Jorge Eduardo Arellano
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Desde el asesinato de Sandino, ésta es la segunda oportunidad que un gobierno, en principio sandinista, tiene para implementar una base social productiva autónoma en mano de sus propios autores. La primera oportunidad fue desperdiciada durante el período de la revolución, o, más bien, de la gran conmoción, en gran parte por la ignorancia de lo que es una cooperativa.

Sandino quería impulsar la formación de cooperativas a lo largo de la rivera del río Coco, particularmente en las zonas aledañas a Wiwilí, que en la época mostraba una mayor concentración de población y de combatientes y colaboradores históricos; la tierra como propiedad de hombres libres agrupados en cooperativas, que constituyeran verdaderas comunas de participación libertaria. La producción agropecuaria y más tarde agroindustrial, como agregados del aporte de cada uno, tenía asegurada la comercialización por el Caribe. Sin duda alguna que se estaban sentando las bases de una nueva “República” cuasi independiente, con un gran poder político.

Esta visión de Sandino era de hecho un novísimo aporte a la teoría del desarrollo económico de los pueblos indohispanos, y por ende un peligro para la hegemonía yanke en todo el continente. Era preciso liquidarlo. Y así fue. Por segunda vez, los dirigentes norteamericanos impedían el desarrollo del capital autónomo de Nicaragua. La primera fue con su intervención directa en la caída del Gral. Zelaya, el hombre de “La Revolución que Inició el Progreso”.

De aceptarse este reto, será preciso un gran esfuerzo de educación, y del diseño por parte del Mined de un programa educativo dirigido especialmente a la zona, con la participación campesina como sujetos-objeto de la misma. El Ministerio tiene la capacidad de hacerlo, de existir la voluntad política.

El primer paso a dar sería la constitución de un equipo de trabajo bajo la Presidencia con absoluta libertad de acción, con miembros elegidos por su capacidad en el ámbito geográfico, económico y social.