Jorge Eduardo Arellano
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No soy amigo de las velas y los funerales. Los considero un irrespeto al muerto y sus deudos. Creo que el dolor por un fallecido es íntimo, personal, lleno de soledad y ceremonia. Es una despedida en familia, sin publicidad ni pompas. Sin embargo, conozco gente que se apasiona por los muertos. Incluso, está pendiente de su agonía, de su último hálito, y hasta se disfraza de buen samaritano para alistar el cadáver, vestirlo, bañarlo, perfumarlo para la exhibición pública. El interés por el muerto raya en la necrofilia, nada extraño en estos tiempos.

Hace algunos años fui testigo de un acto de necrofilia que me impresionó. Una señora vestida de negro se acercó al féretro, y ante la vista de todos levantó la cabeza tiesa y fría del cadáver para poderle colgar un rosario en el cuello. El movimiento provocó que se le desprendiera de uno de sus oídos un taco de algodón. La mujer, ni corta ni perezosa, recogió el algodón y se lo introdujo nuevamente en el oído. Luego quedó viendo al cadáver con una mirada dulce, angelical, mientras le acariciaba sus manos pecosas y marchitas que sostenían sin vigor un pequeño libro religioso. Y sin lavarse las manos, tomó un bocadillo que andaban repartiendo los deudos, y se lo llevó a la boca sin miramientos.

No entiendo por qué la gente se agolpa en las velas junto al féretro. Niños, hombres y mujeres se asoman con una morbosa curiosidad sobre el vidrio para observar el rostro enhiesto y duro, descolorido y lívido de un muerto. A todos nos gusta observar la muerte desde la posición ventajosa de la vida. Así de reojo, como quien no quiere hablar con ella. Pero todos los muertos son iguales. Ninguno de ellos se mueve, ninguno habla y todos hieden a destierro e inspiran una lástima instintiva. Todos tienen algodones en las mucosas, y sus ojos parecen estar conectados con los ojos de alguien en el más allá. Sin embargo, la muerte sigue siendo todo un espectáculo humano, un show que a los vivos no les gusta perderse por nada del mundo.

Por eso asistimos a las velas y a las ceremonias fúnebres. No lo hacemos porque sintamos el fallecimiento de un amigo o de un ser querido. Exceptuando a la familia doliente, todos vamos por figureo y compromiso social; por curiosear y recoger los últimos chismes que se dicen del pobre muerto. Algunos aprovechan para apretujar a las viudas, para comer como condenados, para jugar poker, emborracharse y enterarse de las miserias secretas del difunto. Y entre horas y deshoras, al filo de la madrugada, ya conocemos el currículum vitae del difunto y su última voluntad, mientras la comida, el ron y los chismes se acaban.

Esta vez observé también a una mujer, muy apoderada de su papel, criticando las pocas coronas que había recibido el muerto; como si la cantidad de coronas lo pudiera resucitar. Se paseaba a cada rato frente a su féretro, y estaba muy al tanto de la gente que entraba y salía, de los comentarios que se hacían de la muerta, de la corbata viejita y raída que andaba el sobrino de la difunta para la ocasión. Pero, Dios mío, qué detalles. La misma señora, que con tanta ceremonia levantaba el cadáver y se deshacía en elogios a la difunta, se reía cínicamente en el patio de la casa con unas amigas, mientras seguía hartándose bocadillos como una indigente. Era impresionante su metamorfosis. Su desdoblamiento era digno de una soberbia actitud histriónica. Al verme, sus ojos se endurecieron. Se sintió descubierta, recién salida del escenario. Sin maquillajes ni máscaras; sin su papel estelar. Adentro seguía la gente, ensayando caras de nostalgia, esperando ansiosa a que llegara el carro fúnebre para cargar el féretro y poder salir disparados a sus casas a bañarse, cambiarse ropa y continuar sus vidas. El muerto, al final de cuentas, está muerto y nadie se ocupa de ellos. Al final, ni la muerte se salva de los protocolos ni de las ceremonias, ni de los llantos que forman parte de una cotidiana obra de teatro. Somos actores desde que nacemos y lo único que nos llevamos al morir es un gesto teatral, una mueca triste, una mirada de sorpresa, en fin, lo que el guión nos depare.

Césare Pavese, el gran poeta italiano, decía que “para cada uno de nosotros la muerte tiene una mirada”. En efecto, la cara de la difunta, pese a su rigidez, reflejaba una sensación de paz y resignación. No hay duda que había muerto, resignada, quizás por su fe en Dios o porque estaba segura que su tránsito por el mundo era temporal. Sin embargo, no creo que le hubieran gustado los protocolos sociales; el cuchicheo de la gente, la necrofilia de algunas vecinas o personas que nunca conoció.

En fin, yo creo que la muerte tiene una mirada distinta para cada uno de nosotros. Para algunos la muerte es un espectro, un fantasma, un monstruo moderno que los asalta con sus manos frías en una esquina. Para otros la muerte es una novia dulce, tierna y deliciosa, que nos mira desde las estrellas y nos acaricia desde nuestro nacimiento. Con esta última quisiera dormirme para siempre.

*felixnavarrete_23@yahoo.com