Jorge Eduardo Arellano
  •  |
  •  |
  • END

Antes de los ataques terroristas a las torres gemelas en 2001, las empresas editoriales estaban en contra de publicar libros que promovieran el debate de las creencias religiosas; pues no representaba un producto rentable. Los ataques perpetrados al corazón de la nación norteamericana, despertaron un auge editorial a la crítica religiosa, sólo comparable a los tiempos de la Ilustración o Siglo de las Luces, en el siglo XVIII.

Autores salidos de la ciencia, los cuales se habían mantenido al margen de la controversia religiosa, empiezan a producir “best sellers” de ensayos sobre críticas religiosas. Destacan Richard Dawkin, líder evolucionista con su obra “El Espejismo de Dios”; Sam Harris, con su libro “El fin de la Fe”; Christopher Hitchens, con su obra “Dios no es bueno”; Daniel Dentnet, evolucionista y desarrollador del “Darwinismo neural”, con su libro “Rompe el hechizo: La religión como un fenómeno natural” y muchos más. Ellos se han autonombrado los “humanistas seculares”. Sin embargo, es importante advertir que hay voces disonantes dentro de esta tendencia. La voz del filosofo John Gray nos advierte parafraseando a Jorge Luis Borges, que estos críticos pueden llegar a ser igual de perniciosos que los objetos de sus críticas y los califica de “fundamentalistas seculares”.

El debate ha puesto en “trincheras de batalla”, una vez más, a la ciencia y a la fe. Mientras la ciencia avanza de forma exponencial, la fe se “encueva” en sus creencias originadas en la edad de hierro. A la par que la ciencia ha mejorado la calidad de vida, la religión no ha podido satisfacer todas las necesidades espirituales de paz.

La historia de las religiones abrahámicas (Judaísmo, Cristianismo e Islam), nos enseña un rastro de guerras que en su nombre se han librado. No vamos a establecer aquí que la causa última de las guerras sean las religiones, pero sí podemos establecer que muy poco han hecho para detener el derramamiento de sangre, e incluso hasta lo han promovido. El concepto de “Guerra Justa” es de origen Tomista. Santo Tomás de Aquino lo utilizó para justificar las cruzadas en contra de los herejes y los árabes seguidores del Islam. La fe religiosa presenta un elemento divisorio en el corazón de su filosofía. “Ellos” y el “nosotros” son elementos psico-sociales discriminatorios, característicos de la fe, que no permiten la reconciliación entre las religiones abrahámicas. Nos sorprendemos cuando un graduado universitario islámico estalla junto a un coche bomba con la fe que su martirio le llevará al cielo donde lo esperan 72 vírgenes, pero no nos sorprende que desde nuestra psiquis colectiva se adore una teodicea de una divinidad que se martiriza a sí misma; ¿No es acaso el martirio de Jesús una “auto-inmolación”, para redimirnos de los pecados? ¿No es acaso la imitación de ese sacrificio de Jesucristo un parámetro de santidad?
Paralelo a este debate sobre el papel de las religiones, se presenta una lucha no menos candente, de carácter político-económico, en contra de la “guerra al terrorismo” que George Bush ha emprendido a nivel mundial. Sin embargo estas críticas, no dejan de aderezarse con argumentos teológicos. Los ataques al fundamentalismo islámico son directamente proporcionales al revisionismo crítico de la herencia cristiana en Occidente. En el fondo lo que se está presentando es una férrea crítica a la cultura occidental sin parangón en la historia. Los “humanistas seculares” de Occidente nos advierten del peligro que representa la mezcla de religión y política. Para comprender esta preocupación de los eruditos, es importante describir cómo se encuentra la sociedad norteamericana en cuanto a sus creencias religiosas.

Mientras los países desarrollados europeos forman sociedades secularizadas, en Estados Unidos la situación es diferente. El 80 % de los ciudadanos norteamericanos son cristianos, divididos éstos en: 32 % evangélicos, 24 % católicos y el resto en miles de creencias derivadas del cristianismo. Un dato que Sam Harris destaca en su libro “Manifiesto ateo” es sumamente preocupante: el 44 % de los estadounidenses creen que Jesucristo hará su retorno para juzgar a los vivos y los muertos en los próximos cincuenta años. La visión apocalíptica de los cristianos del norte está llegando a niveles peligrosos y puede ser una bomba de tiempo en manos de un político, en consecuencia un arma letal para la humanidad. No menos preocupante es que la gran mayoría de los norteamericanos, no cree en la teoría de la evolución y sí en las teorías bíblicas de la creación del génesis. También a Harris le causa alarma, que el 70% de los norteamericanos cree que su presidente debe ser “firmemente religioso”.

Harris escribe: “Desde luego, las personas de fe afirman regularmente que Dios no es responsable del sufrimiento humano. ¿Pero de qué otro modo podemos entender la afirmación de que Dios es a la vez omnisciente y omnipotente? No hay ningún otro modo de entender el asunto, y es hora, que los seres humanos cuerdos lo asuman. Se trata del problema histórico de la teodicea, que deberíamos considerar ya resuelto. Si Dios existe, no puede hacer nada para detener las más terribles calamidades o no se preocupa por hacerlo. Dios, por lo tanto, es impotente o malvado. Los lectores piadosos realizarán ahora la siguiente pirueta: Dios no puede ser juzgado por las simples normas humanas de moralidad. Pero, desde luego, las normas humanas de moralidad son precisamente las que los fieles emplean en primer lugar para establecer la bondad de Dios”

La crisis objeto de nuestro análisis, ha abierto la necesidad de investigar sus causas más primigenias en la mente humana. Son múltiples los avances en los últimos años de la neurociencia, en especial en la llamada neuro-teología, la cual pretende identificar en la masa encefálica al famoso “gen religiosus”. La nueva ciencia está logrando ubicar la parte del cerebro donde se registran las conexiones neuronales ligadas a la experiencia religiosa. En consecuencia nos permitiría comprender y mitigar, por ejemplo, la ira religiosa. El acercamiento de los científicos a la filosofía budista ha contribuido mucho a esta labor.

Lo más preocupante para el que escribe estas líneas, es el consenso pesimista en la clase intelectual de Occidente. La gran mayoría ven un futuro sombrío, encasillado en un “determinismo fatalista”, pensamiento que obstaculiza una salida pacífica a la crisis político-religiosa mundial. Incluso, algunos sectores religiosos ven en la crisis la certificación de sus mismas creencias apocalípticas. Los recursos económicos del fundamentalismo de ambos bandos, cristiano e islámico, son vastos, lo que aumenta el peligro de lo más temido: la extinción de la especie humana; o bien, parafraseando la novela de Tom Clancy, “la suma de todos los miedos”.

rcardisa@ibw.com.ni