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“El plan parecía una locura demasiado simple”. Así comenzaba la crónica del asalto al Palacio que García Márquez escribió para recordarlo detalladamente. Y entre esos detalles, destacaba el papel decisivo y firme que jugó una muchacha de 22 años en aquel entonces.

Ella siempre ha puesto el listón muy alto. Quienes la conocieron en ese tiempo --yo no alcancé salvo en lo que leí y lo que escuché-- dicen que fue la mejor ministra de Salud que ha tenido Nicaragua en mucho tiempo. Que fumaba a diestro y siniestro en su despacho y que en medio de la niebla impuesta por el humo buscaba resolver lo más rápido posible. Entendía, y eso lo compartimos, que el acceso a la salud en Nicaragua, debía gozar siempre del estado de excepcionalidad a todos los niveles por ser en la mayoría de sus aspectos una emergencia médica. Debió de ser una compañera incómoda por el ritmo y el nivel de respuesta que exigía. No me extraña que eligiera irse a la primera ocasión de aquel Frente que se disparataba en luchas de poder internas.

Ella fue estudiante de Medicina. Tengo entendido que hasta tercer año, antes de ingresar a la guerrilla. Y entre los testimonios que circulan por ahí, declaró un día que dejó la carrera activa porque no podía soportar el hecho de que se tratasen a los niños desnutridos con tanto trabajo, para volver a recibirlos en el mismo estado dos o tres meses después. Tras su paso por el Ministerio, los índices de Salud de Nicaragua, en los primeros años de revolución, se dispararon en positivo. Uno siente que esta etapa no se ha estudiado lo suficiente ni adentro ni afuera del país. Es más, yo diría que existen más publicaciones y estudios de Salud Pública fuera del país, los cuales coinciden en señalar unos éxitos incontestables en aquellos años. Habría que volver a estudiar cómo fue posible que, hasta enfrentado una guerra, se consiguiera en Nicaragua lo que luego en la paz pareció tan difícil.

El estado del acceso a la salud de un país no es sólo uno de los indicadores de su desarrollo, sino uno de los indicadores básico del respeto de los gobernantes hacia ese país, y uno de los indicadores de su propia libertad. Cómo hacía la Dora, la comandante Dos, para enfrentarse a la enorme tragedia de aquel entonces. Pues parece que tomarse la cuestión como un combate, igual que en la montaña, o igual que cuando se trataba de sacar a la Guardia de la ciudad de León, o de entrar al Palacio Nacional. Igual. Porque era un combate, es un combate, una lucha. Algo que se reclama en Nicaragua desde entonces, y que desde entonces no ha vuelto a ser igual. Si no pregunten en el Minsa, quienes aún recuerdan, o a los médicos, o a quienes fueron atendidos. Soy consciente de los esfuerzos actuales por mejorar la atención a los pacientes y en particular a los más vulnerables, pero hace falta tanto todavía en cuanto a dotación, mejora de condiciones laborales y profesionales junto a todos los etcéteras… No se paga de la noche a la mañana una larga deuda de respeto.

En Nicaragua, un Ministerio, como el de Salud por ejemplo, depende en gran medida de la persona que se ponga al frente, y del equipo del que se rodee. Porque hay una cosa clara, y es que quien dirige da el impulso, motiva el ritmo de trabajo y contagia. Pero si quienes ponen al frente de ese dichoso ministerio, son personas que apenas se atreven a levantar la voz frente al Jefe, o que buscan intereses más políticos y personales, como ha venido ocurriendo con los últimos y actuales gobiernos (sin diferencia), la situación es ésta. Salud gratuita sí, pero en casos graves, la gente tiene que buscar la caridad en las calles o en las páginas de periódicos en el corazón de otra gente.

Una de las veces que miré a la Dora María fue después de una actividad en el barrio La Fuente, yéndose en el jeep manejado por Daniel. Él la llevaba consigo en uno de los múltiples intentos del Frente de hacer alianzas imposibles con amigos, ex amigos y enemigos bajo un mando que no admite disidencias ni contrarréplicas. Se la llevó porque en aquel entonces le ofrecía ir conjuntamente en la fórmula de la llamada “Convergencia”. Aquella aventura fue tan efímera como otras, menos la de la única alianza que parece duradera, los pactos de las fotos y de debajo de la mesa.

Y hombre, si alguna vez me han leído, sabrán que apenas entro a valorar individualmente a los políticos, ni siquiera a los partidos. Ese juego queda entre ellos mismos, el sector político, lo menos efectivo que ha tenido Nicaragua en los últimos veinte años. De la Asamblea, lo que en tiempos del Asalto al Palacio llamaban “Chanchera” y de hecho así bautizaron a aquella operación, la mayoría de las leyes que han salido han respondido en su mayoría a pactos de interés político y no de interés para el país (aunque a veces coincidieran por fortuna). Creo que ahí está el gran daño. Porque si se legisla así, en base a in dicaciones de las secretarías de los partidos, qué le puede entonces motivar a un diputado a leer una proposición sobre la que debe emitir un voto. Para muchos de ellos, es mejor no pensar o peor aún, callarse hasta los pensamientos, y adoptar decisiones al dictado.

Pero yo creo que muchos, muchísimo pueblo, coincidiríamos en algo. Que si nos tuviéramos que quedar con uno o una sola de todos los políticos más conocidos de este país, incluyendo los que suelen aparecer con más o menos asiduidad en los medios, con quien nos quedaríamos sería con la Dora.

A veces, a uno le gustaría que los políticos tuvieran el mismo empuje para otras cosas, para apoyar a las causas justas de mucha gente en sus demandas. Cuando los revolucionarios pasan media vida después de todo entre reuniones, proyectos y despachos, se vuelven necesariamente políticos.

Yo no sé si a la Dora se le pudiera reclamar en algún momento el mismo virus, pero ahora ha vuelto al combate con toda la dignidad de la lucha. Al día de hoy, en espera de que su estado de salud no se vea mermado, el origen de la lucha era lo de menos, aunque no piense así su partido. Porque no se trata ya de la personería de un grupo político, sino del viejo respeto del que antes hablábamos. Ese viejo respeto que debiera quebrar el silencio de gentes y grupos que aún no han hablado ni han mostrado su apoyo, haciendo cálculos de interés.

Mientras esperamos, la Dora está ahí, frente a antiguos hermanos de lucha que ya hablan en otro lenguaje. El gesto está ahí, la forma de cómo se encuentra la disputa electoral en Nicaragua entra a un nuevo capítulo. Apenas se ven diferencias y ya entramos a otra campaña. Las calles, sin huelga y con hambre, se siguen llenando de niños. No hacen falta más indicadores que los ojos, por Dios, los ojos, para ver claro que detrás de los carteles, las flores y los colores llamativos se esconden otras verdades, y hasta que los ojos, nuestros ojos no vean lo contrario, no podemos dar más crédito de confianza a la palabrería de un poder que no se inclina ante el respeto que merece la lucha, la lucha de una mujer.

Que ahora la Dora pida el respeto a su hambre de pueblo, parecería nuevamente “una locura demasiado simple”. Pero es de esas que despiertan, que te hacen gritar, o incluso recordar donde está la dignidad de una mujer en movimiento, hasta cuando se para. La crónica del asalto al Palacio terminaba cuando uno de los diputados mostraba su asombro ante la explosión de júbilo popular que se había producido. Y entonces, uno de los comandantes que viajaba junto a “Dos”, le dijo con el buen humor de alivio: “Ya ve, esto es lo único que no se puede comprar con plata”.