Jorge Eduardo Arellano
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En la misma ruta de los buses que suben al barrio La Fuente, dos hombres se estaban golpeando, pero no lo hacían de cualquier manera. Es decir, no “eran simplemente dos manes que ya tomados se enredan en un pleito y se tiran golpes”. No. Sino que ambos se miraban fijamente puestos los puños hacia el otro, con uno extendido para protegerse y el otro escondido para lanzar el golpe. No había ring, pero los dos midieron los pasos como si una cuerda invisible les detuviera y cuando uno atacaba, el otro no traspasaba el espacio pactado en su retirada.

Quién sabe cuál sería la disputa, pero la verdad que allí en medio de la acera, estos dos hombres sin camisa congregaron a todo el mundo, detuvieron el tráfico, y poco a poco, la presión del ruido, los claxon y los gritos de la gente superaron el ambiente de cualquier combate oficial y televisado, de ese llamado deporte del boxeo que a veces junta en Managua a todo el mundo frente a las pantallas. Detalle que por supuesto no se le escapa a los políticos de turno, dispuestos a ganarse el voto allí donde hay gente congregada, no importa si en la Iglesia o en los ring de boxeo.

Desde un negocio, que no era la Duya Mágica, salieron dos hombres con fajos de billetes en las manos. Venían como llamados, como sabiendo lo que allí debía ocurrir desde el principio. Todo olía a artificial. Se notaba una especie de parodia y uno se retiró un poco, pensando que allí había gato encerrado, y que podía pasar cualquier cosa. Ya me entienden. Pero la parodia de aquel combate continuó en serio. Y los dos hombres que luchaban comenzaron a sangrar. El pómulo inflamado de uno de ellos explicaba por sí solo que allí se jugaba mucho más de lo que se creía. El otro tenía un corte en la mejilla. Pero ellos no se daban cuenta, seguían dando vueltas en círculo sin perderse la cara del otro, y balanceando los puños, como una forma de decir: “aquí estoy, aún vivo, y te puedo matar”. Los hombres de los billetes llamaron a apuestas. Y hubo quien se aventó y dijo la primera cifra. Igual que el calor, fueron subiendo más allá de los 300 córdobas. Allí en medio de una acera, eso ya era un precio alto. No iban a dejar que los dos se detuvieran. Había ya mucho en juego. El cordón humano del ring se fue achicando; los gritos y hasta el aliento de los otros debían ya estar encima de los dos boxeadores. No tenían más remedio que abalanzarse uno encima del otro. Apenas quedaba espacio para la trayectoria de un golpe, y la cosa sólo consistía en caer encima para desarmar al contrario y ganar la pelea, y otros la apuesta.

Un niño, fuera del círculo, sorteaba con los ojos las piernas de los grandes para ver mejor el transcurso de la pelea. Y él solito la reproducía a la perfección ejerciendo el papel de atacante y defensor, de modo que igual lanzaba un golpe como que imitaba al que lo recibía, con los ademanes propios de un buen actor. Divertido por el alboroto captó la atención de un buena parte de los que allí estaban.

El problema fue que la sangre de los luchadores de verdad se hizo más evidente y los cortes producidos por los golpes más serios. Sobre todo uno, que a pesar del griterío, se oyó chocar en seco sobre un hueso, y los ojos de la víctima se dieron casi una vuelta sin llegar del todo a derrumbar al hombre. El niño detuvo el juego. Los grandes no tenían fuerzas para seguir, pero los de los billetes no dejaban de cantar nuevas cifras, amenazándoles con que si se rendían, les caería la gente encima. La pelea acabaría cuando uno de los dos tumbara al otro. Hasta que por fin salió una señora, empleada o dueña de aquella repostería que no era la Duya Mágica; se dio lugar en medio de las barras y detuvo la pelea con ese sentido común aplastante que sólo tienen las mujeres, y cómo un referee les gritó enérgicamente: “Último round o se van a matar”. El griterío se convirtió en carcajadas, menos en el caso de los hombres de los billetes; y frente a aquella orden de mujer, los boxeadores se achicaron, aflojaron los brazos y apenas se tenían en pie. “Vean a los muchachos, vean cómo están sangrando. No sean caballos, hombre”, les dijo y se los llevó consigo. Si ella no hubiese aparecido, quizá uno de aquellos hubiera terminado en un hospital ese día, muy malherido. En cuanto a las apuestas, no sé en qué quedaron finalmente; quién puede ganar en una pelea que se anula sin victoria o sin derrota. Seguramente, alguno había perdido, pero de los que estaban detrás de la lona imaginaria, los que probablemente organizaron aquel disparate.

Las peleas callejeras con apuestas se multiplican a veces en los días que rodean grandes combates. No sé si ocurría lo mismo cuando peleaba Alexis Arguello, pero así ocurre cuando se anuncia la aparición de Mayorga o de cualquier púgil nicaragüense jugándose un título.

Detrás de los combates de boxeo, muchas veces, hay un truco consentido. Un truco por el que algunos ganan mucho, a pesar de la sangre y la mentira. Se empieza a parecer demasiado a las elecciones municipales en Managua. Un espectáculo de mentira, y donde hay un tufo a que todo está arreglado; artimañas, conversaciones, decisiones dejadas para la última hora, y hasta el uso de las leyes electorales, huelgas de hambre para reclamar una injusticia política, y lo que aún nos queda por ver. Y si verdaderamente todo sigue en esta ida y vuelta, en este combate amañado por otros, no hay razón para esperar ya nada, para creer ya nada. Y hará falta mucho sentido común, como el de la mujer de la repostería, para que alguien cante último round y se disuelva ese disparate de mentiras.

Cuando escribía el artículo me di cuenta que la mujer cantó lo mismo que el título de un libro de cuentos de Cortázar, y uno de ellos, precisamente el de un boxeador argentino, enfermo en una cama de hospital, termina de una forma que parecería leyéndolo al día de hoy, una invitación a la abstención:
“Son cosas que para qué. Me quisiera olvidar de todo. Mejor dormirse, total aunque soñés con las peleas a veces le acertás una linda y la gozás de nuevo... Pero mejor cuando no soñás, pibe, y estás durmiendo que es un gusto y no tosés ni nada, meta dormir nomás toda la noche”.


franciscosancho@hotmail.com