Jorge Eduardo Arellano
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Soy sobreviviente de abuso sexual, tengo 23 años. Después de tres años de estar llevando un proceso terapéutico por abuso sexual, me di el permiso de romper el miedo, la culpa y la impotencia que entre otras cosas me dejó el abuso que desde la edad de dos años sufrí; fue entonces que “rompí el silencio” y empecé a llamar las cosas por su nombre; fue entonces que le dije al hombre que abusó de mí, que sabía que era un abusador y lo empecé a llamar por lo que es: abusador sexual.

Un día muy temprano, a las seis de la mañana, me dirigía a la venta y lo encontré; él venía en el carro de su esposa --mi tía--; yo iba caminando, entonces me empezó a amenazar, no dijo nada, sólo me señaló con el dedo varias veces, la calle estaba sola, era muy temprano.

En ese momento se revivió todo el miedo que de niña viví, y recordé cómo de esa manera él me amenazaba, cuando yo apenas era una niña muy pequeña.

Me quedé tan paralizada que hasta perdida me sentía. Llegué a la venta, compré y caminé de regreso queriendo caminar muy rápido, pero no podía, el miedo y la impotencia me llenaban. Cuando llegué a la esquina, seguía allí de frente en el portón de su casa, y se reía de mí y continuaba amenazándome con el dedo.

En ese momento las lágrimas rodaban sobre mi cara, y el miedo acompañado de impotencia fue peor. Yo pasé, llegué al portón de mi casa que es la casa que sigue a la de mi tía: “su esposa”. Pero volví a ver atrás y él seguía riéndose de mí y amenazándome con su dedo; su rostro estaba lleno de satisfacción.

En ese momento saqué valor de lo más profundo de mis fortalezas y lo confronté. Recuerdo cómo a gritos le dije, entre otras cosas: “qué pensás, que me vas a seguir amenazando. Ya no estoy chiquita, ya no podés abusarme; qué creés, que ya se me olvidó lo que me hiciste; abusador”. Además, me acerqué a él y con las manos le di dos golpes. Todo eso fue en la calle, frente al portón de la casa de su esposa --mi tía--.

Lo único que hizo fue agachar la cabeza, como todo abusador que es, y se metió. Dentro de mí sentía que tenía que defenderme y que lo había hecho en defensa propia, porque de haberme callado, él hubiera logrado iniciar otra cadena de abuso y ya no quiero más abuso en mi vida.

La calle seguía sola y nadie salió de su casa a ver qué pasaba, ni su esposa --mi tía-- que estaba en la sala viendo televisión y seguro escuchó mis gritos.

Después llegué a mi casa y entré en llantos; le conté a mi mama y hermana lo que sucedió.

Le agradezco mucho a mi mama por su comportamiento, me demostró lo mucho que me quiere, pues se enojó y fue a tratarlo a la casa de su esposa --mi tía--.

Recuerdo claramente el silencio de todas las mujeres de mi familia materna que estaban presentes, pero lo que más me impacto fue el silencio de mi tía --su esposa--, que sólo se tapaba los oídos y agachaba la mirada. Nadie dijo nada y todas le pedían a mi mama que se callara; a mí nadie me dijo nada, a mí ni siquiera me miraban a los ojos.

Lo peor vino después, porque todos los esfuerzos de “mi familia” se unieron para invisibilizar al abusador, todas esas mujeres se dedicaron a decir, a mis espaldas, que yo estaba loca, que eso era mentira y que por mi culpa y la de mi mama mi abuela que estaba un poco delicada de salud, se moriría. Querían llamar a un sacerdote para que me sacara al diablo, porque sólo alguien que andaba con el diablo dentro podría decir semejante mentira. Nadie de la familia me hablaba, nadie de la familia me decía nada, sólo a mi mama y hermanas (quienes me apoyaron bastante), les decían cosas en forma de indirecta.

A las personas del barrio y el pueblo en general, les decían que mi abuelita se estaba muriendo por mí; entonces ya no se hablaba del abusador, se hablaba de la loca que estaba matando a su abuela, mientras el abusador quedaba protegido e invisibilizado por completo.

Mi tía, la esposa del abusador, lo quería obligar a que me denunciara y me echara presa, pero lógicamente este hombre no lo hizo porque él sabe que es verdad, él sabe que cometió un delito en contra de mí cuando yo apenas era una niña.

Han pasado meses desde que esto pasó y nada siguió igual; de hecho mis tías y yo no nos hablamos, pero yo sé que en el fondo ellas saben que sí pasó, que es verdad.

Incluso mi tía --su esposa-- sabe que pasó, y tengo claros recuerdos que me confirman que ella sabía en qué momentos ese hombre abusaba de mí.

Pero a ella no la culpo, ni tengo reproches hacia ella, pues el único culpable es el abusador.

Comprendo que ella no fue capaz de protegerme cuando era una niña de dos años y necesitaba que alguien me ayudara, menos aún podría ayudarme ahora que soy una mujer de 23 años, pero que además no necesito protección, pues ya me defiendo sola.

Sé que el mayor deseo de mi familia es que yo me calle, pues como en toda situación de abuso sexual, éste en mi familia, es “el secreto mejor guardado”, pese a que todas saben que yo no soy la única niña que ese hombre abusó, y que seguro sigue abusando de otras niñas.

Yo sé que todas las que me rechazaron y me criticaron, e incluso cuestionan la veracidad de lo que revelé, en su interior saben que es cierto, y saben que ese hombre es un abusador.

Pero hoy, a pesar de todos sus esfuerzos por callarme, sólo puedo decir que ya es tarde, pues durante más de veinte años estuve silenciada y ya no voy a callar más el delito que contra de mí cometió ese hombre; y siempre que pueda voy a llamar las cosas por su nombre, y ese hombre es un abusador sexual.

Después de haber pasado todo esto, sólo puedo decir que es muy bueno confrontar al abusador, y que vale la pena, pues para mí fue la única manera de poner un alto y decirle al abusador que ya no estoy a su alcance, y que ya no me puede abusar; ya estoy grande y me puedo defender sola.

Además rompí el silencio, lo que es muy importante para una sobreviviente y para cualquier niña, niño o adolescente que esté siendo víctima de abuso sexual.

Diciendo que ese hombre abusó de mí públicamente, alerté a mi barrio para que sepan que en la casa de mi tía --su esposa--, vive un abusador, y que deben tener cuidado con sus hijas e hijos cuando los manden a comprar pan.

* Movimiento contra el Abuso Sexual – Nicaragua
hablemosde.abusosexual@gmail .com