Jorge Eduardo Arellano
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PARÍS.–
¿Qué significa ser “civilizado”? Obviamente, ser altamente educado, usar corbata, comer con tenedor o cortarse las uñas una vez por semana, no es suficiente. Todos sabemos que ser “civilizado” de esta manera formal no impide que las personas se comporten como bárbaros. En todas partes y en todo momento, ser civilizado significa ser capaz de reconocer y aceptar la humanidad de los demás, a pesar de sus diferentes modos de vida.

Esto puede parecer un punto obvio, pero no se lo acepta de manera universal. La idea de diálogo entre las civilizaciones normalmente recibe buena prensa, pero a veces también es objeto de burla. La conclusión del reciente ensayo de Elie Barnavi “Les religions meurtrières” (Las religiones asesinas) se titula “Contra el diálogo de las civilizaciones”. Su argumento es implacable: “Existe civilización por un lado y barbarie por otro. No existe diálogo posible entre ambas”.

Pero si analizamos detenidamente esta línea de argumentación, la falla de la hipótesis de Barnavi resulta evidente de inmediato. El significado de las palabras civilización y cultura es muy diferente cuando se las utiliza en sus formas singular y plural. Culturas (plural) son los modos de vida abrazados por diversos grupos humanos, y abarcan todo lo que sus miembros tienen en común: idioma, religión, estructuras familiares, dieta, vestimenta y demás. En este sentido, “cultura” es una categoría descriptiva, sin ningún juicio de valor.

Por el contrario, Civilización (singular) es una categoría moral valorativa: el opuesto de barbarie. De modo que un diálogo entre culturas no sólo es beneficial, sino esencial para la civilización. Ninguna civilización es posible sin él.

Contrariamente a lo que sostienen los defensores de la idea de un “choque de civilizaciones”, los encuentros entre diferentes culturas normalmente se desarrollan fácilmente y de manera pacífica, porque estamos psicológicamente preparados para ellos. Todos somos producto de varias culturas, aunque nunca hayamos abandonado nuestro país natal, porque la cultura no es sólo nacional. Todos nosotros llevamos dentro de nosotros la cultura de nuestro sexo, grupo etario, salud, clase y empleo.

Normalmente, esta pluralidad de culturas no nos plantea ningún problema, porque pasar de un código cultural a otro es una facultad humana universal. Después de todo, no hablamos de la misma manera con todas las personas con las que nos encontramos durante el día.

Es más, las culturas relacionadas a un territorio determinado nunca son realmente “puras”. Cuando nos remontamos a la historia de un país como Francia, identificamos encuentros entre diferentes tribus y grupos étnicos, y por lo tanto diferentes culturas: galos, francos, romanos y muchos otros. Adonde miremos (excepto, tal vez, en los valles profundos de Nueva Guinea, donde tribus oscuras siguen aisladas unas de otras), sólo hay culturas mixtas. Pero, si bien algunas culturas son orgullosas de su pluralidad, otras intentan ocultarla. El concepto de diálogo entre culturas a veces es tenso, o simplemente parece una esperanza piadosa, porque le pedimos lo imposible: solucionar conflictos políticos encendidos. El diálogo, por más benevolente que pueda ser, no puede resolver cuestiones relacionadas con la libertad de movimiento de la gente, o con compartir el territorio o los recursos naturales. Política y cultura no funcionan en el mismo nivel: la primera gobierna la acción, la segunda influye en las mentalidades; la primera se ocupa de las emergencias, a la segunda puede llevarle generaciones producir algún resultado.

Deberíamos trabajar en pos de este tipo de diálogo empezando con iniciativas simples y modestas. Necesitamos más traducciones de las ideas y literaturas de otros países, más permanencias prolongadas de estudiantes universitarios en el exterior, más enseñanza de lenguas extranjeras y estímulo del estudio de otras culturas, y más confrontación entre las memorias nacionales (digamos, entre Francia y Argelia).

Algunas medidas de este tipo ya existen en la Unión Europea, pero habría que introducirlas en otras partes: el norte de África, Oriente Medio, India, China, Japón y América Latina. La mejor manera de iniciar un diálogo es dejando de lado los clichés y generalidades, y promoviendo, en cambio, encuentros entre seres humanos.

Por el momento, la política ha cobrado un estado supremo. Sin embargo, desde otro punto de vista, el diálogo prevalece sobre la guerra y la defensa obcecada de lo que uno cree es su identidad, porque nos acerca a la vocación de humanidad.

El novelista André Schwarz-Bart solía contar esta historia: En una ocasión le preguntaron a un gran rabino por qué la cigüeña, que se llama Hassada (afectuosa) en hebreo porque ama a los de su propia especie, está clasificada entre los animales sucios. “Porque”, respondió el rabino, “sólo le brinda su amor a su propia especie”.

Tzvetan Todorov es Director de Investigación Honorario del CNRS en París, y autor de muchos libros sobre historia y cultura.

Copyright: Project Syndicate/Institute for Human Sciences, 2008.

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