Jorge Eduardo Arellano
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El idioma, como instrumento de comunicación del hombre, no necesita aprenderse en ningún libro, porque el ser humano --como lo explica lúcidamente Chomsky-- posee capacidades innatas para interpretar y construir mensajes.

Pero el idioma es un proceso individual y social complejo regido por una serie de normas y condicionado por factores diversos. De modo que no basta comunicarse con los demás, sino que se requiere del dominio de principios y reglas que orientan el funcionamiento de la lengua para transmitir mensajes con claridad y corrección. Por eso insiste Andrés Bello, en que la libertad de uso tiene un límite: la corrección gramatical, que gobierna “el buen uso” de la lengua, o sea, “el de la gente educada”.

Quien hace uso del lenguaje, lo hace con una finalidad social, porque se mueve en un entorno humano rodeado de un conjunto de valores (sociales, económicos, culturales, ideológicos, etc.), que condicionan y al mismo tiempo amplían o limitan la significación.

La comunicación –entonces-- constituye el proceso social por excelencia, mediante el cual los seres humanos no sólo intercambian ideas, sino que desarrollan sus capacidades y mantienen viva la comunidad, la cultura y el progreso. Este proceso comunicativo implica dos momentos perfectamente diferenciados, pero estrechamente vinculados entre sí: el oral y el escrito.

Para comunicarse oralmente, sólo se requiere tener ideas y saber expresarlas con cierto orden y claridad. Y, salvo determinados casos de la comunicación formal, nadie se impone al hablar rigurosas exigencias. En cambio, saber escribir bien --una aspiración natural de toda persona cultivada-- obliga en primera instancia, el conocimiento y dominio de las normas que rigen el empleo correcto de los signos gráficos con que se representan determinados sonidos. Es decir, dominar la noble ortografía de nuestro idioma, que es para la escritura “lo que las buenas maneras son para la vida en sociedad”, como afirma el recordado maestro Fidel Coloma.

Pero es necesario recordar que lo correcto desde el punto de vista ortográfico, responde a dos criterios importantes: la norma y el uso. Como sabemos, la escritura de muchas palabras obedece a determinadas reglas, porque esas palabras presentan condiciones idénticas y la ortografía las puede encerrar en normas o preceptos. Otras, en cambio, no tienen más explicación o razonamiento que el uso impuesto por las personas cultas.

No olvidemos que cuando alguien habla o escribe, lo hace a su vez con la intención de ser entendido, y al instante. Esto significa que el receptor debe interpretar exactamente el contenido del signo. Por eso, no debemos aislar la escritura de la palabra con su contenido semántico, con su significado. El verbo “adolecer”, por ejemplo, nada tiene que ver con “carecer”, ni el adjetivo “grande” con “sendo”. Sin embargo, seguimos escribiendo mal las palabras y empleando equivocadamente su significado. Recordemos que quien prestó dinero --dicho y escrito así-- puede haber dado o recibido dinero. Y si en los diarios leemos “apreta” y “repitente”, debemos saber que “apretar” y “repetir” son verbos irregulares y que su forma correcta es “aprieta” y “repitiente”. Porque hasta los anuncios comerciales compiten con los periódicos y sus problemas del idioma: taller automotriz es un error que va más allá de la escritura, porque triz (como mecánica automotriz) es la terminación de adjetivos femeninos. Es como si dijéramos: perro flaca.

Los diarios nos informan de precipitaciones “lluviosas”, erario “público”, exequias “fúnebres”, asociación “ilícita” para delinquir, matanzas “masivas”, dieta “alimenticia”, inauguración “de la nueva obra”, “gran” megasalario, alusión “directa”, tráfico “ilegal” de menores, “pequeñas” minifaldas, arsenal “de armas”, tucas “de madera”, constelación “de estrellas”, “personas” promesantes, botiquín “de medicinas”, alza “de precios”, erario “público”…
Empleamos palabras con el significado que no corresponde: confundimos mortalidad (tasa de muertes producidas en una población) por mortandad (gran cantidad de muertes), bimensual (dos veces al mes) por bimestral (cada dos meses), fluvial (perteneciente o relativo al río) por pluvial (relativo a la lluvia) …
El inglés no sólo nos ha prestado sus voces, particularmente porque vamos a la zaga en los avances de la ciencia, la técnica y otras hierbas, sino que ha servido de puente lingüístico a través del cual muchas palabras procedentes de otras lenguas han enriquecido el español. Del inglés nos vino la voz australiana canguro, el judo y el karate de los japoneses, el búnker y el kinder de los alemanes, el esquí de los escandinavos, el caviar de los turcos, el caqui de los hindúes, el kayac de los esquimales, etc.

Pero algunas personas, en un alarde inusitado de anglomanía, se sienten mejor comprando en un shopping center , un automarket o un minimarket, porque centro comercial, automercado y minimercado --aún cuando son términos españoles perfectamente adecuados-- los sienten de poca categoría. Por eso, no me sentí extrañado cuando vi en una tortillería en un barrio de Managua, cómo una señora promociona su producto con un rótulo de lata clavado en un viejo tronco de guanacastón: torty market. Debemos extremar nuestros esfuerzos y cuidados en el uso de nuestro idioma, orgullo de nuestra raza. Recordemos que la lengua es, además de instrumento de comunicación, producto y expresión de cultura, porque está íntimamente vinculada con el vivir en sociedad.


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