Jorge Eduardo Arellano
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De los tres leoneses fundadores de la Academia Nicaragüense de la Lengua --creada hace 80 años por su matriz, la Real Academia Española, en su Junta del 31 de mayo de 1928--, el médico y cirujano Luis H. Debayle (1865-1938) ha perdurado muchos más que sus coterráneos: el filólogo e historiador Alfonso Ayón (1858-1944), y el jurista, prosador y crítico de arte en ciernes, Francisco Paniagua Prado (1861-1932). Tal lo revela la biografía que le consagré el año 2000, cuya segunda edición --muy ampliada-- acabo de entregar a Hispamer.

Afecto a su solar nativo y enaltecedor de sus valores (“todo lo saliente de León fue amado, justipreciado y aclamado fervorosa y públicamente por él”), Debayle fue sujeto el mismo de un aspecto de la irradiación intelectual leonesa: la afición lírica. Su convicción y aplicación científica no se la impedía. “Rimaba versos modernistas con reminiscencias del viejo Hugo” --apuntó Mariano Fiallos Gil--. De ahí que haya improvisado octosílabos a la par de Rubén Darío en la isla del Cardón, en 1908; y escrito otros versos de carácter ocasional que obedecía a irreprimibles sentimientos familiares o a deseos quiméricos: “La gloria que ansía nuestra mente inquieta”. Todos revelaban --según el propio Darío-- antiguos ecos amorosos y perfumes heredados de una tradición patriarcal. La mayoría los reunió su autor en el volumen Ritmo y alma (1933); algunos figuran en tres antologías: las de los poetas y escritores de León (1922) que insertó en un número doble de su revista Darío el escritor, Juan Felipe Toruño (1898-1980); en Nicaragua lírica (1937), publicada en Santiago de Chile por el presbítero Isidro Augusto Oviedo Reyes (1905-1968); y en Poesía nicaragüense (1948), de María Teresa Sánchez (1918-1984).

Pero su valor literario radicó, especialmente, en la prosa. No la de su juventud, reducida a la de sus desconocidos artículos de fondo de El Católico, periódico de León, sino la de su madurez: la de sus breves ensayos y pensamientos, aparecidos en revistas leonesas como Azul (1916) y Actualidad (1929), por citar dos de ellas. Es en su prosa, de genealogías francesas por su hondura y exactitud cartesiano, donde realizó su mayor contribución intelectual. En concreto: la de sus máximas morales, estéticas y filosóficas, contenidas en su volumen Luz y amor, que tuvo tres ediciones (1923, 1927, 1934, 1973), y en el folleto Reflexiones y aforismos médicos (1937).

Debayle no concibió en sus pensamientos ninguna vana pretensión. Apenas el deseo de transmitirlos a sus hijos siguiendo los magnos modelos franceses del XVIII: Montaigne, Pascal y Jean de La Bruyere, autor de Los Caracteres. “Un Moliere en máximas y un Saint-Simón en miniatura”

--retrató a La Bruyere Lamartine--. Es La Bruyere --imitador de Séneca en el pensamiento y de Teofastro en la brevedad-- el modelo del prosista Debayle que, en sus dos obras citadas, tensa la lengua como una cuerda floja mediante un nudo que centuplica sus fuerzas. No es necesario enumerar todos los temas que, con un afectivo poder de síntesis, desarrolló; pero en los siguientes sus ideas admiten aún una lectura provechosa: AMOR, ARTE, DUDA, EGOLATRÍA, ENVIDIA, ESTILO, FRANQUESA, HISTORIA, IGUALDAD, INTERÉS, LENGUA, MAESTROS, OPINIÓN PÚBLICA, ORIGINALIDAD, PALABRA, RESPETO, RELIGIÓN, VALOR Y VIDA.

Por otro lado, “Mis desaparecidos” --o semblanzas de personalidades artísticas, científicas, filantrópicas y políticas-- que conoció en los mejores momentos de su vida, no desmerecen incluirse en una antología. Ya no se diga una “Carta” suya que en 1904 Mariano Barreto incluyó dentro de un “Florilegio de prosistas nicaragüenses”, como apéndice de una de sus obras. Fragmentariamente, esa misma carta fue incluida por Leonardo Montalbán en su Antología hispanoamericana /Nicaragua (1918), publicada en San José, Costa Rica. En ese texto, Debayle declara la dualidad que marcó su existencia: “De Francia recibí mi sangre y mi cerebro. De Nicaragua recibí la savia de la vida. De Francia vinieron mis abuelos; en Nicaragua tengo mi hogar, mi aire y mi sol. Amo a Francia, la venero por grande; amo a Nicaragua por joven y por débil. La prosperidad de Francia me entusiasma; la desgracia de Nicaragua me entristece. Tiemblo de espanto ante el fracaso posible de la gran Francia, como que sería el fracaso de una raza; no sufro menos ante el porvenir oscuro de esa joven nación americana, bella, ingenua e inexperta, expuesta a la rapacidad y a la concupiscencia de los malos y de los fuertes”.

Su carácter letrado había sido determinante para que el intelectual conservador Carlos Cuadra Pasos, Ministro de Relaciones Exteriores de la Segunda administración presidencial de Adolfo Díaz (1926-28), lo seleccionara con otras seis personalidades con el fin de integrar nuestra Academia de la Lengua, nacida como correspondiente de la Española, según despacho del 1 de junio de 1928. De manera que el día de su instalación --el 9 de agosto del mismo año-- recibió el diploma correspondiente y se le asignó la silla G. También formó con Paniagua Prado la Comisión redactora de sus Estatutos. El 20 de noviembre de 1928 ya estaban elaborados y ocho días después fueron aprobados.

Evidentemente, no por su calidad científica, sino por su faceta literaria, “El Sabio” había sido privilegiado para fundar la corporación nicaragüense. Entonces ya había publicado en folleto, desde 1908, tres discursos y dos poesías; y en libro las primeras ediciones de su breviario de ideas: Luz y amor: la hondureña de 1923 y la guatemalteca de 1927. Ya era suficientemente conocido por sus discursos de filigranas consagratorias, de poesías cuasimodernistas --aunque, en definitiva, no era poeta-- e incluso había espigado en la filosofía. Por ello debió ser elegido para contestar el discurso del primer literato que ingresó a la Academia a raíz de su fundación: el ingeniero J. Andrés Urtecho, leído en el Club Internacional de Managua, el 7 de junio de 1929. En esa pieza, Debayle planteó que Urtecho confirmaba su tesis sostenida hace tiempo: que el amor a las letras no es incompatible, de manera alguna, con los estudios científicos; “que el arte no está reñido con las matemáticas y que, si la mediocridad no alcanza la generalización y la universalidad, esta es --en cambio-- patrimonio de mentalidades superiores”. Indiscutiblemente, una de ellas era el propio Debayle.

Pulcra y erudita, dicha pieza demostraba que el académico leonés no desconocía a los filólogos de su tiempo, a quienes citaba: los ingleses Warren, Hastings, Williams, Wilson --emprendedores de investigaciones sobre la lengua, literatura y civilización de la India-- y, sobre todo, al alemán Max Müller (1823-1900), de quien transcribió esta afirmación: “La filología comparada ha contribuido al progreso de la psicología, y nuestra psiquis individual se desenvuelve igualmente bajo su influjo”. Al mismo tiempo, glosó a Víctor Hugo (“Les mots son les passants mysterieux de l´ame”) y, sintéticamente, valoró obras fundadoras de la literatura universal (“monumentos grandiosos e indestructibles de la palabra humana”): La Ilíada, La Odisea, El Mahabarata, El Ramayana, La Eneida, El Mío Cid, la Divina Comedia, La Canción de Rolando, El Paraíso Perdido y Don Quijote de la Mancha. Y también dos de nuestra América: La Araucana del español Ercilla, y el Popol Vuh de los Quichés. Y no podía faltar en esa lista el principal conductor y creador del modernismo: sobre sus antecesores –escribía-- “se cierne el águila de la luz y de la gloria de Rubén Darío, cuya obra trascendental, admirada hoy en el mundo, es sobrado analizar aquí”.

Ya lo había realizado en un discurso, leído el año de la desaparición física del gran poeta, que continúa vigente. Digno de figurar en una selección de aproximaciones críticas, concluye: “Si la onda invasora llegase por desgracia a borrar a Nicaragua de la carta de los pueblos libres, Rubén Darío nos salvará para siempre del olvido”.

*El autor es Hijo Dilecto de la Ciudad de León.