Jaime Rodríguez-Arana *
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Con mucha frecuencia leemos en los programas de los partidos y escuchamos de boca de sus líderes magníficas y bien construidas apelaciones a que la política consiste, en buena medida, en estar atentos y escuchar las iniciativas y demandas ciudadanas. Afirmación que siendo cierta de la cruz a la raya habría que preguntar hasta qué punto ocupa el lugar central en la acción de gobierno y hasta qué punto es central en la presentación de alternativas en que la oposición consiste.

En alguna ocasión, he tenido oportunidad de escribir o plantear oralmente que uno de los grandes males que están coadyuvando al ocaso del viejo continente es la falta de dirigentes políticos capaces de pensar en el futuro y en el bienestar integral de los ciudadanos. Más bien, hoy sobreabunda un perfil de político preocupado por su propia supervivencia política o vital, que muy pronto se olvida de sus compromisos cívicos con los ciudadanos, y se apresta a labrarse su futuro en el partido o en el cargo público. Por supuesto que hay honrosas excepciones que manifiestan un recto sentido de servicio a los ciudadanos, pero me temo que, en términos generales, se escuchan más los dictados del mantenimiento o la propia conservación del poder o de la posición, que la voz de los ciudadanos cuando piden o reclaman determinadas mejoras sociales.

La realidad hoy es la que es, la que conocemos, la que tenemos ante nuestros ojos y la que palpamos día a día. Dice el refrán que no hay mal que por bien no venga. Por eso, aunque la realidad sea manifiestamente mejorable, no por ello hemos de caer en un pesimismo antropológico que deje expedito el camino a quienes no ven más allá del poder, del dinero y de la notoriedad. Hoy es menester reclamar de los políticos que recuperen el sentido de servicio a la cosa pública, que se renueven los compromisos democráticos, que los partidos confíen tareas de responsabilidad a quienes realmente las puedan realizar con un razonable grado de autonomía que, en el marco de los principios programáticos, esté en verdaderas condiciones de escuchar al cuerpo social.

Es decir, si colocamos a la ciudadanía en la centralidad del sistema político, habría que empezar ya a remozar el edificio político en función de la gente, no de las necesidades de los dirigentes, por muy importantes que les parezcan. Claro, para ello es necesario que quienes están al frente de los aparatos tengan la generosidad para aceptar evidentes mejoras como las listas abiertas, la elección de los dirigentes por los afiliados, o una nueva legislación electoral que dificulte la tiranía de las minorías o de las mayorías.

En fin, ¿será posible que se hagan realidad las propuestas de regeneración democrática que suelen abundar en los programas de los partidos?

*Jaime Rodríguez-Arana es catedrático de derecho administrativo.