Jorge Eduardo Arellano
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Con la concesión del “Sabático” y el otorgamiento de una distinción de parte de la Rectora de la Universidad Centroamericana, Dra. Mayra Luz Pérez Díaz, la noche del cuatro de junio ratificó que mis años de entrega a la Academia han valido la pena. Considero una obligación expresar que mis actos nunca han estado guiados por la búsqueda de recompensas. Las retribuciones que más valoro jamás han sido económicas. Las más importantes y trascendentes están vinculadas al afecto y cariño que me han dispensado, quienes han juzgado positivamente las acciones desplegadas a lo largo de mi vida.

El primer reconocimiento vino de mis compañeros de bachillerato en el Instituto Nacional de Chontales, Josefa Toledo de Aguerri. Trabados en una contienda para elegir a la novia de las fiestas agostinas de Juigalpa, para evitar que las desavenencias subieran de tono, tratando de encontrar una solución por la vía del diálogo con los estudiantes del Liceo Agrícola René Schick, como no estaba presente, mis compañeros alegaron que la discusión debía trasladarse para en horas de la noche. Byron Blandino, Guillermo Solís Rueda, Mauricio Villanueva y Denis Corea, llegaron a buscarme para pedirme que fuese el solista de la orquesta. Lástima que Byron y Guillermo no sepan lo significativa que fue para mí esta muestra de confianza, murieron demasiado pronto.

Ninguna otra distinción me ha causado tanto regocijo, excepto cuando fui dirigente de barrios en Juigalpa. Entonces cursaba segundo de Derecho en la UCA; los obreros decretaron una huelga, paralizando los trabajos de construcción del Mercado Municipal de Juigalpa. Desde el principio depositaron la responsabilidad en un joven que siempre ha peleado a favor de sus intereses. La huelga duró diecisiete días, la más larga en la historia de mi cuidad natal. Los políticos creían que iban a someterles, debido a que el pan no llegaba a la mesa de los obreros. Candelario Leiva puso frente a mí el compromiso de decidir si el paro continuaba o aceptaban las migabas que ofrecía la comuna.

Ante la disyuntiva planteada por los dirigentes obreros, consideré que el paro debía continuar. El presidente de la República y Jefe del Ejército de Nicaragua, General Anastasio Somoza Debayle, llegaría a la ciudad dentro de dos días, y a sus acólitos no convenía que Somoza Debayle fuese recibido con una huelga de los obreros de la construcción. Sufrí la amenaza de cárcel. Éste fue el mejor argumento para solicitarles que no depusieran su actitud. Al día siguiente los obreros fueron llamados a negociar y ganaron la partida.

Todavía guardo con beneplácito el diploma de reconocimiento entregado en 1991, por resolución unánime de los alumnos de último año de Sociología de la UCA, Horacio Sovalbarro, Miguel González, Giovanna Robleto, Débora Fornos, Denis Palma, Auxiliadora Leal, Marcelina Castillo, Rosa Adilia Vizcaya, Mirna Fabri, Esperanza Cárdenas, Elvira Cuadra, Carlos Amador y Cecilia Taleno. Con él me distinguieron por haberme comportado como un profesor que expandía sus sueños y aspiraciones.

Las tres distinciones las guardo con celo. Ni el diploma nombrándome como Ciudadano Notable de Chontales, ni la placa otorgada por el Centro Nacional de Escritores, ni la entrega de la Orden de la Independencia Cultural Rubén Darío, la más alta distinción conferida por el gobierno de Nicaragua, todas las cuales agradezco, me han impactado tanto como las muestras de cariño recibidas por quienes he compartido anhelos e ilusiones a lo largo de mis años de entrega a la pasión de la enseñanza. Dispenso un especial afecto a los prólogos, recensiones, críticas y remembranzas escritas sobre mí por mis exalumnos. Manuel Torres, Arturo Wallace, Alfonso Malespín, Eduardo Marenco, Arquímedes González, Joaquín Torres, han estampado sus juicios en algunos de mis libros.

Mi complacencia es mayor cuando me asomo a las páginas de los periódicos, escucho la radio o veo la televisión, y compruebo que los jóvenes profesionales egresados de la Facultad de Ciencias de la Comunicación, se han tomado el cielo por asalto. Otros han triunfado en el sector privado y estatal, como relacionistas públicos y como asesores; han hecho carrera en las universidades y en agencias publicitarias.

Hay quienes se han destacado como productores, realizadores y guionistas. Con mayor resolución otros decidieron crear sus propios medios impresos, sus programas radiales o televisivos. Su quehacer profesional constituye la mejor credencial para poner en alto sus nombres y el de la Facultad en la que orgullosamente cursaron sus estudios. Sus triunfos permiten corroborar lo que entre bromas y risas un día les dije: ante sus logros y conquistas, halagado podré expresar que soy un profesor afortunado, porque ustedes y yo coincidimos en las aulas de estudios. Ese día llegó más temprano de lo esperado.

Para compensar un poco las muestras de aprecio recibidas, como resultado de mi gestión durante los dieciséis años que las autoridades universitarias me encomendaron la decanatura de la Facultad de Ciencias de la Comunicación, les entrego “Sabático”, un libro dedicado a los estudiantes de comunicación y al profesor Alfonso Malespín. Tengo demasiados motivos para haber tomado esta determinación. Debo manifestar que la retribución nace de la profunda convicción de que ustedes han escogido una de las profesiones --arte y oficio-- más apasionantes del mundo, desde la cual pueden contribuir a la gestación de la democracia en Nicaragua.

Uno de los grandes atributos de los estudiantes universitarios es que en sus sentimientos no hay cabida para la mezquindad. A través de mis años en la UCA he podido comprobar el desinterés y desprendimiento de las distintas generaciones de estudiantes, a quienes impartí clases. Consecuente con la Tercera Tesis de Marx sobre Fauerbach, “el educador a su vez es educado”, soy un genuino heredero de sus enseñanzas. Los cuestionamientos a los poderes públicos y privados, desde las aulas universitarias, me mantienen a salvo de las imposturas y condescendencias de la politiquería. Para prevenir su desembarco en un mundo movido por las potentes turbinas de intereses ajenos a las esperanzas del pueblo, con conocimiento de causa les sugerí salvaguardar sus principios y que jamás creyeran en los cánticos sonoros salidos de las bocinas estereofónicas de los tramposos de toda una vida. Eludir sus zancadillas se convierte en un imperativo de los tiempos.

Con especial regocijo recibo la distinción otorgada por la Universidad Centroamericana; reitero mi especial gratitud para su rectora, Dra. Mayra Luz Pérez Díaz. Las expresiones de afecto y la presencia de cada uno de ustedes fortifican mi ánimo. La compañía de mis exalumnos y de los estudiantes de comunicación, testimonia que continúan dispensándome un cariño que trasciende los muros de la UCA, para quedarse grabado en sus corazones y en el mío.