Jorge Eduardo Arellano
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En agosto harán treinta años que Dora María, junto con un grupo de valientes, se tomó el Palacio Nacional somocista, conocido como “La Chanchera”, porque en él los senadores y diputados decidían los destinos del país conforme lo ordenaba cualquiera de los Somoza, secundado por el caudillo zancudo de turno. Hoy todo el país es una chanchera monárquica. “Todo dio vuelta y volvimos al principio”, me dijo el primer día de su huelga de hambre; y de su nuevo gesto heroico yo hago mis propias reflexiones reiterando, pues ya lo he dicho otras veces, que sí, que volvimos al principio de cuando luchamos contra un somocismo que creímos, a partir de julio de 1979, sepultado en un pasado que ha vuelto, por traidor al futuro, más feroz que nunca.

Lo que está sucediendo en nuestro país, todo, sin síntomas de que se está agotando todo lo posible dentro de un contexto cívico, pues los cuestionamientos democráticos sólo obtienen como respuesta la pared del silencio o argumentos cínicos. Estamos en pleno somocismo y la historia demostró que en pleno somocismo, agotado lo posible, hay que hacer lo imposible. Como una vuelta al principio, aquí ubico este otro gesto de Dora María, para que la oposición tome conciencia de que debe de funcionar sin necesidad de que el pacto le dé el visto bueno a su situación legal, pues los hechos están demostrando que si se es oposición, nunca se podrá sobrevivir “legalmente”. Hay que transformar la ilegalidad a la que nos releguen los caudillos en desobediencia civil, como primer paso para reconquistar la democracia y que Nicaragua vuelva a ser República.

La sordera y las arbitrariedades de Daniel nos conducen a la champa de Dora María, y a la convicción de que el pueblo debe de asumir el desafío del tirano y responderle con un clamor cívico y patriótico; el verdadero, el que no es el último refugio de los cobardes. No podemos permitir que mientras el CSE cancela la personalidad jurídica de los partidos que estorban la hegemonía corrupta de las paralelas políticas resucitadas, simultáneamente el ejecutivo, con alevosía y ventaja, esté cancelando la personalidad digna de los nicaragüenses que luchan contra la instauración de una nueva dictadura.

Digo lo anterior porque el gesto de Dora María contribuye a que, de una vez por todas, estemos claros que en Nicaragua existe una voluntad política que está por encima de toda legalidad e institucionalidad, y que es voluntad política de los dueños del pacto, coludidos con el servilismo partidario y económico de los poderes de Estado, deslegitimar “legalmente” la legitimidad y la legalidad, con el fin de consolidar una dictadura cuyo elemento de cohesión y contaminación nacional, es la corrupción.