerte… han borrado la división entre sus intereses personales con los del Estado.